Un icono pop llamado Federico
En el teatro de hoy, Lorca es una figura indispensable de las carteleras. No es imaginable una temporada escénica sin Lorca. El poeta más puro o el hombre atravesado desde mil aristas. O una reinterpretación muy libre. Siempre está. Y más ahora, que se acerca el primer centenario de su generación, la del 27. Un hito ante el que Jesús Torres, quien gira actualmente con su «Poeta (perdido) en Nueva York», hace una advertencia: «Para mí es un autor fundamental; con él descubrí el teatro y mi sexualidad, pero reconozco que hay que ver más allá de esa triada que han supuesto ‘‘La casa de Bernarda Alba’.’. ‘‘Bodas de sangre’’ y ‘‘Yerma’’... Hay mucho más Lorca de lo que parece», sostiene en «un mercado saturado». Él mismo, en el montaje que firma, dirige e interpreta (con el que regresará a Madrid, al Fernán Gómez, del 22 de abril al 9 de mayo de 2027), apostó por «rescatar más que el poema de Nueva York: las cartas, el contenido del corpus epistolario de Federico para conocer mejor a un escritor que ha estado vetado durante 30-40 años».
Pero aun así, su denuncia tiene más recorrido. Insiste en dar un paso más y aprovechar la celebración para indagar en «los amigos» de Lorca. En especial, en las mujeres, señala un creador al que LA RAZÓN asalta mientras trabaja en la figura de María Teresa León, a quien define como «fascinante»: «Su historia, su vida, no es conocida por nadie», lamenta.
Al final, Lorca se ha convertido en una de las cabezas más visibles de una generación por todo lo que representa: además de su obra, su asesinato por el bando Nacional le convirtió en un símbolo de la España guerracivilista que, en la actualidad, ha evolucionado hasta convertirse en un «icono pop», asegura Torres: «Conecta con la sociedad que hemos conseguido entre todas y todos. Ha escalado hasta un lugar en el que nunca hemos puesto a nuestras figuras literarias o nuestros personajes culturales. Vas a Londres y, en el Globe, ves llaveros, pines, camisetas y muñecos de Shakespeare. Pero aquí no lo verás ni con Cervantes ni con Lope de Vega..., pero sí con Lorca. Y quien ha sacado a Lorca literalmente del armario ha sido el movimiento LGTBI. Lo ha puesto de moda y hemos comprobado que sigue hablando de cosas de hoy».
Y en esa misma línea se muestra la directora y artista Marta Pazos, que conoce bien al poeta por sus trabajos con «El público», «Comedia sin título» o «Viaje a la Luna»: «Tanto su figura como su obra aún nos permiten seguir debatiendo quiénes somos como sociedad y quiénes somos como personas en la relación con la identidad propia y con los otros. Además, Lorca tenía una capacidad extraordinaria para unir lo popular y lo profundamente poético. Lo cotidiano y lo mítico conviven en sus textos con una naturalidad fascinante. El deseo, la libertad, la violencia, la identidad, la muerte y el amor. Habla de aquello que seguimos sin resolver. Su obra continúa viva por su belleza, su profundidad, sus imágenes y su ideario siguen iluminando nuestro presente», desarrolla de la que para ella es «el símbolo de una herida sin resolver».
Es por ello, insiste Jesús Torres, «montar a Lorca es un acto político; igual que hacer teatro lo es». Y así también lo cree Pazos, que encuentra en Lorca y en la política dos términos inseparables: «Defendió la cultura como un derecho vital y urgente para la dignidad de las personas. La política también está en la mirada. En decidir quién ocupa el centro del relato, en dar voz a quienes habían sido expulsados de él, en hablar del deseo femenino, de la diferencia, de la marginación, de la violencia estructural o de la libertad. Toda obra artística construye una forma de mirar el mundo y, por tanto, tiene una dimensión política. Lorca lo entendía profundamente. Su asesinato demuestra hasta qué punto el arte puede ser peligroso cuando despierta conciencia –continúa la directora–. Por eso creo que hablar hoy de Lorca es hablar de memoria democrática, libertad de expresión y compromiso ético. Rescato no solo su obra escrita sino sus acciones, sus conferencias y toda la labor que hizo con La Barraca por la democratización de la cultura».
En lo que sí choca la directora con su colega de profesión es en el concepto de una programación «saturada» de Lorca. Defiende: «Si los temas que sobre los que él escribía están sin resolver. Mientras siga muriendo gente por sus ideales, mientras te sigan maltratando por escoger libremente a quien amar o lo que hacer con tu cuerpo es preciso traerlo siempre a escena. Hace 90 años de su asesinato y muchos de sus textos parecen escritos hoy. Los clásicos son organismos vivos. Cada generación tiene la posibilidad de volver a ellos desde las preguntas de su tiempo. Shakespeare, Sófocles o Lorca no se agotan porque los textos cambian cuando cambia la mirada de quien los lee –justifica Pazos–. Lo interesante no es volver a Lorca, sino preguntarnos desde donde volvemos a Lorca. Si una nueva lectura abre una pregunta contemporánea, el texto vuelve a nacer».
