Cuando no éramos tan susceptibles, la política tenía la generosidad de ocupar bastante menos espacio en nuestra vida. Uno podía pasarse varios días sin conocer la última ocurrencia de un ministro, ni el ministro sentía esa necesidad adolescente de ser ocurrente. El Estado funcionaba sin convertirse en el perejil de todas las salsas. Se votaba, protestábamos lo necesario y seguíamos con nuestras cosas. Últimamente nos han calzado la política hasta en el café y esta nueva costumbre de politizarlo todo es quizá una de nuestras grandes desgracias. Está en la cultura, el deporte, la educación, la justicia, las terrazas y las sobremesas. Hemos repartido carnés imaginarios y llevamos el sello preparado. Una película, una canción, un chiste, una camiseta o...
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