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Jorge Drexler: «Odiar a una persona es más difícil si has bailado con ella»

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Abc.es 
En el Madrid de finales del siglo XVI se prohibió la zarabanda, una danza popular con influencias hispanoamericanas que fue considerada un peligro por «ser lasciva en las palabras y fea con los meneos», como describió el teólogo e historiador Juan de Mariana. La condena si te pillaban bailándola eran doscientos latigazos y seis meses de galeras , una auténtica bestialidad. Pero la gente siguió «perreando» y la desobediencia irritó tanto a las autoridades políticas y religiosas que, en 1598, el poeta Lupercio Leonardo de Argensola escribió un memorial dirigido al rey Felipe II denunciando que se seguían viendo «a niñas de cuatro años en los tablados bailando la zarabanda deshonestamente». Cuando Jorge Drexler alude a esta historia en su nueva canción 'Ante la duda baila', uno se pregunta: vaya, ¿no es esto muy parecido a los prejuicios que se han visto contra multitud de músicas quinientos años después, pero sin latigazos? Entonces el artista uruguayo nos contesta en las siguientes estrofas, explicando que el chuchumbé fue prohibido por un edicto del tribunal de la Inquisición en el siglo XVIII, que lo mismo le pasó al tango en el siglo pasado, cuando el Papa Pío X prohibió bailarlo en ambientes católicos, y así hasta aquel día de 1995 en que el gobierno de Puerto Rico ordenó hacer redadas en las tiendas de discos para incautar todo el reguetón que se encontrase. El rechazo a todo lo que sea nuevo, o la «neofobia», como precisa Drexler, sigue plenamente vigente. Pero la historia tiene otra moraleja muy clara: al poder no le gusta el desmelene. Porque une, despolariza. Así que bailemos hasta que se acabe el mundo, que a lo mejor no queda tanto. Y sin complejos, sin sentirnos culpables ni pensar que es una frivolidad. De hecho esa es otra de las cuestiones que surgen al escuchar el nuevo disco de Drexler, y que también resuelve con otra canción, 'Nuestro trabajo'. «Es una pregunta que los músicos a veces nos hacemos en momentos como este, qué hacemos cantando al amor mientras el mundo se va al carajo. Pues exactamente eso, ni más ni menos que nuestro trabajo», asegura. Drexler considera esa canción en concreto «una declaración deontológica» de la profesión de músico. «En la medicina tu trabajo es curar, no importa a quién. Si viene tu enemigo y estás de guardia en el hospital, lo tienes que curar. El juramento hipocrático obliga, aunque sea la persona más execrable del mundo. Después de reflexionar mucho, en años muy terribles como los que ha habido, me he dado cuenta de que no estoy aquí hablando contigo ni la gente va a los conciertos porque yo tenga opiniones fundadas de las cosas. No voy a decirle a nadie qué tiene que hacer, pero yo, como cantante, considero que lo que me toca es cantar, mantener los puentes abiertos, incluso cruzarlos. En un mundo de polarizaciones, la figura del puente es una figura de resistencia, de vínculo con el otro. La música no es otra cosa que un puente sincrónico, una herramienta de sincronización. Es más difícil odiar a una persona con la que has bailado, o con la que has cantado». El problema, reconoce Drexler, es que el elemento central de la revolución tecnológica en las comunicaciones, las redes sociales, están diseñadas para mantener el enfrentamiento porque se alimentan de él. «No son una ventana al mundo, son una bola de espejos que te refleja a ti mismo. Son un eco de lo que tú emites, todo lo que te dicen está dirigido a afianzar tu posicionamiento, te induce a pensar que tienes la razón. Y lo mismo le pasa al que tienes enfrente. Por otro lado, el bombardeo de información que suponen, nos tiene anestesiados. Una simple foto, la foto de la niña saliendo de una nube de napalm medio desnuda, sirvió para cambiar la percepción de toda una generación sobre la guerra de Vietnam. Ahora vemos esa foto todos los días, a todas horas». Demostrado queda que este álbum del siempre ingenioso Drexler es más que una mera sucesión de canciones. Es una obra que plantea muchas preguntas y algunas respuestas, una fuente de debate abierto con el oyente, un artefacto dialogante, que no en vano lleva por título una onomatopeya acuñada por el autor, 'Taracá', que además de evocar el sonido del tambor chico del candombe uruguayo que vertebra gran parte del repertorio, se inspira en la aféresis «'tar acá» (de estar acá) para, por un lado, interpelar al momento histórico en el que ha nacido, y por otro, brindar «una geolocalización del sentido rítmico del disco». «Si alguien me llama por teléfono y me pregunta dónde estoy, si respondo 'aquí' es que estoy en España; pero si digo 'acá' es que estoy en Uruguay», ríe el músico montevideano. Curiosamente, 'Taracá' estaba inicialmente planteado para que su música también estuviese muy pegada al presente, con una producción contemporánea cebada con autotune y demás elementos sonoros de moda. «Pero a veces, lo más viejo es lo que fue nuevo el año pasado», diserta su creador, que trabajó con varios productores punteros de la escena urbana porque estaba convencido de que su nuevo disco «tenía que ir por ahí» cuando de pronto, se percató de que el concepto se le estaba quedando desfasado. «Vi que Bad Bunny volvía a los orígenes de la salsa en 'Debí tirar más fotos', que Milo J estaba sacando un álbum folclórico, y me dije: 'Quieto donde estás, que el mundo está volviendo a tirar para atrás' (risas). Incluso los productores de trap que colaboraron conmigo lo entendieron también así, de manera que el disco se fue limpiando de todos esos elementos urbanos». Lo que en ningún momento se planteó Drexler fue utilizar la Inteligencia Artificial con la que tantos compañeros músicos ya están trasteando sin disimulo, y a la que dedica la mordaz 'Hay alguien AI?'. «No he encontrado en ella nada que me sirva creativamente», asegura. «Las canciones hechas con IA están más cerca del chiste que de otra cosa, pero es un chiste increíblemente bien hecho. Lo que pasa es que nunca podrá acercarse a la definición de poesía que dio Allen Ginsberg, que es mi favorita: 'Poetry is empowered word', la poesía es palabra empoderada. Yo he jugado con la IA y la poesía, y aunque todo lo que salía tenía perfecta coherencia sintáctica y semántica, lo que no había era eso, el empoderamiento de las palabras».














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