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El caos arancelario ‘trumpista’ agita el comercio global y el temor a una doble burbuja, tecnológica y crediticia

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El retorno de la política comercial americana a la constitucionalidad anticipa una fase compleja para Donald Trump, con cuotas de popularidad bajas y una economía menos resiliente; el clima bursátil es de burbuja en torno a la IA y hay temor inversor a un colpaso creditico como el de 2008

Donald Trump incendia el discurso del estado de la Unión con insultos a la oposición, al Tribunal Supremo y a los migrantes

La Corte Suprema de EEUU frenó hace una semana el instinto proteccionista de Donald Trump, aunque sin conseguir aplacarlo. A las horas de su histórica resolución –que declaró inconstitucionales los excesos arancelarios del presidente republicano, buque insignia de la política económica de su segundo mandato– la Casa Blanca reaccionó elevando los peajes a la importación con una tarifa general. Primero, del 10%, luego, del 15% y finalmente –parece–, de nuevo al 10%. El caos sigue latente desde semanas antes de la proclamación del Día de la Liberación, allá por abril de 2025.

El fallo de la más alta instancia judicial americana constituye algo más que un mero tropiezo del inquilino del Despacho Oval. Es una reafirmación sobria de los contrapesos institucionales en un momento en el que la rampante permisividad doméstica hacia el poder ejecutivo y la docilidad de la comunidad internacional ante sus arrebatos proteccionistas y coacciones expansionistas empiezan a mostrar signos de debilidad. Al invocar la International Emergency Economic Powers Act (IEEPA) –recalcan los magistrados del Supremo– para justificar aranceles recíprocos de amplio alcance, Trump estiró una ley concebida para responder ante amenazas extraordinarias, hasta convertirla en pilar de una agenda comercial estructural. En el orden exterior, la ristra de críticas de aliados y rivales por su obcecamiento en acabar con el libre comercio tampoco fue inmediata.

Ni de puertas adentro, ni en el espacio internacional parece haber calado la retórica presidencial. La rápida invocación a la Sección 122 de la Ley de Comercio de 1974 de la Administración Trump, que permite imponer recargos durante 150 días sin aval legislativo, ha sido el anclaje normativo elegido en esta ocasión para instaurar un arancel global del 10%. Esta artimaña con volatilidad regulatoria pretende servir de puente mientras la versión Trump 2.0 explora vías más duraderas –entre otras las Secciones 301 y 232 de la misma norma– para seguir gravando sectores como el de la automoción o el farmacéutico o bienes esenciales para la industria como los chips o el acero.

También fue fulgurante su actuación en el atril del Congreso, a propósito del debate del estado de la Unión. Trump convirtió el revés judicial en arenga política. Ante el Capitolio, defendió que el país es “más grande, mejor, más rico y más fuerte que nunca” y se comprometió a restaurar los aranceles por otros derroteros. E incluso llegó a asegurar que podrían reemplazar, gracias a su capacidad recaudatoria, al impuesto sobre la renta de manera sustancial. Sin que pareciera que le provocara ansiedad alguna la lógica preocupación de hogares y empresas americanas por los efectos inflacionistas de su retorno al proteccionismo comercial, que ya se dejan sentir en el IPC, y las alteraciones inversoras y en la creación de empleo de un sector privado que avanza reclamaciones milmillonarias por una medida calificada de inconstitucional por el Supremo con una resolución que devuelve la potestad de los acuerdos comerciales al poder legislativo.

No por casualidad, ha quedado en suspenso la recaudación que el Tesoro ha recabado desde el Día de la Liberación por estos conceptos --de entre 133.500 y 142.000 millones de dólares-- y una factura adicional de entre 170.000 y 200.000 millones si prosperan las denuncias de patronales, empresas y sectores que aseguran haberse sentido perjudicados por la imposición de los peajes a la importación de Washington.

Pero ¿qué daños directos y colaterales plantea este toque de atención institucional del Supremo a Trump? La espiral es alargada y su fuerza centrípeta podría ser devastadora, con una economía que emite signos de debilidad y unos mercados sumergido en una burbuja tecnológica y en los que se vislumbra otra de corte financiero para avalar las ingentes inversiones en IA. Esta guía ayuda a entender la dimensión de este arrebato autoritario del presidente estadounidense.

