Cada vez que el Sol desaparece en pleno día, aunque solo sea durante unos minutos, la humanidad vuelve a sentir la misma mezcla de fascinación y desasosiego que experimentaron nuestros antepasados. Sabemos explicar con precisión matemática qué ocurre. Podemos predecir el instante exacto en que comenzará y cuándo terminará. Sin embargo, un eclipse sigue teniendo la extraña capacidad de recordarnos que no somos tan dueños del universo como nos gusta creer. Durante miles de años, los eclipses fueron mucho más que un fenómeno astronómico. Fueron mensajes del cielo. Reyes, sacerdotes y generales buscaron en ellos presagios de victoria o derrota, de prosperidad o de ruina. En ocasiones, el miedo que inspiraban cambió el curso de la historia. Quizá el caso...
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