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Enrique Herreros y el IV mandamiento

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Abc.es 
«Desde hace 36 años, todas las Nochebuenas, por la tarde, telefoneo a Enrique Herreros para desearle unas estupendas Navidades» así emprende Garci su semblanza recogida en un libro titulado 'Herreros' y editado hace unos años por Notorius. Lamentablemente, no habrá llamada telefónica en la próxima Nochebuena porque Enrique se ha ido con Míster Jordan, pero lo que sí habrá es un poquito más de vaho en ese espejo triste de la Navidad y que nos recuerda tanto a los nuestros que ya no se reflejan en él. Ese tal Míster Jordan con el que se ha ido Enrique Herreros es un personaje, naturalmente de cine, que reparte los visados para entrar en el cielo llegado el momento y que lo interpretaba Claude Rains en 'El difunto protesta' (Alexander Hall, 1941) y James Mason en su versión de 1978 titulada 'El cielo puede esperar', de Warren Beatty. Enrique Herreros, mucho más que un cinéfilo, siempre bromeaba con la llegada de Míster Jordan a llevárselo, incluso a esas edades comprometidas, pasados los 90, en las que esas bromas siempre arrastran un deje de amargor en la boca de quien las dice, o al menos en el oído de quien las escucha y comprende que ya tiene que entrenarse en esa ineludible gimnasia del alma llamada echar de menos. Enrique hubiera cumplido el próximo 9 de julio 99 años, los cuales aprovechó para convertirse en uno de los personajes más brillantes y peculiares del siglo XX; nació en Madrid, en la Dehesa de la Villa (nuestro barrio) pero tenía desde hace muchos años su lugar de eterno reposo en Potes, una tumba junto a la de su padre de la que se enorgullecía y a la que sólo le faltaba la fecha de hacer el 'checkin'; su padre, también Enrique Herreros y uno de los grandes humoristas, dibujantes, pintores, cineastas y personajes de ese siglo, el XX, que compartió con su hijo. Y es un buen momento para que el título de estas líneas se explique, el IV Mandamiento, que para un cinéfilo es una de las mejores películas de Orson Welles y para un católico es ese sencillo y natural precepto de honrar al padre. No tuvo Enrique una especial firmeza en cumplir todos los Mandamientos, pero habrá pocos casos en los que un hijo pusiera tanto empeño en cumplir el cuarto. Siempre que aludió a él, que era constantemente, lo hizo como mi Buen Padre, así, con mayúsculas, como deificándolo, pero sin el 'como'.«Nadie ha sabido nunca tanto de la anatomía, de la física, química y matemáticas de ese animalote en peligro de extinción (o quizá extinto) que es Hollywood». Conocí a Enrique Herreros hace ya muchos más de algunos años, desde que le empezó a molestar que lo llamaran 'Quique' y de cuando vivía en Los Ángeles y mandaba unas crónicas cromáticas al periódico ABC, y como lo conozco sé que le gustaría leer este artículo desprovisto de toda esa orla y olor a grave naftalina de los fallecimientos. Ha sido un tipo genial, ocurrente, gracioso y elegante hasta en pijama, como David Niven, que desplegaba un humor afilado y provocador, y de una fidelidad tajante a lo suyo y los suyos, como el Real 'de' Madrid, las películas de su vida (cuánto acierta al considerar 'Qué verde era mi valle' su película preferida), a su casa museo de la calle Alburquerque, a sus amigos e, incluso, a sus 'enemigos', de los cuales era también devoto y nunca les fallaba con su gracia para el improperio. De entre sus amigos, el más cercano, además de Enrique Cerezo , y quien mejor lo ha conocido en su salsa, es Garci, que lo define en el libro antes mencionado, 'Herreros', como la combinación perfecta de agente, productor, abogado, escritor y detective de homicidios. «Enrique –dice– ha ganado además dos Oscar, el mío y el de Trueba', pues acompañó y exprimió a los dos con 'Volver a empezar' y 'Belle Époque'». Y con 'el niño de Narváez' (así llamó Enrique a Garci toda la vida) también estuvo en el tajo de Hollywood en varias de sus otras candidaturas al Oscar. Yo tuve el privilegio de estar y recorrer la ciudad de las estrellas con él, verlo trabajarse cada centímetro de terreno angelino entre el aroma de panqueques y la atmósfera húmeda de las mañanas de Philip Marlowe y sé que nadie ha sabido nunca tanto de la anatomía, de la física, química y matemáticas de ese animalote en peligro de extinción (o quizá extinto) que es Hollywood, acaso ya solo un concepto, un estado de ánimo, un lugar que arde de recuerdos que ya casi nadie tiene. Pero a Enrique le gustará leer especialmente sobre sus dos grandes cualidades, la memoria y la generosidad. En los demás, la memoria es algo que nos sirve para darnos cuenta de lo mucho y pronto que olvidamos, para Enrique, en cambio, ha sido puro presente de indicativo y no es que atara bien sus recuerdos, es que los mantenía borboteantes y con todos sus detalles que son los que pican por dentro cuando mucho después tienes la fortuna de revivirlos. En qué cine se estrenó tal película, el día de la semana, con quien asistió, cómo iba vestido y hasta la colonia que se había puesto…, en ese apartado de recordar en presente sólo se le puede comparar Garci, otro que lleva la Wikipedia, pero la buena, la molida en fino, en la cabeza. En cuanto a su otra cualidad, la generosidad, siempre había que tener un cuidado especial al mencionársela y no ofenderlo, pues dedicó su vida a construir un personaje que alardeaba de lo contrario, de ser más agarrado que la barra del metro, de estirarse menos que el portero de un futbolín. Y soy testigo de ello, que lo he visto recorrer millas y millas en Los Ángeles para echar gasolina en un surtidor en el que se ahorraba unas monedas, o aparcar 'de gratis' a kilómetros de su destino con tal de no echarle un par de centavos a aquellos viejos parquímetros. Cuando invitaba en alguna comida, me hacía prometer antes que no iría contándolo por ahí, que no quería perder ese prestigio de tacaño que había cultivado. Su generosidad consistía en algo más valioso que el dinero (que sí, que es cierto que en eso no era rumboso, que no lo soltaba con naturalidad y alegría) y mucho más difícil de dar a los demás. Él obsequiaba (que es el verbo manivela de la generosidad) con su tiempo al por mayor, con su laboriosidad a destajo, con el valor de su ingenio y el torrente de su conocimiento, con llenar una mañana o las que se terciaran de esa bendita 'herreridad' que la convertía en una timba de los Hermanos Marx durante una parada de rodaje. Él era los tres, Groucho, Chico y Harpo, y era el león de la Metro, y los rugidos de Bette Davis y Joan Crawford, y la cara de guasa de Cary Grant… Era el afilador de puntas en un mundo de estrellas. Enrique Herreros hijo de Enrique Herreros padre fue la música de Herrmann y todos los personajes de 'El Cuarto Mandamiento', es los Amberson y los Morgan. ¡Y cuánto nos ha hecho reír, vivir y pensar Enrique siendo todos ellos! ¡Reír hasta llorar!














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