El G-7 muestra su malestar

Bruselas activó la alarma primero, al advertir que el nuevo arancel global americano del 10% se suma a gravámenes ya vigentes y empuja a productos como quesos, mantequilla, plásticos, textiles o químicos por encima del techo del 15% pactado en verano en el acuerdo bilateral. La Comisión trasladó a los eurodiputados que esa acumulación vulnera el espíritu --y potencialmente la letra-- del pacto con Washington. La Eurocámara ha suspendido su tramitación, mientras la jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, recuerda que la previsibilidad es un valor y ha vuelto a desaparecer y el comisario de Comercio, Maroš Šefčovič, reclamaba un periodo transitorio de hasta cuatro meses para recalibrar el encaje y dijo confiar en que la Casa Blanca alivie en semanas la lista --que ya engloba más de 400 rúbricas exportadoras-- de derivados sujetos al 50% en acero y aluminio, un irritante punto negro en la relación transatlántica.

Londres también activó su desconcierto, como siempre, con acento propio. El Reino Unido, que disfrutaba de un peaje recíproco del 10% y presumía de su trato preferente, se arriesgaba a ser el mayor perdedor con el techo del 15% que le hubiera restado competitividad exterior dentro de las economías avanzadas. Las Cámaras de Comercio británicas estimaron un sobrecoste de hasta 3.000 millones de libras y un impacto sobre 40.000 empresas, desde el whisky escocés hasta el juguete. El Gobierno insiste en que su “posición privilegiada” debería preservarse y evita hablar de represalias; el sector pide, ante todo, certidumbre. Pero continúan sin estar conformes sin un trato de privilegio arancelario por parte de Trump.

En Tokio, el mensaje es más quirúrgico. Japón reclama que ningún nuevo esquema deje al país en peor posición que la pactada en 2025, cuando aceptó ser un vehículo inversor de 550.000 millones de dólares a cambio de rebajar aranceles -en especial, sobre los automóviles- al 15%. Sobre el papel, nada cambia; en la práctica, la posibilidad de tasas “acumulativas” mantiene en guardia a un socio que depende del motor exportador y que, pese al ruido, descarta reabrir el acuerdo.

México y Canadá: alivio táctico, ventaja indirecta

La exención a los flujos de mercancías que procedan del área USMCA que exige el fallo judicial otorga a México y Canadá un arancel efectivo más reducido y protege a cadenas de valor como las de los sectores de automoción o energético. El Supremo hace prevalecer los términos del tratado firmado por Trump en su primer mandato. Además del alivio directo, la resolución concede a los vecinos de EEUU otra ventaja arancelaria indirecta. Mientras Europa y Asia afrontan un recargo universal del 10% --bajo amenaza del 15%-- los tránsitos USMCA mantienen un trato preferencial que mejora la competitividad de sus firmas exportadoras, incentiva la relocalización productiva en la región y refuerza su poder negociador, aunque bajo la sombra de una eventual revisión del acuerdo.

Los grandes rivales económicos emergentes, triunfadores

Con el arancel del 10%, Brasil mejora en 18,6 puntos sus cargas exportadoras; China, en 12,1 puntos de promedio durante el largo periodo de tregua, según Global Trade Alert. En tanto que India enfoca la anulación del Supremo refuerza su margen negociador para sellar el acuerdo bilateral tácito que rebaja tarifas al 18%. La ganancia competitiva es sectorial: China gana tracción en electrónica y bienes de consumo; Brasil, en agroindustria, proteínas y minerales; India, en bienes farmacéuticos, tecnologías y en componentes de automoción, al consolidar acceso al mercado estadounidense con una menor fricción arancelaria y una mayor previsibilidad contractual.

La primera economía global, en estrecha vigilancia...

El clima económico es menos robusto de lo que sugiere el discurso político de Trump. El PIB del cuarto trimestre remontó en un 1,4% anualizado, lejos del 2,8% previsto y del 4,4% del trimestre precedente. Gran parte de este freno se achaca al cierre parcial del Gobierno, que restó casi un punto porcentual al crecimiento, pero también a un consumo que se desaceleró al 2,4% y al lastre del comercio exterior. En el conjunto de 2025, la economía avanzó un 2,2%, una cifra sólida, aunque en fase descendente.

