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Cincuenta años de los franciscanos de la Cruz Blanca

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Abc.es 
Tienen la curia general en Montequinto y dependen canónicamente del arzobispo de Sevilla a donde llegaron de la mano de fray Carlos Amigo Vallejo, arzobispo hispalense y cardenal de la Iglesia. Los franciscanos de la Cruz Blanca, constituida por seglares de la orden tercera de la gran familia del 'Poverello' de Asís, conmemoran estos días su medio siglo de vida. Ayer viernes celebraron una misa en la parroquia del Sagrario de la Catedral con tal motivo y hoy sábado despiden el año jubilar con una misa en la casa familiar de Córdoba donde descansan los restos del fundador, el hermano Isidoro Lezcano. La familia de la Cruz Blanca mantiene un vínculo indisociable con el cardenal, no sólo porque uno de sus miembros, el hermano Pablo ahora de diácono próximo a su ordenación sacerdotal, le hiciera de secretario durante décadas de ministerio episcopal, sino porque la aprobación canónica lleva la rúbrica de Carlos Amigo como arzobispo de Tánger el 27 de marzo de 1975. Fray Carlos Amigo los conoció en la ciudad portuaria marroquí, adonde había llegado el fundador y el grupito de personas que venían atendiendo a los marginados y excluidos del barrio del Príncipe en Ceuta y en Tánger desde finales de los años 60, movidos por un altruismo inspirado en su fe cristiana. Isidoro Lezcano , observador del Instituto Nacional de Meteorología en el monte Hacho de Ceuta, confesaba a su círculo más íntimo «el sueño, un poco loco, de disponer de una casita para atender a diez o doce personas sin hogar, con la ayuda de la Providencia día a día», rememora Miquel Moré, portavoz de la congregación. Para cuando los primeros hermanos emitieron sus votos llevaban a sus espaldas un recorrido de diez años de servicio a los más necesitados. El propio Lezcano ya había sentido esa llamada a la atención incondicional al mundo de la exclusión que había canalizado a través de una asociación benéfica en Las Palmas de Gran Canaria, isla donde había nacido en el municipio norteño de Tenoya en 1935. Luego, abrieron una primera casa familiar, llamada Betania, en 1963 con ayuda de Cáritas en Ceuta, y en 1969 los llamaron para atender en Tánger a ancianos solos y abandonados que habían preferido quedarse en el antiguo Protectorado después de la independencia del reino alauí. El hermano Isidorito (Isidoro Macías, que llegó a ser conocido como el padre Pateras) se quedó en Marruecos mientras Lezcano volvió al barrio del Príncipe. La llegada de monseñor Amigo a Tánger en 1973 es la que establece el carisma, centrado en la casa y la familia. A fray Carlos le llamó poderosamente la atención unas cruces blancas que llevaban sendos jóvenes en la misa de su entrada en la archidiócesis. Intrigado, los conoció y fue quien los animó a constituirse como pía unión de Hermanos Franciscanos de la Cruz Blanca dentro de la orden tercera franciscana. Amigo dio solidez a sus constituciones, bajo el patrocinio de la Virgen de la Encarnación y con San Francisco y San Vicente de Paúl como modelos de caridad. Aquella primera semilla ha crecido en este medio siglo hasta convertirse en un frondoso árbol con 32 casas familiares abiertas en España, Marruecos, Venezuela y Argentina y 16 centros de la Fundación Cruz Blanca atendidos por un centenar de hermanos en los que desarrollan su labor 1.200 profesionales y colaboran muchísimos voluntarios para atender a 22.000 personas, la mayoría entre los descartados de los que hablaba el Papa Francisco. La mayoría de sus casas de acogida se encuentran en barrios muy deprimidos y entornos rurales donde hacen realidad su carisma de «asistencia a los enfermos incurables y a los más necesitados en un ambiente familiar, de cercanía y convivencia fraterna entre hermanos, asistidos y voluntarios». A través de la Fundación Cruz Blanca, la congregación gestiona centros sostenidos con fondos públicos y donaciones para atención a migrantes, víctimas de malos tratos, colectivos vulnerables, víctimas de malos tratos y, en general, atención sociocomunitaria hacia los más desfavorecidos. El hermano Luis Miguel Martell, superior general, hacía esta reflexión al hilo de la efemérides de la congregación como resumen de su actuación caritativa: «Hace cincuenta años, los primeros hermanos entendieron que en Cruz Blanca no ayudamos a extraños, sino a hermanos y hermanas en quienes el mismo Cristo nos interpela. Al decir '¿y si fuera yo?', el muro entre el que da y el que recibe desaparece, y lo que queda es la familia».














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