Con 11 años Margarita Cabanás entró por primera vez en un quirófano para ver en persona una operación de vesícula. Luego vendrían otras, la carrera de Medicina, el MIR, la especialidad de Oftalmología y veinte años de brillante ejercicio profesional que le ha deparado numerosos reconocimientos y la Medalla de Sevilla. La investigadora y jefa de Oftalmología del Virgen del Rocío viaja todos los años a África a operar cataratas y a hacer prevención en países donde falta lo más elemental. -¿Cómo surgió la idea de hacerse cooperante e ir a operar a África? -La etapa de cooperante nació en la Facultad de Medicina, cuando por primera vez acudí a un proyecto de salud pública en Brasil. Trabajamos en las favelas en un proyecto para mejorar las condiciones más básicas de salud de las familias y hablarles de enfermedades como la diabetes, la hipertensión, hábitos alimenticios, conductas sexuales, etcétera, para prevenir enfermedades básicas. A partir de ahí, siempre tuve claro que quería ir a países en vías de desarrollo a poder devolver al mundo lo que yo ya era capaz de hacer. -Muchos cooperantes sostienen que, pese a todas las dificultades, ayudar a los demás en países donde falta lo más elemental, les hace felices. -Desde luego para mí la cooperación ha supuesto un aprendizaje personal impresionante. Y siempre digo que lo que me da a mí la cooperación es mucho más de lo que yo doy. Al final soy un poco egoísta porque a mí me da muchísimo, mucho más de lo que yo doy. Creo que nosotros le cambiamos la vida a muchas personas, a todas las que podemos ayudar en ese periodo de tiempo, cada vez que vamos. Pero lo que recibes es un baño de humildad que en el mundo en el que yo me muevo no tengo otra manera mejor de recibirlo Está más allá de todo. Cuando estás allí, estás metida en otro mundo. -¿ Cómo definiría a esas personas de Costa de Marfil, Senegal o Sierra Leona que ha conocido en sus campañas? -Tienen unos valores profundos de humanidad. Esas personas no tienen acceso a un sistema de salud como el nuestro y no están acostumbradas a que las enfermedades se traten como las tratamos aquí. Ellos se cuidan, se acompañan unos a otros, tienen paciencia, confían en los médicos. Yo aprendo muchísimo de eso. -¿En España y el mundo desarrollado hay más individualismo? -Sí, hay mucho más individualismo e intereses personales. Por supuesto, hay mucha buena gente también, pero aquí que estamos siempre metidos en ese ritmo frenético que no sabemos parar. Queremos abarcarlo todo y a veces dejamos de lado las cosas que allí son las más importantes y que a veces tenemos que recordarlas, como por ejemplo la amistad, el compañerismo, querer, dedicar tiempos a tus seres queridos, cuidarlos, acompañarlos. Allí ves a los nietos con los abuelos, siempre están a su lado para ayudarlos en lo que necesiten. Siempre los acompañan a todo y me da pena que aquí se estén perdiendo esos valores. Son gente agradecida. Tienen confianza en la en lo que tú le estás ofreciendo, que tú estás poniendo lo mejor de ti. Intentamos que todo salga perfecto, pero no siempre la vida es así. -Aquí suelen poner una demanda al médico o al hospital... -No tenemos la capacidad de aceptación que tienen allí cuando algo no sale como esperábamos. Aquí todo es más complicado. Ojo, no digo que no tengamos que tener una capacidad de crítica, por supuesto. Y de exigencia, no me refiero a eso. -¿Se refiere a que aquí siempre tenemos que culpar a alguien si las cosas no salen como esperábamos? -Siempre buscamos la responsabilidad ajena, pero no entendemos que en la vida las cosas, a veces, no salen. Y que no siempre depende de nuestra voluntad. No todo tiene un culpable, aunque hay que responsabilizarse de todos los actos. Yo soy una persona confiada y siempre creo que el profesional va a estar dando lo mejor que puede hacer, que lo da todo. Siempre se va a esforzar al máximo y siempre va a intentar llegar; y si falla, no es por voluntad propia. Yo siempre pienso así porque actúo siempre buena fe y pienso que todo el mundo lo hace. Pero a veces las circunstancias, por distintos motivos, no nos permiten tener el éxito que a lo mejor esperamos. En esos países a los que voy a operar las expectativas son mucho más reales y todo es una alegría y una ilusión. La capacidad de aceptación y de tolerancia a la frustración que tienen estas personas a mí me ayuda mucho. Aquí a veces vemos problemas que en realidad no lo son. He aprendido muchísimos de mis pacientes en estas campañas. Ojalá todo el mundo pudiera alguna vez tener experiencias de este tipo para colocarte. A mí me recoloca ir allí. Necesito esa pureza, esa inocencia. Tienen una mirada que a mí me impresiona. - ¿Qué lugares de África le han impresionado más? -He estado en Costa de Marfil varias veces. He estado en Burkina Faso, en Senegal, en Kenia, varias veces en Sierra Leona, a donde si todo va bien, voy a volver en diciembre. Uno de los sitios que más me ha impresionado es un campo de refugiados en Kenia al que fui el año pasado, en la frontera de Sudán del Sur. Es un campo que alberga a más de 300.000 personas. Conviven diferentes etnias, diferentes culturas y es un sitio muy impactante a nivel humano porque hay mucha gente joven. Proceden de países de los que han tenido que huir por distintos motivos, por su raza, hambrunas, desastres naturales, conflictos políticos, etcétera. Tienes que tener mucho cuidado de equilibrar todo lo que vas proporcionando, porque si no se puede generar un conflicto y romper ese equilibrio. Viven en un equilibrio muy fino, muy frágil, en el que de repente cualquier pequeña situación que surja en la calle genera una avalancha de conflictos. - ¿Le ha devuelto la vista a muchas personas? -Literalmente, sí. A niños y a muchos mayores. Ver su cara después es algo impresionante. Recuerdo la cara de un señor que venía con su nieto y no lo había visto nunca. Y después de operarlo de cataratas, ve a su nieto por primera vez. Es algo impresionante. En España se operan cataratas de forma rutinaria: anestesia tópica y prácticamente listo en diez minutos. Pero allí te quedas ciego por unas cataratas y te puedes pasar mucho años sin ver absolutamente nada. Y si tienes la suerte de que te operen en una de estas campañas que hacemos, recuperas la visión. -¿Qué siente cuando vuelve a España? -Estoy como en un «chop-chop» y al principio me sobra todo. Entro en mi casa y me agobia todo, me estresa la multitud, de verdad. Es una sensación muy extraña. Cuesta volver a conectar con lo de aquí pero al final te adaptas. -¿Qué sintió cuando le dieron la Medalla de Sevilla? -Una gran ilusión. Es muy emocionante este reconocimiento de tu ciudad. Ver que la gente que me rodea valora mi trabajo, valora a mi persona y quiere hacerme vivir ese momento a mí y a mi familia de tanta felicidad, en fin, estaré eternamente agradecida. Estaba levitando, me sentí feliz con mis padres, con mi pareja, con mis amigos, con mis compañeros, con tanta gente que quiero. Fue algo indescriptible y me sentí muy afortunada. Di muchas gracias a la vida.