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Bullying geopolítico: sin Maduro ni Jamenei, a China se le están acabando los amigos

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El resplandor de la aniquilación sobre Fordow, Natanz e Isfahán no pilló desprevenidos a los despachos de Zhongnanhai; para Pekín, el fuego “descarado” sobre los tres pilares nucleares de Irán solo ha sido la gélida validación de una guerra ya escrita. La “profunda preocupación” y el “shock” expresados por la cancillería china no fue una línea más de protocolo, encaja con un relato estratégico que el Estado Mayor maneja desde hace años.

Para esa lectura, lo ocurrido en suelo iraní deja de ser un episodio aislado y pasa a convertirse en la pieza visible de un “estrangulamiento por delegación” que busca degradar, uno a uno, los nodos de la red de socios de China.

La lógica, tal y como la describe esa escuela, es obligar a actores desde Europa a Asia Oriental a elegir entre el paraguas de seguridad estadounidense o el ostracismo económico. El supuesto “orden basado en reglas” se entendería, en esa clave, como un cascarón. En su lugar, la soberanía de aliados de Pekín se convierte en campo de pruebas para restaurar una hegemonía unipolar.

China ya no se conforma con notas de protesta. Ante lo que considera un asedio sistemático a sus socios estratégicos, ha abandonado la diplomacia pasiva y ha activado una disuasión indirecta fría, calculada y eficaz. Sin enviar un solo soldado al frente, el gigante asiático está elevando el precio de cualquier presión estadounidense.

En vez de intervenir directamente —opción que siempre ha rechazado para no regalar a EE.UU. el casus belli perfecto—, está entregando a sus aliados en tensión el arsenal que necesitan para sobrevivir.

Al parecer, en los últimos meses, más de 16 vuelos de aviones Y-20 del Ejército Popular de Liberación han aterrizado en Irán cargados con baterías antiaéreas, sistemas avanzados de guerra electrónica y microprocesadores de última generación. Irán ya navega íntegramente con el sistema Beidou chino, dejando atrás el GPS americano que fue interferido durante los bombardeos de julio de 2025.

Pakistán recibe baterías S-400 adicionales y adiestramiento contra los F-35. Incluso Venezuela, a través de su “flota fantasma”, ha mantenido vivo el flujo de crudo hacia las refinerías de Shandong. No es ayuda humanitaria. Es una inversión en supervivencia estratégica donde cada sistema entregado multiplica el coste de un nuevo ataque occidental.

La demostración de fuerza más explícita llegó en febrero con las maniobras “Cinturón de Seguridad Marítima-2026” en el Estrecho de Ormuz y el Golfo de Omán. Fragatas chinas, destructores rusos y buques iraníes realizaron fuego real, maniobras de abordaje y simulacros de escolta bajo la mirada directa de la Armada estadounidense. Para Pekín el mensaje es rotundo: no abandonará sus rutas comerciales vitales ni a sus socios energéticos. El estrecho por el que circula parte del petróleo mundial ya no es solo un problema iraní. Es un corredor defendido con uñas y dientes.

Mientras da soporte discreto a sus aliados, China se presenta ante el mundo como el adulto en la sala. “Impulsividad militarista”, “unilateralismo decadente”, “amenaza a la paz global”. Cada semana, la portavoz Mao Ning repite la misma letanía desde la sede del Ministerio de Exteriores. Pero detrás de las palabras hay estrategia pura. Pekín utiliza la Organización de Cooperación de Shanghái, los BRICS ampliados y todos los foros del Sur Global para vender su relato: “Nosotros construimos puertos y oleoductos; ellos bombardean”.

El objetivo es atraer a los países que temen ser los próximos en la lista negra estadounidense. Arabia Saudí ya entrena pilotos en cazas J-10. Indonesia, Sudáfrica y buena parte de África miran con atención. Cada resolución conjunta en la ONU con Rusia y Pakistán denunciando “violaciones de la Carta” erosiona un poco más la legitimidad de Washington.

En el manual chino, Rusia es el capítulo inicial y el más didáctico. El masivo apoyo militar a Ucrania se interpreta menos como defensa de la integridad territorial y más como un laboratorio de desgaste prolongado sobre un socio estratégico. Las sanciones, en esa misma página, dejan de ser herramientas punitivas “legales” para convertirse en instrumentos de guerra financiera que explotan la capilaridad del dólar y el alcance de la OFAC. La tesis no termina en el Donbás, enlaza con Siria, donde la persistencia de guarniciones estadounidenses en el este y acciones contra milicias aliadas de Damasco cortocircuitarían —siempre según esa lectura— la materialización terrestre de la Franja y la Ruta hacia el Mediterráneo.

