Lorca: 90 aniversario de un crimen enturbiado por los bulos
Pasa el tiempo y, cuando tenemos más información que nunca sobre el caso, aumenta el número de bulos, de tergiversaciones, de mentiras alrededor del asesinato de Federico García Lorca. En los últimos años hemos podido comprobar cómo la explicación del crimen ha ido cayendo en las manos de varios revisionistas, dignos discípulos de David Irving, que tratan de convertir aquellos hechos en lo más parecido a un accidente, casi, casi, lo mismo que opinaba Franco cuando habló públicamente por primera y única vez de lo sucedido en Granada en agosto de 1936. «Se ha hablado mucho en el extranjero de un escritor granadino; se ha hablado mucho, porque los rojos han agitado este nombre como un señuelo de propaganda. Lo cierto es que, en los momentos primeros de la revolución en Granada, ese escritor murió mezclado con los revoltosos; son los accidentes naturales de la guerra», aseguró el dictador, que se esforzó en no nombrar a García Lorca.
Para poder establecer la verdad, lo que realmente ocurrió, debemos acudir a los datos y a los testigos. Estos nos indican que el poeta llegó a Granada el 14 de julio de 1936. Un día después su madre, Vicenta Lorca Romero, escribió una carta a su hija Isabel para anunciarle que «ayer por la mañana tuvimos la alegría de que llegara Federico». Por otra parte, el diario «El Defensor de Granada» informaba de este hecho en portada, concretando que Lorca se disponía a pasar «una breve temporada» allí. El poeta había llegado a la ciudad de la Alhambra para celebrar su santo y el de su padre con los suyos –San Federico es el 18 de julio– antes de emprender viaje a México donde lo esperaba la actriz Margarita Xirgu.
El golpe de Estado militar contra la República acabó con todo. En Granada, la sublevación fue todo lo salvaje que se podía esperar de un grupo de fascistas que no tuvo ningún problema en poner en marcha una represión atroz en la que no importó ni el sexo ni la edad de las víctimas. Todo valía para eliminar a quienes ellos consideraban enemigos. Al frente de todo aquello se encontraba un comandante natural de Logroño que respondía al nombre de José Valdés Guzmán. Fue él, bajo el apoyo de su «capataz» Gonzalo Queipo de Llano, el responsable directo de que se matara a cientos de granadinos por el único delito de pensar distinto. Dentro de ese contexto era lógico que Lorca lo tuviera difícil para sobrevivir.
Un golpe en la puerta
Los enemigos de Lorca llamaron por primera vez a su puerta, la de la Huerta de San Vicente, el 6 de agosto. Venían encabezados por el capitán Manuel Rojas Feigespán, el mismo que llevó a cabo la matanza de Casas Viejas, con la intención de llevar a cabo un registro, tal vez sospechando que en la casa se ocultaba una radio para hablar con Moscú, una de las falsas acusaciones que persiguieron al poeta. Dos días después, las cosas se complicaron en la Huerta de San Vicente cuando un grupo de hombres armados apareció para buscar a los hermanos del casero de la finca, Gabriel Perea Ruiz, acusados de un delito que no habían cometido. Lorca fue golpeado e insultado por aquellos salvajes. Era evidente que corría peligro y necesitaba un lugar en el que esconderse.
Esa misma noche, tras una reunión familiar, el poeta se trasladó al número 1 de la calle Angulo de Granada, el hogar de la familia de su amigo Luis Rosales. Los hermanos de este último, especialmente José, Miguel y Antonio, tesorero de Falange en Granada, habían tenido una participación activa en el golpe. Así que parecía el lugar adecuado en el que estar seguro. Pero no lo fue.
El 15 de agosto de 1936, se celebró en Víznar el día de la Asunción de la Virgen. Hasta el pueblo se acercó desde Granada Ramón Ruiz Alonso, un antiguo diputado de la CEDA que esos días se había convertido en un activo represor, como recuerdan algunos testimonios. Fue en Víznar donde Ruiz Alonso habló con Antonio Rosales. Según varios testimonios –entre ellos, los de Gerardo, sobrino de Luis Rosales, y el general Fernando Nestares, hijo del capitán José Nestares, responsable militar de la zona–, Antonio habló con Ruiz Alonso de la incomodidad que le suponía la presencia en casa de sus padres de un enemigo, de un intelectual de izquierdas, que pensaba podía ser una mala influencia para su hermano Luis, especialmente por su condición sexual. La confesión fue también escuchada por Juan Luis Trescastro, un matón que acompañaba al ex diputado. Esa misma tarde, Ruiz Alonso redactó en la redacción del periódico «Ideal» la denuncia contra Lorca, aprobada por el gobernador civil José Valdés Guzmán. La familia Rosales y Emilia Llanos, una buena amiga del autor de «Bodas de sangre», habían dispuesto que Lorca fuera llevado a otro escondite el día 16, probablemente la casa de Manuel de Falla. Los asesinos tenían que darse prisa.
