Huele a castañas asadas, el olor inequívoco del otoño, que reivindica -ya las consumían los romanos-, una tradición popular de siglos. Aún se hacen con carbón en puestos repartidos en calles y plazas. Tan nuestras son que el lenguaje se nutre de ellas para enriquecerse. Las expresiones tener o darse una castaña hacen referencia a estar en no demasiado buenas circunstancias; pero ellas, asadas, humeantes, calientes al tacto de las manos en su cartucho de papel, son exquisitas y enseñan que lo valioso no es siempre lo más caro. Llegan en su momento, no hay castañas en verano ni en primavera , sólo de octubre a enero. Tienen su tiempo. Me gusta que así sea, porque esto hace que las...
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