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Rodrigo Cortés: «La gente, como concepto, no existe, es una entelequia que usamos para justificarnos»

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Abc.es 
Rodrigo Cortés es un cineasta que ha publicado cinco libros en seis años, o sea, un escritor. Su nueva novela se llama 'Hija del cielo' (Random House), y es una criatura con dos voces, o tres, o cuatro. Cuenta la historia de una niña encerrada en un cuarto sin ventanas dentro de un colegio que podría ser un orfelinato o un monasterio y que está situado en Gabaón, un pueblo norteño frente al mar. Es un libro donde la bruma no nos deja distinguir del todo lo divino de lo demoníaco, el bien del mal. —¿Cómo conoció a esta niña? —La conocí sobre la marcha. Esta novela, como casi todo mi trabajo literario, parte sin mapa y sin brújula. Pero sí sabía que iba a hablar de una niña encerrada. Aún no sabía su edad y aún no sabía lo que le pasaba, así que empecé a definir su entorno, Gabaón, y asomaron ahí algunos personajes que aún no estaba seguro de quiénes eran, y finalmente, al final del primer capítulo, mencioné a la niña, de quien se dice que está endemoniada, aunque la novela empieza a ponerlo en cuestión de inmediato. —No sabemos si está poseída o está enferma o está loca o solamente es rara. Pero sí que la niña tiene su propia sintaxis, que se va rompiendo según avanza la novela. ¿Cómo se construye una voz destruida? —Hay una parte muy intuitiva, que exige en gran medida no pensar y dejarte arrastrar por el torrente de esa sintaxis partida, de esas reflexiones infantiles con un vocabulario limitado que, sin embargo, se las arregla para ir poniendo nombre a fenómenos más complejos que somos capaces de reconocer. Le tienes que dar permiso para que se salga de la vía principal y vuelva cuando quiera, le tienes que dar permiso para ser reiterativa y usar determinadas fórmulas una y otra vez o poner en duda cosas. Le permites que cometa errores, pero no puedes forzarlos. Si, por ejemplo, empieza a usar condicionales en lugar de subjuntivos, el oído tiene que guiarte y hacerlo natural, porque quien habla así no lo hace siempre. Luego las revisiones fueron una auténtica pesadilla. Acabé odiando a la niña [ríe]. —Es difícil leer sobre esta niña encerrada escuchando a un cura sin pensar en 'El exorcista'. —Hay palabras que no se mencionan en la novela, y esa es una de ellas. Del mismo modo que no se habla de posesiones ni se habla de demonio propiamente, simplemente porque sentía que todo eso iba a reducir las cosas, las iba a llevar a carriles tan trillados que iban a restar dimensiones a este mundo. Pero claro que eso resuena. A mí me gustan las películas de exorcismos, con el único problema de que una vez hecho 'El exorcista' todo acaba siendo subsidiario... Hay una parte que tiene que ver con el violentamiento, si existe la palabra, de la inocencia, cómo se puede abordar eso, que es de carácter puramente metafísico, desde un rito, como si esas palabras y su orden tuvieran un efecto en el mundo y una capacidad ordenadora. Todo eso resulta tan inexplicable que resulta apasionante. Y es curioso porque pertenece al mundo católico, ni siquiera al mundo cristiano. —Un exorcista se parece a un escritor en que los dos tienen una fe terrible en las palabras. —Claro, y sin entenderlas del todo tampoco, ni saber del todo por qué funcionan. Pero han constatado el suficiente número de veces su poder, como lectores primero y como pequeños demiurgos sobrantes después, como para simplemente aceptarlo. —Hay un momento de la novela terrorífico, cuando en el rito el padre Alén dice: «Frente a la experiencia del mal, la obediencia. Dios no quiere ni tolera ideas originales, ni actos originales». —Yo mismo no sé lo que quiero decir cuando digo eso. ¿Pienso que Dios no concebiría ni toleraría ideas originales? No, pero hay un escalofrío que me recorre en ese momento, que reconozco y uso, porque pienso que va a generar un efecto similar en el lector, que tampoco va a saber muy bien qué hacer con eso. Una vez dijo Mayorga algo así como que una de las cosas que más miedo da en el mundo era demasiada gente cantando la misma canción. Claro, uno tiene que ver qué hace con esa frase, porque la gente podría estar cantando un himno pop y resultar bonito, qué se yo, todo el mundo cantando 'Hey Jude'. Lo interesante es lo que significa inicialmente en ti la frase. —A la vez, si esa misma gente cantara el mismo himno durante hora y media, en bucle, la escena sería más inquietante aún. —Cuando sucede algo en el mundo y hay una reacción demasiado sincronizada en la opinión a eso que está sucediendo, eso en sí mismo hace levantar la ceja de la sospecha en el acto. Porque dices: no es posible. No es posible una interpretación sobre las cosas en caliente, con tan poca reflexión y digestión detrás, en términos tan exactos y tan cerrados sobre sí mismos. Y cuando hay demasiada gente encantada de formar parte de esa respuesta sincrónica uno siente ese mismo escalofrío, claro. —Al menos desde el punto de vista estético, el libro muestra o demuestra un gran interés por el mundo católico. Pienso en las monjas, las oraciones, las letanías… —Hay una parte que me es muy natural de ese mundo, probablemente porque la familia de mi madre son una legión de hermanos, tres de las cuales son monjas y uno cura. Eran doce... Eso significa que mi