Tampoco la inflación acaba de dar satisfacciones al equipo económico trumpista. El IPC de enero avanzó otras dos décimas mensuales, hasta el 2,4%, pero la subyacente subió una décima más y los servicios hasta un 0,4%. Para Anna Wong, de Bloomberg Economics, el dato “templado” de enero es una señal de que los efectos de los aranceles aún no se han trasladado plenamente a los precios. A su juicio, si se intensifican en los próximos meses -como espera- los precios podrían rebotar hasta dejar sin margen de maniobra a la Fed para recortar tipos. Un cierto consenso del mercado apunta a que el precio del dinero no se abaratará en EEUU antes del ecuador del año.

La inflación se obceca en dar argumentos a la injerencia de Trump en la órbita monetaria de la Fed y a su insistencia de bajar tipos con los precios holgadamente por encima del 2%.

Para más inri, el mercado laboral contrató en enero solo 69.000 nuevos empleos y su ritmo ha sido menor del previsto en marzo de 2025, antes de iniciarse el año fiscal estadounidense. Ahora se ha constatado que se han generado 650.000 empleos menos de las predicciones anuales.

Raphael Bostic, presidente de la Fed de Atlanta y voz respetada en la institución monetaria de EEUU, es rotundo: la economía sigue siendo “fuerte pero desigual”, con el gasto de los hogares y la actividad empresarial manteniendo un cierto dinamismo que se amortigua con los cambios estructurales que revelan tanto el mercado laboral como las políticas comerciales disruptivas de la Casa Blanca, que añaden complejidad al diagnóstico y a la toma de decisiones de la Reserva Federal.

…con los mercados en máxima alerta

Si la economía americana está sometida a una triple y compleja ecuación (dinamismo, empleo e inflación, los tres factores de vigilancia de la Fed) la atmósfera inversora está acorralada por una doble burbuja especulativa. La ya consabida sobre los valores IA, que rememora el ambiente previo a la crisis de las puntocom de 2000. Y otra, más soterrada, insuflada por una intensa concesión de préstamos que empieza a preocupar a figuras emblemáticas como Jamie Dimon, CEO de JP Morgan, quien no duda en tildar de “fiebre”, como la del trienio que antecedió al colapso crediticio de 2008, la propensión al préstamo. En especial, para cubrir las extraordinarias inversiones en IA.

Déficit, deuda, bonos añaden presiones subrepticias

Brad W. Setser, analista en el Council on Foreign Relations (CFR), sostiene en su análisis “Trade, Tariffs, and Treasuries: The Hidden Cost of Trump’s Protectionism” que los aranceles americanos introducen “un riesgo sistémico” en el mercado de deuda estadounidense. Con un déficit cercano al 6% del PIB y 1,8 billones de dólares en 2025, el aumento estructural de las emisiones de bonos presiona la oferta del Tesoro. Y los aranceles --que elevaron la recaudación aduanera hasta los 195.000 millones-- dejarán ahora de mitigar marginalmente esa necesidad.

En cualquier caso, la recaudación arancelaria tampoco compensaba -como insistió Trump- las rebajas fiscales de su rimbombante OBBB (The One, Big, Beautiful Bill Act) que podría añadir 3,4 billones al desequilibrio fiscal americano en diez años. Cantidad similar al PIB de Francia.

En medio de episodios --hasta ahora puntuales, pero ya de cierta intensidad en Europa y Asia-- de estrategias inversoras Sell US con ventas masivas de bonos, acciones y rotaciones de carteras en contra del dólar, que sigue de capa caída, y con una deuda astronómica, que supera la barrera de los 38 billones y que ha obligado a la Oficina Presupuestaria del Congreso a reavivar el debate sobre un posible doom loop fiscal. Término que viene a significar círculo vicioso y que, dentro de la jerga neoliberal, sirve para detectar fuertes exposiciones de bancos al riesgo soberano del país en el que operan mayoritariamente. Pero que, cuando se trata de economías emergentes o en desarrollo, no tardan en identificar con políticas económicas de corte populista.

En EEUU, mercado al que el triunvirato de agencias de rating (S&P, Moody’s y Fitch) le rebajó su calificación en 2025, han surgido varias quiebras durante el último bienio de bancos de mediana dimensión.

Phillip Swagel, director de la oficina del Congreso recordó que los pagos netos de intereses del Tesoro pasarán del 1 billón de dólares de este año a los 2,1 billones en 2036, el 4,6% del PIB. Un salto de costes que, para Jim Reid, de Deutsche Bank, “es de tamaño colosal” que acabará por constreñir la política fiscal y activar el sensor inversor ante cualquier desvío presupuestario.















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