Una experiencia personal, junto con la necesidad de dar respuesta al aumento de niños con dificultades para comunicarse, relacionarse o expresar sus emociones, hicieron que Eva Revuelta, profesional de la comunicación y las relaciones institucionales, decidiera impulsar un método de intervención emocional y educativa asistida con perros a inicios de 2025. Para ello, unió fuerzas con Mariana Lombardo, logopeda y especialista en trastornos del lenguaje, y Angie Márquez, terapeuta ocupacional pediátrica. «Cada vez observamos más dificultades en niños para tolerar la frustración , esperar turnos, resolver conflictos y gestionar emociones intensas», asegura Revuelta a ABC. Y es que, en una sociedad frenética, donde no se fomenta la paciencia, la escucha activa o la gestión del error, el perro «obliga a bajar el ritmo, a observar, esperar y conectar», explica la impulsora del proyecto. A la hora de crear el programa, las tres partieron de una amplia base de estudios internacionales que respaldan que las intervenciones asistidas con animales favorecen «la regulación emocional, aumentan la motivación y participación, reducen los niveles de estrés y facilitan la interacción social», explica Lombardo. Y es que, la presencia del perro, tal y como señala la logopeda, «puede convertirse en un potente facilitador para que los niños participen más, se comuniquen mejor y se involucren en actividades que, en otros contextos, podrían resultarles difíciles». De esta forma, el 'Equipo G' , como se hacen llamar, con Golfo , un golden retriever, a la cabeza, trasladó este conocimiento a un programa propio, estructurado y medible que combina evidencia científica, educación y vínculo humano y ya ha tenido resultados muy positivos. El programa no solo va dirigido a niños con diagnósticos concretos, sino a necesidades funcionales transversales en distintos perfiles: la comunicación, la autorregulación y la participación en actividades de la vida diaria. Esto es, explica Márquez, niños a los que «les cuesta expresar lo que necesitan, gestionar la frustración, esperar turnos, adaptarse a los cambios, relacionarse con otros o participar de forma autónoma en rutinas cotidianas». De esta forma, Lombardo y Márquez han diseñado un programa de sesiones grupales estructuradas para fomentar este tipo de habilidades. En cada una de ellas, trabajan un objetivo terapéutico concreto a través de «actividades planificadas» . Las profesionales destacan que « no se trata de actividades recreativas con un perro , sino de una intervención diseñada para generar cambios funcionales en la vida diaria » de los niños. «El juego puede formar parte, pero siempre está al servicio de un objetivo concreto», apuntan. Cada sesión finaliza con una reflexión donde los niños «identifican qué han aprendido y cómo se han sentido», explican. Los perros que participan en este tipo de intervención terapéutica deben reunir unas características determinadas de temperamento, sociabilidad y capacidad de adaptación . «Su preparación es progresiva, están supervisados de forma continua y trabajan siempre acompañados por profesionales cualificados», explica Revuelta. La impulsora del proyecto insiste en la importancia de velar, en todo momento, por el bienestar del animal. «Evaluamos constantemente su estado emocional, respetamos sus tiempos de descanso y adaptamos las sesiones a sus necesidades», señala. A diferencia de otros proyectos de terapia asistida con animales, en este caso, el perro no es el protagonista de la intervención, sino el niño y el profesional. De esta forma, el animal tiene un papel de «facilitador» en «dinámicas de comunicación, cooperación, atención, expresión emocional y resolución de retos», explican. El perro no sustituye al profesional, sino que amplifica su capacidad de llegar al niño. Y es que está demostrado que funciona de «puente emocional» en la sesión, al generar una conexión muy rápida con el menor, de forma que «facilita la confianza, aumenta la motivación, favorece la participación y crea un contexto emocionalmente seguro». Así, el perro permite a los niños comunicarse de forma natural, libre de juicio y practicar habilidades necesarias como « pedir ayuda, esperar turnos, resolver problemas, cooperar con otros, tolerar la frustración o expresar emociones», explican. «Muchas veces los niños se atreven a hacer cosas con Golfo que les resultan difíciles con los adultos o con otros compañeros», explican Márquez y Lombardo. Es en ese momento, cuentan, cuando el vínculo con el perro se convierte en «una herramienta para promover aprendizajes significativos y transferibles a los entornos donde realmente se desarrolla su vida: su familia, el colegio y la comunidad ». Las familias , precisamente, desempeñan un papel clave en todo el proceso terapéutico. «No son meras observadoras, sino agentes activos de acompañamiento y cambio», apuntan las terapeutas. Y es que, por un lado, nadie conoce mejor a los niños que ellas y, por ello, ayudan a comprender «su historia, fortalezas, dificultades y los contextos en los que se desenvuelven». Además, las familias tienen la posibilidad de ver si los aprendizajes de las sesiones se trasladan a la vida cotidiana. De esta forma, son testigo de, por ejemplo, un niño que se atreve a pedir ayuda, que tolera mejor la frustración o que participa más en conversaciones. Avances que, aunque puedan parecen sencillos, «tienen un enorme impacto en su calidad de vida». Durante casi dos años, el 'Equipo G' ha desarrollado un proyecto piloto con grupos reducidos de niños , lo que ha permitido «realizar una observación muy detallada de cada participante» y evaluar su evolución. «Nuestro objetivo inicial no era trabajar con grandes números, sino validar la metodología y analizar cuidadosamente los resultados obtenidos», explica Lombardo. Aunque el proyecto todavía se encuentra en fase de análisis, los resultados preliminares ya son muy prometedores. «Hemos observado mejoras especialmente en la iniciativa comunicativa , la participación en las actividades , la permanencia en la tarea, la regulación emocional , el respeto de turnos y la interacción entre compañeros», explican las responsables. No obstante, más allá de resultados medibles, destacan algo más extraordinario: «Muchos niños se sienten seguros . Cuando desaparece el miedo a equivocarse, aparecen la curiosidad, la participación y el aprendizaje. Y eso es precisamente lo que buscamos». Con la evidencia científica de su mano y los resultados tan reveladores que han obtenido hasta la fecha, el 'Equipo G' sueña alto y ya trabaja en llevar el proyecto hasta colegios, hospitales, centros de atención temprana o asociaciones . Y es que creen firmemente que el futuro de este tipo de intervenciones está tanto en contextos terapéuticos como educativos. Sin embargo, su objetivo va más allá de expandir el programa. «Nos gustaría contribuir a que la educación emocional ocupe el lugar que merece dentro de la sociedad. Queremos que los niños aprendan a conocerse mejor, a comunicarse mejor y a relacionarse mejor con los demás», concluye Revuelta.