San Agustín de Hipona, filósofo: "Para saber si alguien es bueno, no preguntamos qué cree o espera, sino qué ama"
Se suele decir muchas cosas sobre uno mismo, lo que se piensa, lo que se defiende e incluso lo que se espera de la vida. Pero, para saber realmente cómo es uno, tal vez no deberíamos de escuchar nuestras palabras, sino observar aquello que amamos. Al fin y al cabo, ¿qué revela más de una persona: lo que dice pensar o aquello a lo que entrega su tiempo y su energía?
Esta idea, tan simple, pero a la vez tan compleja, es la que formuló hace seiscientos años San Agustín de Hipona. Su frase: "Para saber si alguien es bueno, no preguntamos qué cree o qué espera, sino qué ama", no es solo una opinión, es casi una forma para poder llegar a entender a las personas. Según el filósofo, nuestras verdaderas prioridades no se revelan en lo que decimos, sino en aquello que ocupa nuestro corazón.
San Agustín de Hipona nació en Tagaste, actualmente Argelia, donde vivió en un momento de grandes cambios, como la Caída del Imperio Romano de Occidente. Construyó un pensamiento capaz de unir el legado grecorromano con el cristianismo emergente gracias a su experiencia personal, sus reflexiones filosóficas y la tradición religiosa.
Con ello, nacieron algunas de las obras más influyentes, como La ciudad de Dios, Confesiones o el Manual de fe, esperanza y caridad. Es precisamente en este último texto donde aparece la frase que resume una de las claves de su pensamiento: el amor es el verdadero motor de la vida moral.
Para el pensador, el amor no era un sentimiento superficial. Era esa sensación que te llevaba a tomar decisiones, hábitos y que debería de dictar la forma de vivir. De poco sirve conocer qué es lo correcto o creer que se persiguen buenas metas si aquello que realmente mueve nuestras acciones apunta hacia otro lugar.
Aunque su reflexión nace en un contexto religioso, para él, el bien supremo era Dios, la idea también puede leerse desde una perspectiva más amplia. Lo que nos apasiona acaba moldeando quiénes somos. Nuestras prioridades, nuestras decisiones cotidianas e incluso nuestras renuncias terminan revelando aquello que realmente valoramos.
Esta visión contrasta con la tendencia actual a juzgar a las personas únicamente por lo que dicen defender. Si siguiésemos la filosofía de San Agustín, para conocer de verdad el carácter de alguien no están tanto en sus palabras como en aquello a lo que dedica su tiempo y su energía.
El legado de San Agustín de Hipona
El pensamiento agustiniano dejó huella en los siglos posteriores. Filósofos y teólogos retomaron su idea sobre cómo el amor orienta hacia lo bueno. En la Edad Moderna, el matemático y pensador Blaise Pascal habló también de la importancia del corazón en la vida humana: "El corazón tiene sus razones que la razón no conoce".
Siglos después, esta perspectiva sigue apareciendo en debates filosóficos, e incluso en ámbitos de la psicología. Cada vez hay más expertos confirmando que nuestras emociones, afectos y motivaciones influyen en nuestras decisiones morales. Tal vez por ello, esta frase de San Agustín se puede seguir aplicando a día de hoy. Porque, más allá de las ideas que defendemos o de los sueños que se quieren perseguir, lo que realmente termina definiéndote es aquello que nos hace querer.