relación con ese mundo era muy natural, porque yo iba a los Paúles de Salamanca a aprender a montar en bici, y para mí el padre Hernández no era tal, sino Samuel, a quien llamaba Samu y le pedía que apartara la furgoneta para poder pasar. Pero a la vez yo no soy una persona religiosa. Hay una parte del catolicismo mistérica que me resulta apasionante literariamente, esa parte que tiene que ver con esos ritos y letanías. Y hay otra parte que es la de la beata encerrada con las persianas bajadas, el olor en la casa a perro mojado y el cuadro del Sagrado Corazón intimidante en el pasillo, que me deprimen. Aunque a la hora de escribir no he pensado ni en una cosa ni en otra, simplemente he creado un mundo que me parecía que tenía potencial literario. Y nunca lo he aclarado y nunca me he decantado por nada. No hay un solo juicio en la novela. La novela se puede entender de mil maneras, tantas como lectores tenga, pero no va a ser fácil arrancarle una confesión, no va a ser fácil decidir qué es una crítica a esto o un apoyo a aquello. Va a estar envuelta en bruma, va a estar envuelta en su propio misterio, va a desarrollarse de forma distinta en cada cerebro. —Termina citando el 'Primero sueño' de Sor Juana Inés de la Cruz. ¿La mística ha sido una influencia? —Tal vez, pero de forma natural y no decidida. Es decir, es imposible salir indemne de leer a San Juan de la Cruz o leer a Santa Teresa o leer a Sor Juana Inés de la Cruz. Y cuando lees el 'Primero sueño', por ejemplo, no tienes que entender nada, y si tratas de ser un exégeta que desmenuce cada una de las líneas, probablemente sea tu trabajo como académico, pero como civil estás perdido, porque es un trabajo técnico tan completo que prácticamente solo puedes leerlo en voz alta y dejarte mecer por las palabras, por las imágenes que se van generando de carácter a veces abstracto, y por las sensaciones que si tienes suerte van a derivarse de su unión. —Por cierto: ¿diría que hay una lucidez o por lo menos cierta belleza en las mentes truncadas como la de la niña? —Dar una respuesta automáticamente lírica ante una pregunta así es tentador, pero probablemente irresponsable. Pero sí, detrás de cada cosa hay forma de extraer belleza, hay la belleza que uno quiera extraer de ello. A veces una belleza irresponsable, porque tú puedes extraer belleza de un dolor profundo y no hacerte cargo de ese dolor: son cosas completamente distintas. Pero a través del propio lenguaje, alguien podría describir un vertedero y extraer su belleza, o podría abordar la traición o el abandono y extraer belleza, o incluso usarlo como forma de catarsis. Pero a mí me interesa el lenguaje en sí mismo, y el propio mensaje que encierran los sonidos del lenguaje. —Hay un hilo que conecta 'Hija del cielo' con sus libros anteriores, y es un desapego a la ley de la gravedad. —Sí, supongo que si estoy describiendo un diálogo entre dos profesores, uno de matemáticas y otro de lengua, en el banco de una estación rural y al final decido que uno de ellos remonte el vuelo y vuelva a su satélite, simplemente me lo permito. Cuando me siento a escribir no me siento más atado de la cuenta por las realidades objetivas del mundo, sino por las pequeñas cosas que las historias tratan de expresar. Y si el mejor modo de expresar algo es a través de una pequeña levitación, una pequeña desaparición o una pequeña invocación, ¿por qué no? Esta novela responde a sus propias leyes físicas, así que casi podríamos hablar de eso que Luis Mateo Díez llamaba irrealismo. Es realista, pero no se ata a los principios newtonianos, sino a los del propio Gabaón, que parece ser un mundo al margen del mundo. —Es su quinto libro en seis años… ¿En qué nota que ha cambiado como escritor en este tiempo? —Trato de notarlo lo menos posible, para empezar [ríe]. Hace cinco años no me sentaba a escribir de una manera, y ahora no me siento a escribir de otra manera. Pero claro que han pasado cosas, inevitablemente. Y hay una vía de depuración en la que vas más y más lejos. Y de algún modo cada vez confías más en el lector. Y vas retirando de una forma más intencionada las pistas o las pequeñas ayudas si te hacen sentir que estás siendo condescendiente. Cuando has sembrado pequeñas brujerías tienes que confiar en que la brujería va a hacer su efecto. —Entonces, ¿la experiencia le ha enseñado que los lectores son más inteligentes de lo que se piensa dentro del mundo editorial? —Veámoslo del siguiente modo: la gente, como concepto, no existe, es una entelequia que generalmente se usa para justificar una apetencia. Si eres un director oscuro de culto con doce espectadores, dirás que la gente está harta de que la traten por estúpida y que busca algo más. Si haces películas de persecuciones en azoteas y de cabriolas con lanchas en los canales de Ámsterdam, dirás que bastante tiene ya la gente con el día a día y sus sufrimientos como para que le recuerdes sus miserias, porque lo que la gente quiere es desconectar durante un par de horas. Por lo tanto, la gente acaba convirtiéndose en una coartada para hacer aquello que simplemente haces. Yo no sé cómo es la gente. Yo no sé si la gente es lista o tonta. Lo que sí creo es que no puedes hacer como que es tonta. Lo que sí creo es que tienes que mostrar respeto hacia el lector y hacia el espectador y no tutelarlos, no pastorearlos.














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