Crítica de "La sonrisa del mal": Abrazos que duelen ★★★ 1/2
Qué película tan extraña, tan morbosamente extraña la nueva de Paolo Strippoli, con esos ramalazos de Cronenberg, de Stephen King, y con esa historia, situada en Remis, pequeño pueblo de Italia enclavado en un valle aislado entre las montañas, donde sus habitantes son felices porque sí. O porque no. Hasta allí llega el nuevo y traumatizado profesor de educación física, Sergio Rossetti, un tipo silencioso, amargado, que fuma como un carretero y bebe alcohol tal que si no hubiera un mañana.
Al poco tiempo de llegar descubre que tras esta aparente serenidad y calma se esconde un ritual inquietante que lo deja aturdido y asustado: una noche a la semana, los aldeanos se reúnen para abrazar a Matteo Corbin, un lánguido y triste adolescente vestido con una larga túnica blanca capaz de absorber el dolor ajeno a través de un simple abrazo. Matteo está cansado de esa vida marcada por la succión del sufrimiento humano, y, en el fondo, solo tiene dos sueños: practicar judo y tener una improbable relación sentimental con un compañero de clase. Ángel o demonio, el chico, atormentado por un férreo padre que lo obliga una vez y otra a protagonizar esas reuniones, pronto entabla una profunda amistad con Sergio, quien decide salvarlo de una existencia completamente demencial mientras intenta lidiar con sus propios fantasmas.
Una escalofriante cinta sobre el fanatismo, el duelo y la redención que esconde lo mejor para el final, con una media hora postrera aún más terrorífica. Al cineasta Dario Argento su compatriota le ha dado una alegría, y a los espectadores.
Lo mejor: Su turbia atmósfera y ese protagonista adolescente entre ángel y demonio
Lo peor: Si alguien cree que es otro filme de terror más para «rellenar» la taquilla se equivoca
