Corral de la Morería: 1.200 kilos de madera al año para resistir los 10.000 taconeos de cada noche
Si hay algo que sobresale por encima de cualquier otra cosa en el Corral de la Morería es el Arte con mayúscula. Mucho arte flamenco. Aunque también se podría hablar de Familia. También con mayúscula. Es inconcebible este templo sin pensar en los Del Rey. Del patriarca y fundador, Manuel del Rey, a sus hijos, Juan Manuel y Armando; y por supuesto, el alma de la casa: doña Blanca del Rey, quien resume el éxito como la suma de dos fuerzas: «Talento y trabajo», sintetiza la creadora de la «Soleá del Mantón». Juan Manuel, a su vera, añade una reflexión: «Cuando hay familia detrás hay alma, corazón y cariño».
Frente a esa panorámica privilegiada que regalan en cada atardecer Las Vistillas, existe un local en el que las funciones, los bailes y el salero no se pueden medir en kilos ni en ninguna otra unidad de medida. El arte no entiende de números (otra cosa son los negocios, que siempre tienen que cuadrar). No hay guarismo que haga justicia a lo que se vive dentro del Corral, tanto arriba del escenario como en sus alrededores más inmediatos, como son esas mesas de categoría Michelin (una estrella).
Una familia extrema
Aun así, los números son parte de la vida misma, más en la Era Digital, y los Del Rey tampoco se pueden explicar sin ellos. Si ya fue extremo lo de levantar un negocio con este concepto el 20 de mayo de 1956, Armando y Juan Manuel (tanto monta, monta tanto) han tomado el testigo de su padre: primero, cogiendo (con gusto) las riendas de la empresa; y segundo, apostando por el extremo también en sus quehaceres personales; en concreto, por unos deportes de riesgo que los han llevado hasta lo más alto del cielo y a lo más profundo de los mares. Solo dos cifras para entender esta vida al límite: 4.000 y -23. La última son los metros que descendió Blanca del Rey, acompañada de los suyos, en el mar; y la primera corresponde a los metros a los que subió Manuel para lanzarse al vacío. Fue su particular capricho a los 85 años y delante no hubo nadie para llevarle la contraria: «Quiero saltar. Y si no me lleváis, voy yo solo». Pero no fue solo; encontró en Armando, experto en el tema, a su cómplice ideal para hacerlo «a escondidas» de su mujer: «Si lo llego a saber...», ríe ahora Blanca del Rey.
A quien no le hizo tanta gracia fue a su hijo mayor, Juan Manuel, que, pese al vértigo que sufre, reconoce tener «más orgullo que miedo», así que allá que se fue junto a su padre. «Nos montamos, eso empieza a despegar, se levanta y sabes que a ese suelo no vuelves en avión (...) Luego, ya a cuatro kilómetros, te abren la puerta y te tiras. “El aire te sujeta”, te dicen. ¡No! Ahí caes como una piedra», rememora quien recuerda la última anécdota del salto: la cámara que debía grabarlo todo no funcionó, por lo que repetir fue la única decisión que se contempló (para desgracia de alguno).
Estrellas entre las estrellas
Sirvan estos dos ejemplos para comprender el espíritu de una familia que vive con los brazos abiertos de par en par para todo el que quiera pasarse por Morería 17. Un lugar en el que se han dado cita leyendas planetarias como Ava Gardner, JFK, Picasso, Gina Lollobrigida, Lauren Bacall, Dalí, Harrison Ford, Richard Gere, Che Guevara, los Rolling Sotnes, Natalie Portman, Charlton Heston, Ronald Reagan, Richard Nixon, Frank Sinatra o aquel Rod Hudson con el que Blanca del Rey se cruzó, siendo una niña, en su primera actuación aquí. Todos ellos se sentaron en las mismas sillas que hoy ocupan el salón. No obstante, lo principal en el Corral son los nombres que se suben al tablao. En total, más de mil artistas que se han puesto frente al público desde su apertura hace ahora setenta años. Cantaores, bailaores y guitarristas de la talla de Paco de Lucía, que presentó sobre este escenario su histórico «Entre dos aguas». Antonio Gades, La Chunga, Fosforito, Camarón de la Isla, María Albaicín, Lucero Tena, Serranito, Fernanda y Bernarda de Utrera, Manuela Vargas, El Güito, Mario Maya, La Paquera de Jerez, Lola Greco, Javier Barón, Diego el Cigala, José Mercé, Antonio Canales... Hasta el debut de la Pantoja.
Entre soleás, bulerías, tangos, tarantos, fandangos y seguiriyas, el propio Corral de la Morería estima que, cada noche (solo echa el cierre en Nochebuena), allí se sienten «unos 10.000 taconeos y 54.000 palmas». Unos datos que traducidos al año se elevan hasta los más de 3,5 millones de taconeos al año y casi 20 millones de palmas. Lo que, rizando el rizo, aumenta, respectivamente, a 250 y 1.300 millones desde 1956.
Un ritmo que solo aguantan los actuales primeros espadas de todo esto (Belén López, Juan Andrés Maya, Ángel Rojas, Marco Flores, Olga Pericet, Eduardo Guerrero, El Junco, Alfonso Losa, Alba Heredia, Lucía la Piñona, Rosario Toledo, Jesús Fernández, Mercedes Ruiz, La Lupi, Jesús Carmona, María Moreno, Manuel Liñán...) y que hacen sufrir a diario el suelo que tienen bajo sus pies. El piso de los bailaores y bailaoras resiste bastante menos que sus pies, tobillos y rodillas. Estar en las mesas más cercanas a ese cuadro de Juan Barba, «Pelando la pava», es un privilegio, pero también un riesgo: un taconeo mal calculado y la copa (o la propia cabeza) podría saltar por los aires. Y eso lo notan las tablas de madera que se ven renovadas cada dos meses: 1.200 kilos al año para que todo esté a punto.
Baile, cante, música... y buena comida
Todo ello hace las delicias de las 1.600 personas de todas partes del mundo que llenan todos los días el Corral (+80.000 al año). Y es que, como decíamos, este lugar no es solo flamenco, que no sería poca cosa. A todo ese arte jondo se suma su gastronomía. Ese concepto que imaginó en los 50 Manuel del Rey para que comida y arte se dieran la mano: cante, guitarras y, entre otros manjares, langosta thermidor. «Era un concepto disruptivo», celebran hoy desde este santuario. Un área de la que David García es responsable desde hace ya una década para mantenerse como referencia de las mesas en Madrid.
Los datos en este aspecto también son abrumadores: 6.000 platos y 320 litros de vino a la semana en la que es una de las mejores bodegas de vinos de Jerez del país, en la que destacan añadas del siglo XVIII. En total, hasta cuatro toneladas de comida de primerísimo nivel para elaborar platos tan emblemáticos como los tallarines de calamar o ese «postre sorpresa» que «desaparece» en la boca casi por arte de magia (intxaursalsa).
Por todo ello, el Corral está incluido en el libro de viajes «1.000 sitios que ver antes de morir» y en la lista del «New York Times» como uno de los lugares más emblemáticos del planeta; además de haber sido reconocido como el Mejor Tablao Flamenco del Mundo por el Festival Internacional del Cante de las Minas de La Unión.
