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La paradoja de Quintana, el pueblo del granito que vive de la piedra que les hace enfermar

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Abc.es 
Buena parte de los hombres de Quintana de la Serena no pueden dar dos pasos sin una bombona de oxígeno. Algunos apenas superan los 50 años y todos, sin excepción, tienen muy presente aquellas interminables jornadas entre nubes de polvo blanco, radiales eléctricas y mascarillas que, durante mucho tiempo, no importaron . La mayoría ha pasado décadas extrayendo y transformando el granito que ha convertido este municipio menudo de La Serena extremeña, de apenas 4.400 habitantes, en una potencia de la piedra natural. Hoy, conviven con una enfermedad incurable, la silicosis , que les acompaña a todas partes y que sigue dejando a su paso una profunda cicatriz en el pueblo. Sin embargo, y pese a todo, nadie allí se atreve a renegar de la piedra. Porque, el mismo granito que ha llenado de polvo los pulmones de cientos de vecinos es, también, el que ha dado -y da- de comer a generaciones enteras de familias. «Ahora mismo, Quintana es un pueblo enfermo». La frase la firma Diego Gómez, presidente de la Asociación de Afectados por la Silicosis. Él, como tantos otros vecinos, empezó a trabajar en las canteras siendo muy joven. En 2003, empezó a sentir los primeros avisos de la enfermedad, que le terminaron diagnosticando cuatro años después. Actualmente, necesita oxígeno para desplazarse y para dormir. Son los médicos de la unidad de trasplante pulmonar del Hospital 12 de Octubre los que siguen su evolución, porque, como admite resignado, esa es la única vía de salvación de la silicosis: «Lo único que hay es un trasplante de pulmón, poco más». La enfermedad no tiene cura . La sílice cristalina inhalada durante años provoca lesiones irreversibles en los pulmones que pueden seguir avanzando incluso después de abandonar el trabajo. Es una dolencia históricamente asociada a la minería, pero también, como en este caso, a la extracción y transformación de piedra natural. La magnitud del problema resulta difícil de ignorar. Diego calcula que en el entorno de Quintana puede haber más de 400 afectados, una cifra que también manejan sindicatos y el resto de fuentes consultadas. En el pueblo es prácticamente imposible que una familia no tenga algún allegado directa o indirectamente tocado por la enfermedad. Alejo, que tiene 54 años, forma parte de esa estadística. Se la detectaron hace apenas un año y todavía sigue tratando de asumir un diagnóstico que, es consciente, le acompañará el resto de su vida. Sus dos hermanos también padecen silicosis y su suegro falleció por la misma enfermedad hace unos meses: «Es una muerte que no le deseo a nadie. Te vas apagando poco a poco, pegado a una bombona de oxígeno». Cuando mira hacia atrás, Alejo lo hace con una mezcla de resignación y arrepentimiento. «No sabíamos lo malo que era», cuenta. Está convencido, además, de que buena parte del daño se produjo en una época en la que las medidas de protección eran muy distintas a las actuales: «Lo que nos mató de verdad fue la radial eléctrica », dice mientras recuerda a varios trabajadores tratando la piedra a muy pocos metros de distancia unos de otros, durante horas y sin apenas protección. Cuenta también cómo la última vez que visitó el Instituto Nacional de la Silicosis, que está en Oviedo, la médica le soltó una frase que no se quita de la cabeza: «Me dijo que caeríamos todos los del pueblo». Y, en efecto, no dejan de aparecer diagnósticos, también de trabajadores más jóvenes. La historia de ambos encaja con las conclusiones del Ministerio de Sanidad. En 2025, hizo público un informe que alertaba sobre la «reemergencia» de la silicosis en España. El documento recoge 5.900 partes comunicados entre 2007 y 2024, de los que 520 corresponden sólo al último año analizado. El estudio advierte de que la enfermedad no es, ni mucho menos, una cuestión del pasado y que mantiene una especial relación con actividades vinculadas a la piedra natural y otros materiales que contienen sílice cristalina. Dentro de ese informe, Extremadura ocupa un lugar destacado. Los datos muestran que buena parte de los casos se concentran en la provincia de Badajoz. Solo entre 2020 y 2023 se notificaron cerca de un centenar de casos de enfermedad profesional por silicosis. El propio informe admite que la carga real de la enfermedad puede ser aún superior a la que reflejan las cifras oficiales. El problema no es nuevo. El propio estudio recuerda que la comunidad autónoma fue uno de los territorios donde el Instituto Nacional de Silicosis desarrolló campañas específicas para detectar la enfermedad entre trabajadores de la extracción y transformación de piedra ornamental. Aquellas actuaciones permitieron sacar a la luz numerosos casos que habían pasado desapercibidos. Décadas después, la situación sigue generando preocupación. Entre 1997 y 2020, se contabilizaron en Extremadura más de 1.300 procesos asistenciales relacionados con la silicosis, una cifra muy superior a la de los casos reconocidos oficialmente como enfermedad profesional. Para asociaciones y sindicatos, esta diferencia ayuda a explicar por qué en municipios como Quintana la percepción de la enfermedad es mucho mayor que la que reflejan los registros administrativos. En este sentido, la secretaria general de Salud Laboral de UGT Extremadura, María José Ladera, considera que la situación sigue siendo «preocupante»: «La silicosis debe dejar de ser una enfermedad invisible». Para ella, la clave continúa estando en reforzar las evaluaciones higiénicas, la vigilancia de la salud y el reconocimiento de los afectados: «En pleno siglo XXI no podemos seguir aceptando que trabajadores pierdan la salud por una enfermedad profesional que sabemos cómo preveni r». El pasado, presente y, seguramente, futuro de Quintana no puede explicarse ni entenderse sin las canteras: «El granito forma parte de nuestra identidad», asegura el alcalde, Raimundo Dávila. Y no es una exageración. Durante décadas, la piedra ha sido y sigue siendo el principal motor económico de la localidad. Cientos de familias viven directa o indirectamente de una actividad que no solo incluye canteras y talleres, sino también transporte, ferreterías, gestorías y otros muchos servicios. Juan José Tejado es el coordinador del Instituto Tecnológico de Rocas Ornamentales (INTROMAC), además de profundo conocedor del sector tras tres décadas de trabajo junto a las empresas de la zona. Él cree que el granito «da vida», en términos económicos, a Quintana. Habla de un material de calidad excepcional y de una industria que llegó a reunir cerca de ochenta empresas, permitiendo fijar población y generar riqueza durante generaciones: «Ni China puede competir en precio y calidad con el granito de aquí». Precisamente por eso, Tejado entiende que la solución no parece pasar por cerrar las canteras. De hecho, ni los propios afectados se plantean el cierre. Diego reconoce que «dejar el granito ahora mismo sería muy difícil», mientras que Alejo se formula una pregunta parecida cuando piensa en los compañeros que todavía siguen trabajando: «¿Qué hacen entonces? ¿Se quedan con una mano delante y otra detrás». Y eso es lo que, quizás, mejor resume la gran contradicción de Quintana. El alcalde también va en esa línea: «No deberíamos tener que elegir entre empleo y salud ». «Prevención, prevención, prevención y prevención». Eso repite Diego. Y en esa insistencia, precisamente, parece estar el futuro de un pueblo que lleva décadas viviendo de la piedra, pero también sufriendo sus consecuencias. Quintana de la Serena no discute si necesita o no el granito. Lo sabe. Lo que se pregunta el pueblo es cómo seguir construyendo su futuro sin seguir pagando el enorme precio de la silicosis, que no es otro que el mismo precio de la muerte.














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