Latinoamérica en medio de la disputa por la soberanía tecnológica en la era de la IA
En un escenario internacional marcado por la competencia estratégica en inteligencia artificial, con Estados Unidos y China como polos dominantes, América Latina busca también definir estrategias propias en la cadena global de valor de la IA. En ese contexto, surgieron iniciativas lideradas por Chile como LatamGPT, que propone un modelo de lenguaje con pertinencia latinoamericana.
Pero más allá de la plataforma en sí, la cuál fue relevada en su importancia por distintas visiones expertas, los matices en su alcance estructural y su real independencia se toman la conversación.
En diálogo con Radio y Diario Universidad de Chile, Lorena Donoso, abogada experta en Derecho de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, resaltó la importancia de LatamGPT en el escenario actual ya que es “una iniciativa de la región para los efectos de no tener una excesiva dependencia de los hegemónicos en materia de desarrollo de inteligencia artificial”.
La apuesta, sostuvo, no es solo técnica, sino también normativa. “Está construido a partir de delineamientos éticos, jurídicos y tecnológicos propios de Latinoamérica”, aclaró, asegurando que esto permite “precaver sesgos provenientes de otras idiosincrasias” y somete así el modelo a las reglas locales.
Donoso insistió en la “pertinencia” del modelo: comprender modismos, contextos y formas de expresión latinoamericanas debería traducirse en búsquedas y desarrollos “más idóneos”. Esto no es trivial, explicó, ante sistemas de lenguaje entrenados mayoritariamente con datos anglosajones.
Ana María Castillo, co-directora del Núcleo de Inteligencia Artificial, Sociedad, Información y Comunicación de la Universidad de Chile, concordó en su apreciación inicial al ser consultada por nuestro medio. “Pienso que América Latina no quiere ni tiene por qué quedar confinada a un rol de consumidor y proveedor de datos dentro de la cadena global de valor de la inteligencia artificial”, comentó.
Además, aportó una distinción clave: “Conviene matizar qué tipo de soberanía es la que está en juego”. No se trata —advirtió— de una soberanía plena, sino “sumamente relativa”, acotada al plano cultural e institucional.
“No se trata de una soberanía total, porque hay demasiada fragmentación incluso en la disposición de hardware para que las máquinas funcionen, sino de una soberanía súper acotada que opera a nivel de cultura, de capacidades o si se quiere, de soberanía institucional, de crear alianzas regionales o de ese tipo. Creo que va más por este lado”, profundizó la experta.
Declaración política versus competencia real
Castillo va más allá al situar el proyecto en el plano simbólico: “No es solo un proyecto técnico, es mucho más un proyecto de declaración simbólica o política de capacidad”. En una tensión global “oriente-occidente”, lanzar un modelo regional, sostiene la académica, implica disputar el lugar de América Latina en el ecosistema tecnológico, aunque no necesariamente competir en escala con los grandes actores.
“Nosotros no podemos competir en el entrenamiento masivo de modelos de lenguaje, por capital y por escala”, recalcó. “Si se queda como una demostración simbólica o como un proyecto académico, no puede de ninguna manera aspirar a transformarse en una infraestructura crítica, ni menos estratégica”, agregó Castillo.
Alejandro Barros, profesor adjunto del Departamento de Ingeniería Industrial de la Universidad de Chile, es aún más explícito respecto de los límites competitivos: “Competir con los grandes modelos de lenguaje, ninguna posibilidad”.
Consultado por nuestro medio, el experto remarcó las diferencias de inversión abismales con otros modelos. “Estamos hablando de un proyecto del orden de 500 mil dólares, lo cual no se acerca ni con mucho a las inversiones de los grandes players”, detalló.
Para Barros, la pregunta central es pragmática. “¿Para qué queremos un modelo latinoamericano? Ahí surgen varios planteamientos. Uno, este tema de la independencia tecnológica, por llamarlo de alguna manera, de no quedar acoplado a los grandes players. Pero eso es difícil por el desafío que presenta por un lado el acceso a datos, o sea, el corpus de entrenamiento que tuvo esta plataforma, ¿qué tan cercano es a los corpus de entrenamiento que tiene OpenAI o el mismo Mistral en Europa? Entonces, ahí yo tengo mis dudas”, planteó.
Presentación LATAMGPT. Foto: Prensa Presidencia
Ante la discusión sobre la noción de independencia tecnológica, la cual consideró que es atractiva, Barros insistió en que es estructuralmente limitada. “El hardware no lo tienes tú, lo tiene un tercero. Las tarjetas se las vas a comprar a Nvidia. Ahí ya perdiste parte de la soberanía”, lamentó.
Castillo coincide en que el “core” del debate es la autonomía real: si el entrenamiento depende de infraestructura fabricada por Nvidia o de nubes controladas por Google, la soberanía es necesariamente parcial. “La infraestructura crítica está fuera de la discusión. Esto sigue dependiendo de actores extranjeros y no podemos hablar de una autonomía total o de soberanía. Es una soberanía sumamente relativa”, aseguró.
Donoso, en cambio, pone el acento en el plano regulatorio: aun con dependencia técnica, contar con un modelo nativo permite mayor alineación con marcos jurídicos locales.
“Un modelo nativo de Latinoamérica va a estar sujeto a las normativas propias de acá. Uno de los problemas graves que hemos tenido con los modelos foráneos es que las industrias no se someten o rehúyen de la legislación nacional, y eso genera brechas de protección de derechos”, insistió la abogada.
Además, Donoso destacó el posicionamiento geopolítico como una intención de “madurez tecnológica” en el escenario actual.
Castillo aportó su propio matiz al respecto: “sí, a nivel cultural aumentamos la presencia, podemos incorporar datos que son propios de nuestro contexto, como las lenguas, por ejemplo, o algunas problemáticas. Pero no estamos abordando los problemas de fondo, que es decir, vamos a ser autosustentables tecnológicamente”.
“Es una manera de más bien posicionarse o de decir, nosotros podemos definir unas métricas de buenas prácticas o de buen desempeño a nivel local y podemos construir nuestras propias herramientas hasta cierto punto. Es una declaración de intenciones”, puntualizó.
Barros, por otro lado, apuntó a la dificultad de sostener este tipo de iniciativas en el tiempo. “La misma Europa está intentando tener esa independencia de las grandes tecnológicas de Silicon Valley, y le ha ido más o menos, y estamos hablando de Europa. Entonces, América Latina, como un todo, aquí surge la pregunta, ¿de dónde van a salir los recursos para darle sostenibilidad en el tiempo a esto? Porque una cosa es hacer una iniciativa, demostrar que se puede hacer, o sea, como una suerte de prueba de concepto”, expresó.
