Qué necesita México, qué quiere EU
El Escudo de las Américas, alianza de Estados Unidos con 16 naciones de América Latina y el Caribe, redefine las relaciones de México con Washington y sus aliados: antes que un socio comercial o un alineado geopolítico razonable, nuestro país es considerado ahora el “epicentro” del “narcoterrorismo” que amenaza la seguridad nacional del vecino y sus seguidores.
Guatemala forma parte de esa subordinación a Estados Unidos, lo que hace que en nuestras dos fronteras tengamos fuerzas extranjeras comprometidas —no formalmente, hasta ahora— a participar en eventuales acciones militares contra los cárteles mexicanos identificados como “terroristas transnacionales”.
El pretexto lo ha construido bien Trump; aunque falta mucho por definir de esa alianza, por lo pronto se distinguen cuatro ejes: combate al narcotráfico y al crimen organizado, contener la migración de hispanos hacia Estados Unidos, contener la influencia de China en la región, y reforzar la hegemonía estadounidense en el continente.
Los dos primeros ejes entrañan peligros y amenazas directas a México, que hay que tomar en serio porque Trump tiene la costumbre de anticipar lo que quiere hacer, y ha reiterado su propósito de lanzar misiles a ubicaciones de los cárteles en varios estados de nuestra República que asegura conocer.
El tercer eje, el más importante en la geopolítica de Washington, es abatir la presencia de China en América Latina, región en la que el gigante asiático no se mueve con agresiones verbales, ni expulsando violentamente migrantes o aniquilando navegantes en el Caribe sin juicio de culpabilidad, ni mucho menos lanzando amenazas de imponer aranceles mercantiles a capricho; por el contrario, los bancos de China han otorgado financiamiento por más de 120 mil millones de dólares desde 2005 para el desarrollo de infraestructura en varios países, proyectos a los que otros inversionistas no les ven una tasa de utilidad atractiva.
China ha elevado sus intercambios comerciales con Latinoamérica de 12 mil millones de dólares que eran en el año 2000, a 518 mil 470 millones en 2024. Brasil, que junto con Colombia y México no participan en el «Escudo de América», exporta más a China que a Estados Unidos y a Europa juntos.
México también participa en esos flujos; de Asia provino, en 2025, el 44.98% de las importaciones totales del país.
La táctica de Trump es alinear a los gobiernos de la región con los que tiene identidad ideológica, pero no demuestra interés alguno en ofrecerles alternativas económicas para convencerlos de distanciarse de China; le basta con ostentar la superioridad de poder.
Además de acotar a China, se trata de afirmar la hegemonía estadounidense en la región para asegurar, por ejemplo, el acceso a minerales críticos —como tierras raras, litio, cobre, níquel, entre otros—; el gobierno de Trump ha hecho explícito que asegurar la disponibilidad de esos recursos de América Latina para industrias como la militar estadounidense, es una condición más de su seguridad nacional.
La revisión del T-MEC es el contexto en el cual, Trump se propone conseguir de México el más amplio acceso a recursos naturales, a los sectores económicos que nuestras leyes restringen a inversionistas extranjeros como energía, radiodifusión, transportes y varios más y, desde luego, acceso irrestricto al mercado que representa el gasto público.
La buena noticia es que el mismo proceso de revisión del T-MEC también da oportunidad al gobierno de México para valorar lo que ha significado el acuerdo de libre comercio de América del norte para el desarrollo de nuestro país.
Las cuentas son francamente negativas en términos de crecimiento económico, evolución tecnológica de la planta productiva, valor agregado nacional a las manufacturas de exportación, productividad y competitividad industrial, generación de empleos, salarios, bienestar de la población.
El Tratado de Libre Comercio de América del Norte, vigente desde 1994, se firmó con la expectativa de que, aprovechando las ventajas comparativas de cada economía, se alcanzaría una integración comercial y productiva de México con Canadá y Estados Unidos que elevaría la competitividad de la región en la economía globalizada.
El problema de origen fue que la economía de México no tenía alguna ventaja comparativa frente al nivel de integración industrial y desarrollo tecnológico de las economías de Estados Unidos y Canada; sólo ofrecía mano de obra barata y disciplinada.
México arrancó con desventaja comparativa frente a los socios del TLCAN que quizás hubiera podido corregir una bien diseñada política industrial, pero desde 1982 se vivía la moda del neoliberalismo conforma a la cual, el Estado no debía interferir en el funcionamiento de los mercados con políticas sectoriales y menos con propósitos sociales.
La mejor política, se decía entonces, es la no política y, para ostentarlo ante el mundo se negociaron tratados de libre comercio con medio centenar de países a los que se les favoreció con una desgravación arancelaria que, como dice Marte R. Gómez, experto en comercio exterior, fue totalmente unilateral.
El resultado: un inmenso déficit comercial externo, crónico y estructural con el mundo. Dice R. Gómez que en 1993 el déficit fue de 15 mil 674 millones de dólares y para 2025 fue de 325 mil 330 millones de dólares; el déficit acumulado en esos 32 años es de 3 billones 658 mil 326 millones de dólares.
En otras palabras, para producir y exportar, la economía de México requiere importar bienes de capital y bienes intermedios que valen más que los productos finales que exporta. Tales productos, además, son en su mayoría vendidos por empresas trasnacionales que ensamblan o maquilan aquí partes producidas en otras regiones, como es el caso típico de las armadoras automotrices. Son esas empresas de ensamble y maquila las verdaderos beneficiarias del libre comercio.
El dato clave en la historia del TLCAN y sucedáneo, el T-MEC, es que mientras que en 1993 las exportaciones desde México contenían un valor agregado por la planta industrial y los trabajadores mexicanos del 58.8%, en la actualidad se estima que sólo aportan un 40%. El resto son componentes importados, riqueza, empleos y salarios generados en otras economías, lo que explica que el subempleo sea creciente y afecte a más del 50 por ciento de la fuerza laboral en nuestro país.
El TLC es la concreción de un proyecto neoliberal, instrumento del Consenso de Washington de 1982, hoy en descrédito como causante de desastres económicos, sociales por la concentración de riqueza e ingresos, y de la crisis ambiental.
Todo está en transición de cambios profundos; revisemos en México alternativas al Tratado de Libre Comercio de la América del Norte propuesto por Ronald Reagan, negociado por George Bush y firmado por Bill Clinton en 1994, porque el libre comercio no ha servido para transformar a México en una economía integrada, competitiva y generadora de florecientes clases medias.
