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Ноябрь
2025

Tarde y mal

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Abc.es 
El peor error que el centroderecha está cometiendo frente a una izquierda ansiosa de poder, para la que el fin justifica los medios, es hacer las cosas tarde y mal: dejando a un lado al socialista genético –ese que, aunque haya que votar a una fregona, lo hace porque lleva la chapita del partido–, es más que evidente el hartazgo de la sociedad española ante la deriva que frisa lo antidemocrático del actual Ejecutivo de coalición entre socialistas y comunistas. Este sector de la ciudadanía, al igual que en los últimos años del 'reinado' de Felipe González, salpicado de continuos escándalos, no busca tanto un cambio de ideología como un giro hacia la ejemplaridad. Y en eso el PP, como partido mayoritario en las Cortes, opera tarde y mal. La última muestra de ello es el caso de Mazón: la crónica de una muerte anunciada, una lenta agonía política que resultaría anecdótica de no ser por las más de doscientas víctimas mortales. Y es que la ejemplaridad política no entiende de tiempos, ideologías ni estrategias partidistas, sino de inmediatez: lo que los ciudadanos esperan es que el político de turno asuma responsabilidades y las consecuencias que de ello se deriven, como garante del buen funcionamiento de las instituciones democráticas. Raúl Calleja Fuentes. Palma del Río (Córdoba) Hay palabras, como igualdad, libertad o justicia, que parecen desgastarse con el uso. Se pronuncian con solemnidad, pero tras ellas se esconde una hipocresía impúdica. Vivimos en una época que presume de principios mientras los traiciona con naturalidad. Se legisla contra la explotación mientras se derrochan fondos en los mismos placeres que se condenan; se proclama la defensa de la mujer con una mano y se ampara lo que la degrada con la otra. La transparencia se aplica solo donde conviene. El poder democrático ha dejado de liberar para domesticar. Ya lo advirtió Tocqueville: «El poder absoluto corrompe, incluso cuando se ampara en la virtud». Mientras tanto, en los espacios que deberían albergar la libertad, la censura adquiere nuevas formas. Se 'cancela' al que piensa distinto, se cierran conferencias y se tacha de odio cualquier disenso. Todo se hace en nombre del respeto y la sensibilidad, pero una sensibilidad que necesita silenciar al otro no es empatía. Es miedo. La misma mecánica que antaño persiguió libros hoy persigue opiniones, y con ello, como recordó Voltaire, «la libertad de pensamiento se extingue cuando se defiende solo para los nuestros». La incoherencia ya no es un error, sino el nuevo sistema operativo del poder. Ser consecuente exige una firmeza heroica: sostener la palabra cuando sopla el viento de la conveniencia y no callar cuando hablar implica riesgo. El pulso moral de nuestro tiempo late en la distancia que separa los discursos de la acción. Cuando esa brecha se hace normal, se desvirtúan los ideales y la sociedad misma empieza a perder su rumbo. Elena De Juan García. Barcelona














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