La cultura de la “ceja” jalean protestas el día de reflexión en Castilla y León
Más de doscientos firmantes del ámbito cultural han difundido en las últimas horas un manifiesto en el que expresan “todo nuestro apoyo al pueblo iraní, y en especial a las mujeres, en su lucha por la democracia y la igualdad”.
El texto añade que “es el pueblo iraní quien debe decidir su futuro”, una declaración que, pese a su contundencia, ha reabierto un debate recurrente: la notable contradicción entre este gesto puntual y la ausencia casi total de pronunciamientos públicos durante décadas de represión sistemática bajo la teocracia iraní.
El manifiesto llega en un momento de máxima tensión internacional, con protestas en Europa y un clima político en España marcado por la movilización antibelicista. Sin embargo, la reacción de este sector cultural ha generado críticas por lo que algunos consideran un apoyo selectivo, que aparece únicamente cuando la coyuntura política o mediática lo hace oportuno.
La cuestión no es nueva: desde hace años se señala que buena parte de estos colectivos solo se movilizan ante determinadas causas, mientras guardan silencio ante otras vulneraciones de derechos humanos igualmente graves.
En este caso, la contradicción resulta especialmente llamativa para analistas y observadores, que recuerdan que Irán lleva más de cuatro décadas bajo un régimen que reprime, encarcela y ejecuta a disidentes, con especial dureza hacia mujeres, minorías y activistas.
El apoyo a Irán llega en plena ola de movilizaciones mientras crecen las críticas por la falta de coherencia y el sesgo ideológico de los firmantes
A pesar de ello, no se recuerdan campañas, manifiestos ni concentraciones significativas impulsadas por este mismo grupo de artistas durante los episodios más oscuros del régimen de los ayatolás.
El texto difundido ahora, que se presenta como un gesto de solidaridad con las mujeres iraníes, ha sido recibido con una mezcla de apoyo y escepticismo.
Para algunos, supone un paso necesario y bienvenido; para otros, evidencia un sectarismo persistente, en el que la sensibilidad política pesa más que la defensa coherente de los derechos humanos.
La crítica más repetida apunta al cinismo de quienes, según sus detractores, solo alzan la voz cuando la causa encaja con su marco ideológico o cuando el contexto mediático lo hace rentable.
El contraste entre la contundencia del mensaje actual y el silencio mantenido durante años alimenta la percepción de que este tipo de pronunciamientos responden más a dinámicas internas del ecosistema cultural que a una preocupación sostenida por la situación del pueblo iraní.
Aun así, el manifiesto ha logrado situar de nuevo en el debate público la realidad de un país donde miles de mujeres continúan arriesgando su vida por libertades básicas.
