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Февраль
2026

Fidel y la promesa que cambió a Holguín

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Holguín.— No hubo grandes anuncios previos ni campaña de promoción. Corrió la voz de que Fidel estaba en La Periquera y que iba a hablarle al pueblo.

Bastó ese rumor para que la ciudad se desbordara hacia el entorno del parque Calixto García, como si, más que a un líder político, esperara a un hijo que cumplía su palabra de regresar. 

Aquella promesa tenía fecha. Cuando la Caravana de la Libertad pasó por Holguín, el 3 de enero, no entró a la ciudad, y Fidel pidió confianza y tiempo, con la certeza de que volvería para mirar de frente los problemas de la urbe y comprometerse con sus soluciones.

Desde el balcón del antiguo ayuntamiento —hoy Museo Provincial La Periquera—, el joven Comandante que venía de la Sierra Maestra, todavía con la épica reciente en la mirada, no improvisó una arenga cualquiera.

Trazó, punto por punto, una agenda de transformaciones muy concretas para un territorio que conocía de memoria por raíces familiares y vivencias de lucha. 

Lejos de fórmulas abstractas, fue mencionando, casi como quien pasa lista a viejas deudas: el filtro para el acueducto, el alcantarillado pendiente, la pavimentación de calles golpeadas por el polvo y los baches, el anhelo de un hospital pediátrico, el viejo reclamo de la universidad propia, incluso la pregunta aparentemente sencilla, pero profundamente simbólica, de «¿dónde quieren la playa?».

Los historiadores han definido aquel discurso como un programa, y no les falta razón. Hirám Pérez Concepción, estudioso de la ciudad, insiste en que Fidel llegó a ese balcón sabiendo con exactitud cuáles eran los principales problemas del municipio, y habló con la naturalidad de quien dialoga con gente cercana, pero también con la precisión de un gobernante que se sabe obligado a cumplir. 

En lugar de una enumeración fría de obras, fue un intercambio, un hilo directo con la multitud que colmaba el centro urbano, en el que se mezclaban la emoción de la victoria reciente y la urgencia de poner manos a la obra en un territorio marcado por carencias acumuladas.

Tal vez por eso, quienes estuvieron allí lo recuerdan como un instante fundacional, el día en que Holguín dejó de ser únicamente un punto en el mapa oriental para convertirse, a los ojos de la Revolución naciente, en escenario de compromisos específicos y verificables. 

No se trataba solo de decir «esta ciudad noble y heroica merece justicia», sino de precisar cómo se traduciría esa justicia en cemento, asfalto, agua potable, salud y educación, es decir, en dignidad cotidiana.

Con el paso de los años, la lista de casi 18 tareas anunciadas aquel día se volvió una especie de hoja de ruta para el desarrollo local.

Los estudiosos recuerdan que la mayoría de esas obras se concretaron: el hospital pediátrico dejó de ser sueño, la universidad ganó espacio propio y el mapa de servicios básicos de la ciudad se transformó, al punto de que muchos habitantes crecieron ya bajo el amparo de conquistas que habían sido, primero, promesa dicha al micrófono desde La Periquera.

No resulta casual que, cuando se habla de la «deuda saldada» de Fidel con los holguineros, se aluda justamente a este ciclo que arranca con la Caravana de la Libertad y se resuelve en la escena del 26 de febrero.

Allí, quedó claro que la ausencia inicial no era desprecio, sino postergación consciente. «Holguín debe esperar», había explicado, para luego volver con un catálogo de soluciones que excedía por mucho el simple gesto simbólico de presentarse ante la multitud.

Ese modo de entender la palabra empeñada marcó también la relación posterior de Fidel con el territorio, sintetizada en casi medio centenar de visitas a lo largo de décadas, en las que volvió una y otra vez sobre obras, fábricas, escuelas, hospitales y planes productivos que habían tenido su primera mención pública precisamente en aquel estreno ante los holguineros. 

De ahí que, cuando hoy se repasan cronologías y testimonios, se insista en que Holguín no fue solo un sitio donde Fidel habló muchas veces, sino un laboratorio de país, un espacio para demostrar que la Revolución era capaz de convertir palabra en acción.

Cada febrero, el regreso a La Periquera deja de ser ceremonial para convertirse en ajuste de cuentas con la memoria.

Se mira el balcón, se evocan las frases, se recorre mentalmente la lista de obras y la ciudad vuelve a preguntarse cuánto de aquel programa inicial sigue vigente como desafío. 

En ese ejercicio, la historia no aparece como pieza de museo y sí como espejo incómodo y al mismo tiempo movilizador, que obliga a medir la distancia entre lo prometido, lo hecho y lo que aún falta por hacer.

El primer discurso de Fidel en la ciudad demuestra que la cercanía con el pueblo no se construye solo con consignas vibrantes, sino con la voluntad de entrar en los detalles concretos de la vida diaria. Es ahí, en ese territorio sencillo y urgente, donde la política deja de ser abstracción y se convierte en acto de justicia palpable.

Para una generación que apenas empezaba a saberse dueña de su destino, escuchar a aquel joven Comandante comprometerse en público fue la constatación de que la Revolución recién nacida estaba dispuesta a bajar de las grandes palabras a los problemas de cada barrio.

En tiempos en que Cuba vuelve a vivir desafíos duros y cotidianos, asomarse a ese balcón de 1959 ayuda a entender por qué tantas personas repiten que Fidel «nos lo cumplió».

Y no, no todo está resuelto, pero ese día el Líder Histórico de la Revolución dejó una vara alta, la de un dirigente que se paró frente a su gente y convirtió la confianza del pueblo en agenda concreta, dejando escrito, en la memoria de Holguín, que la deuda con los humildes solo se salda trabajando sin descanso por su bienestar.

 Fuente: Hirám Pérez Concepción (Unión de Historiadores de Cuba)















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