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El curioso pueblo de Granada en el que sus casas no tienen tejados y desde el que se puede ver el Mediterráneo y Sierra Nevada

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Abc.es 
La provincia de Granada cuenta con un buen número de lugares mágicos y uno de ellos es sin duda el trío de pueblos que conforma el Valle del Poqueira, en la comarca de la Alpujarra. Tanto si se visitan en modo ascendente como descendente, Pampaneira, Bubión y Capileira son lugares encantadores de los que el viajero se irá con la firme propuesta en su mente de que tiene que volver. Porque enganchan. No en vano están considerados entre los más bonitos de España . A Bubión le pasa lo que dice que les ocurre a los hermanos medianos, a los que tienen uno mayor y otro menor. Él es el que está en medio, en mitad de la carretera que parte desde Pampaneira y llega hasta Capileira. Pilla de camino, por lo que algunos se lo pasan, y los accesos para entrar no son tan amplios. De hecho, la alternativa más utilizada para una visita rápida es dejar el coche en el arcén. Pero quien haya hecho eso con idea de limitarse a dar un breve paseo, se dará cuenta casi en el acto de que ha cometido un error, de que eso le va a saber a poco. Porque Bubión es un pueblo donde el tiempo parece haberse detenido , en el que su arquitectura conserva la esencia de antaño, con esos tejados chatos de los que sobresale una peculiar chimenea y, ocasionalmente, esos tinaos o construcciones de dos plantas con un peculiar cobertizo que permite pasar por debajo. Si alguien pregunta, con cierta ansiedad o con prisa, qué se puede hacer en Bubión, lo primero que se le debe contestar es que se lo tome con calma, porque allí se va a descansar. Hasta su disposición, colgado literalmente de una ladera, invita a emprender cualquier objetivo con sosiego, porque de manera inevitable el paseante va a topar con una cuesta tarde o temprano. Así que, para andar o para lo que sea, aplíquese el refrán: despacito y buena letra. El propio ayuntamiento, en una campaña turística promocional, lo define como un « pueblo slow », en el que el objetivo es desconectar y sumergirse en la historia de un lugar donde habitan poco más de 300 personas –esos son los censados, los fines de semana se puede triplicar esa cifra gracias al auge del turismo rural- y del que nadie diría, así al pronto, que tiene siglos de historia a sus espaldas. Comenzó en el siglo XVI, poco después de la conquista de Granada por parte de los Reyes Católicos. Como se sabe, los judíos y los musulmanes que vivían allí fueron conminados a abjurar de su fe y abrazar el cristianismo. Casi todos lo hicieron, aunque sin demasiada convicción, y para garantizar que no seguían rezando a sus dioses, eran sometidos a una estrecha vigilancia por parte de los recién llegados. Muchos moriscos, porque así llamaban a los musulmanes conversos, no pudieron soportar la situación y se fueron a sitios más alejados para estar más tranquilos. En la Alpujarra había terrenos disponibles y allá que se fueron. Pero la situación de los moriscos siguió sin mejorar demasiado y, en la Alpujarra, los más belicosos y los que más añoraban el regreso a sus raíces y costumbres, se levantaron contra el rey Felipe II. Aquello pasó a la historia como la Rebelión de las Alpujarras , que acabó con una estrepitosa derrota de los sublevados. Bubión, que se vio envuelta en esas batallas, quedó casi vacía, pero se salvó de su desaparición con la llegada de cristianos procedentes de otros lugares de España, atraídos por las tierras que se les daban a cambio de que las trabajaran. En el Valle del Poqueira se asentaron muchos gallegos , de ahí los nombres del valle en sí y de los pueblos que lo componen: Pampaneira, Bubión y Capileira no son palabras muy granadinas, la verdad. Desde entonces, la ganadería y la agricultura -a la que se ha sumado el turismo, con una creciente oferta de apartamentos- han sido las formas de ganarse la vida de sus habitantes, que cuentan con privilegios a su alcance como disfrutar de una tranquilidad casi absoluta de la mañana a la noche, sin más ruidos que los de la naturaleza y, para completar el cuadro, con unas vistas impresionantes que abarcan desde Sierra Nevada, arriba del todo, hasta el Mediterráneo, que se puede ver en días claros. No desde el pueblo, hay que aclararlo. Y decir de paso que limitarse al núcleo urbano es perderse un montón de cosas. Porque de Bubión parten un buen número de rutas senderistas que llegan a lugares absolutamente sorprendentes como el centro budista O Sei Ling, que saltó a los medios de comunicación no sólo españoles, sino también de otros países, porque allí, en 1986, nació Osel Hita Torres, de quien se dijo que era la reencarnación del Lama Yeshe. El propio Dalai Lama visitó el sitio, que quedó así como un lugar de culto muy importante no sólo para quienes profesan esa religión, sino para todos los que quisieran visitarlo. Porque puede hacerse. Andando, tras subir unas prolongadas cuestas, o en coche, después de atravesar una carretera con tramos que se las traen. Una vez arriba, a unos 1.500 metros de altitud, el panorama que se divisa es sencillamente espectacular –desde ahí sí que se ve el mar- y el principal requisito que se le pide al viajero es que respete el silencio sepulcral que es la norma. Allí va gente a meditar, hay personas que se pasan semanas en absoluto silencio en pequeños habitáculos de los que sólo salen para ducharse –al aire libre- y para poquito más. Hay esculturas majestuosas y, en su conjunto, es un sitio que merece mucho la pena. Ajustándose a lo que allí se estipula, insistamos en eso porque debe quedar muy claro. De vuelta a Bubión, sería imperdonable perderse la gastronomía local , que es en esencia la de la comarca: quesos, embutidos, vino y, como estrella, el plato alpujarreño, consistente en huevos, patatas a lo pobre, jamón, chorizo, morcilla y lomo de cerdo o de orza. Una bomba calórica que puede venir muy bien después de una mañana de caminata. Como está feo irse con las manos vacías, se impone ir a alguna de las tiendas de artesanía diseminadas por el pueblo y en la carretera. Se pueden encontrar jarapas –alfombras, mantas o colchas de diverso tamaño y, las más puras y auténticas, hechas con algodón- miel de flores, pan de higo, cerámica y un largo etcétera de cosas. Aunque el mejor souvenir que se va a llevar el visitante ya ha sido adelantado hace algunos párrafos: la convicción de que debe regresar en cuanto le sea posible.














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