Un día, los españoles nos despertamos y descubrimos que la democracia era un experimento. No uno nuevo, claro, sino uno de esos que se deja en la nevera y nadie recuerda hasta que empieza a oler raro. Sánchez tuvo el talento de mantener el experimento vivo a base de retórica, ladrillos, cemento, un puñado de pactos imposibles y una fe casi científica en que el país lo aguantaría todo. Y aguantó. Sin presupuestos, sin consensos, sin vergüenza ajena. Aguantó con un fiscal general en el alambre y un Parlamento que parecía una obra de teatro sin guion. Gracias a él, aprendimos cosas fundamentales: que un Gobierno puede vivir eternamente de prórrogas, que un juez puede ser independiente, aunque lo elijan...
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