El resultado es una cortina de inestabilidad que bloquea corredores logísticos críticos y encarece el “costo estratégico” de cualquier avance chino. No se trata solo de carreteras o puertos; es, sobre todo, la erosión constante de la previsibilidad, un activo esencial para cualquier iniciativa de infraestructura a escala continental.

En el Hemisferio Occidental, Pekín observa un reflejo aún más crudo de su vulnerabilidad estratégica. Para Washington, la operación que culminó con la captura de Nicolás Maduro y su esposa se presenta como una mera acción de aplicación de la ley contra redes de narcoterrorismo. Para el alto mando chino, el mensaje es que la proximidad a Pekín no otorga protección alguna ante la proyección expedicionaria de fuerza estadounidense.

Ese golpe no sólo derrocó al régimen chavista; en los círculos estratégicos de Zhongnanhai se lee como un ataque deliberado de negación de acceso destinado a erradicar la huella china en el sector energético latinoamericano y, por extensión, a aislar y poner en cuarentena todas las inversiones que habían consolidado un anclaje geopolítico y logístico de largo plazo en lo que Estados Unidos considera su zona de influencia exclusiva.

El eco inmediato resonó en La Habana. La supuesta interrupción acelerada de envíos de crudo venezolano y la presión secundaria sobre terceros proveedores se traducen, en la isla, en apagones masivos, servicios públicos al límite y una economía funcionando a ritmo de emergencia. El discurso chino califica esa presión energética como “inhumana” y la enmarca en una caja de herramientas de coerción que busca incitar cambios de régimen sin disparar una bala. Pekín, en paralelo, anuncia ayuda alimentaria y financiera de emergencia. Gesto humanitario, sí, pero también señal política de que dispone de una red de apoyo alternativa cuando sus socios quedan al borde del colapso.

En Asia Meridional, el tablero es más sutil. Pakistán, “amigo para todo clima”, transita —dicen los analistas— una recalibración pragmática. La asfixia de la deuda obliga a Islamabad a modular dependencias y reabrir canales con Washington. Para Pekín, sin embargo, la renovada cooperación militar con Estados Unidos encierra un riesgo estructural, un caballo de Troya de inteligencia sobre infraestructuras del CPEC. No se trata solo de contratos o licitaciones, es la integridad de un corredor que da a China profundidad estratégica hasta el mar Arábigo. Cualquier grieta —en forma de acceso técnico, condicionamientos financieros o retornos de operaciones con drones bajo el paraguas antiterrorista— mina la exclusividad de la relación y siembra dudas sobre la viabilidad del proyecto.

El cerco en tierra se cierra en mar. La consolidación de AUKUS emerge en los comunicados chinos como una “pesadilla de proliferación” que reconfigura el equilibrio bajo la línea que va de los archipiélagos del Índico al Pacífico Occidental. En Pekín lo llaman “OTANismo” asiático: un andamiaje de pactos que empuja a aliados a militarizarse y justificar, en cascada, una huella naval y submarina de Estados Unidos más densa y más cercana a lo que China considera su cinturón vital A2/AD. Cada nuevo acuerdo de acceso o rotación se percibe como un clavo más en el ataúd de la estabilidad, con la disuasión recíproca convirtiéndose en rutina logística.

Ante ese panorama, Pekín mueve su dial del pragmatismo al de la resistencia activa. Acelera la arquitectura financiera alternativa —CIPS, compensaciones en monedas locales, seguros y reaseguros fuera del perímetro del Tesoro estadounidense—, reforzar blindajes cibernéticos y ofrecer paquetes de transferencia tecnológica que reduzcan la exposición de infraestructuras críticas de sus socios a apagones “quirúrgicos”. No es altruismo, es estrategia de supervivencia de red, si los eslabones caen, la cadena se rompe.

En paralelo, el discurso chino enfatiza la “intangibilidad” de la soberanía. Lo hace con comunicados y logística. Ayuda alimentaria a Cuba, respaldo diplomático reforzado a Teherán y un mensaje a terceros actores de México a países del Sudeste Asiático. Con Pekín no solo hay inversión, también hay paraguas cuando arrecian sanciones y embargos. Ese relato persigue el objetivo doble de sostener a los ya alineados y disuadir a los indecisos de volver al redil occidental por miedo a quedarse solos.

Desde Washington y capitales aliadas, la fotografía se describe con otros colores. Las operaciones en Irán, sostienen, buscan frenar proliferaciones peligrosas y redes regionales que amenazan a socios y rutas comerciales globales. El apoyo a Ucrania, bajo ese prisma, es defensa de la Carta de la ONU frente a la fuerza bruta. Y AUKUS, un multiplicador de estabilidad basado en capacidades interoperables y previsibles. La colisión no es solo geopolítica, es semántica apuntando a que la seguridad para unos es cerco para otros.















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