Una mala noticia
El 16 de agosto, Lorca se despertó con la trágica noticia del fusilamiento de su cuñado Manuel Fernández-Montesinos, último alcalde republicano de Granada. A las cinco de la tarde, cuando no había ninguno de los hombres de la familia Rosales en la casa, Ramón Ruiz Alonso llamó a la puerta. Con él iban Juan Luis Trescastro, Luis García-Alix y Federico Martín Lagos, además de un grupo de hombres armados que rodearon los alrededores de la finca. Se quería demostrar a quien pasara por allí que se iba a detener a alguien muy peligroso. Entre los papeles de Luis Rosales, conservados en el Archivo Histórico Nacional, existe copia de una carta que parece que no llegó a enviar, donde cuenta cómo fueron esos días: «Federico García Lorca fue fusilado por los rebeldes (falangistas). La detención, una verdadera expedición, a cuyo frente iba Ramón Ruiz Alonso. La acusación que se hizo para asesinarle es que era espía ruso. La sentencia de muerte fue dictada por el gobernador civil. La noticia de su muerte, publicada en los periódicos de Granada, fue la siguiente: “Se ha encontrado a Federico García Lorca Lorca en el campo muerto por heridas de bala (se quería simular que había muerto en combate)”. Ninguno de estos datos es verdad. De todos los males que pueden sobrevenirnos el peor es la guerra civil».
¿Cuándo fue asesinado el poeta? Es sabido que Lorca fue trasladado del Gobierno Civil de Granada, donde estuvo preso, hasta Víznar, el terreno dirigido por Nestares. Este, quien conocía al autor de «Yerma», no quiso que lo viera y se escondió, pero a Molina Fajardo le confirmó que la noche que Lorca fue llevado a Víznar él estaba allí. Quédense con este dato porque es muy importante. Vamos a repetirlo: Nestares estaba allí. Pero el 18 de agosto Nestares no estaba allí. ¿Cómo sabemos esto? Fue sustituido, siguiendo las órdenes del Gobierno Militar, por un teniente llamado Jerónimo Morillas Arenas quien explicó su paso por Víznar en una suerte de memorias aún inéditas, que ha podido consultar el autor de estas líneas. Fueron redactadas el 31 de agosto de 1936. Morillas se suicidó muy poco después. Todo esto invita a pensar que Lorca fue asesinado la madrugada del 16 al 17 de agosto de 1936.
¿Quién participó en el crimen? El periodista Eduardo Molina Fajardo, en su imprescindible investigación, puso nombre a los integrantes del piquete y logró un testimonio de primer orden: el de Pedro Cuesta Hernández, encargado de vigilar esa noche a Lorca. En su conversación con Molina Fajardo fue recordando que, antes de que fuera trasladado a Alfacar, el poeta y sus compañeros de infortunio–los anarquistas Francisco Galadí Melgar y Joaquín Arcollas Cabezas, además del maestro de escuela Dióscoro Galindo González– estuvieron encerrados en la llamada Colonia de Víznar, prohibiendo que hablaran entre ellos. Cuesta, que no participó en el asesinato, recordó que esa noche llegó de Granada gente muy extraña que no había visto antes, entre ellos Ruiz Alonso. Juan Luis Trescastro, el compinche del ex diputado, presumió al día siguiente de ser uno de los autores materiales, por lo que no parece rara la presencia de Ruiz Alonso. Los asesinos, por cierto, a primera hora, se fueron a celebrar aquella matanza en un bar de Granada poniendo una bala en el vaso de vino que bebían, además de repartirse lo que sacaron de los cadáveres.
Uno de ellos, miembro de la denominada Escuadra Negra, se quedó un paquete de cigarrillos rubio que sacó del bolsillo de Lorca. Este mismo personaje es el que se presentó en el domicilio de Concha García Lorca con una nota redactada por Lorca en la que decía: «Te ruego, papá, que a este señor le entregues 1.000 pesetas como donativo para las fuerzas armadas». Era el último chantaje al poeta. Federico García Rodríguez, padre del autor del «Romancero gitano», entregó el dinero pensando que salvaba la vida de su hijo. La escena fue vista por Francisco Murillo, el chófer de los García Lorca. El portador de la nota lo amenazó al momento. Murillo le aseguró que no iba a decir nada. «Tranquilo, me fío de ti. Toma un cigarrillo y te tranquilizas», le soltó el asesino. El chófer aceptó aquel tabaco. «Se lo hemos sacado al cadáver de tu señorito esta madrugada», espetó a Murillo quien guardó toda su vida ese cigarrillo como símbolo mudo de aquella tragedi
