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Декабрь
2025

Heráclito, el hombre "oscuro" de Éfeso

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En la mítica ciudad de Éfeso, presidida por el famoso templo de Ártemis, al que acudían devotos de todo el mundo griego, nació el famoso filósofo Heráclito (fl. 500 a.C.), que revolucionó el pensamiento en su época. Aún sigue siendo esencial para nosotros a la hora de comprender un tipo de aproximación a la filosofía que tiende a lo sublime en el estilo y se detiene, en cuanto al contenido, a analizar la realidad en forma de antítesis y de cierta tensión entre extremos que constituye el equilibrio de la naturaleza. No conocemos bien su obra, previa e inspiradora a la revolución eléata. Heráclito tiende puentes entre el mundo jónico y el itálico con sus críticas a Pitágoras y su superación de los milesios. Se considera que fue autor de una obra “Acerca de la naturaleza”, es decir, que fue un fisiólogo o estudioso de la naturaleza (“physis”), como sus predecesores inmediatos y sus adversarios posteriores. Esta obra, escrita en una prosa rítmica inolvidable, fue depositada, según quiere el la tradición, en el famoso templo de Ártemis, aquel que luego sería incendiado en una suerte de “prototerrorismo” en el año 356 a.C. por Eróstrato, con el único fin de alcanzar la fama y coincidiendo con el nacimiento de Alejandro Magno. Luego fue reconstruido y fue visitado, entre otros, por San Pablo en sus viajes.

Esta obra, depositada allí como ofrenda, seguramente circuló de forma abreviada –estaba hecha para ser memorizada en forma de aforismos– en cenáculos de seguidores que memorizaban partes de aquella prosa escrita de forma enigmática y memorable. Sentencias famosas son “el camino hacia arriba y abajo es uno y el mismo” (DK 22 B 60) o “la guerra de todos es padre, de todos rey” (53 B). De esta enigmática obra de Heráclito, que fue llamado “el oscuro”, se conservan numerosos fragmentos.

Pitágoras y el problema de la erudición

De su vida pocos se sabe, aunque seguro es posterior a Pitágoras, a quien critica por su excesiva erudición (“polymathia”), y previa a Parménides, cuyo poema parece suponer una reacción a él. Su pensamiento desarrolla la idea del conflicto entre potencias opuestas, una suerte de antítesis y tensión permanente en la que viven todas las cosas. La crítica a los filósofos anteriores se localiza en el intento de estos de buscar las claves de la comprensión del mundo en diversos factores trascendentes y externos.

Heráclito propone una reflexión, en sus casi oraculares fragmentos, más introspectiva –de inspiración délfica–, como el “conócete a ti mismo”, en busca del logos o razón común. Las formas del enigma y las propias referencias a las señales de Apolo, dios de Delfos –“ni afirma ni niega, sólo señala” (semainei)-, su “me investigué a mí mismo” y la referencia a la resolución de la tensión subyacente al mundo –la dialéctica– en los propios atributos de Apolo –el arco y la lira–, son prueba fehaciente de esta vinculación con la religión apolínea. También por eso se le llamó “el oscuro”, porque su lenguaje se parecía a los oráculos de Apolo, con los que ciertamente tiene relación. Hay que pensar lo importante que fue la religión de este dios para los orígenes de filosofía, si se tienen en cuenta las máximas de los siete sabios grabadas en Delfos, la raigambre de la filosofía pitagórica y, posteriormente, alguna de las páginas más célebres de Platón sobre este dios celeste y solar.

Solo el sabio sabe observar

La sabiduría introspectiva y algo elitista –era antidemócrata– de Heráclito conduce al descubrimiento de un logos común a todas las cosas que pueda aprehenderse a partir de los sentidos, único medio del conocimiento, y que sólo el sabio –como él– sabe observar. Seguramente su obra empezaba así: “De este lógos, que existe siempre, son desconocedores los hombres, tanto antes de oírlo, como después de haberlo oído a lo primero; pues, aunque todo transcurre conforme a este lógos, parecen inexpertos: y eso aunque tienen experiencia de dichos y hechos; de estos que yo voy describiendo, descomponiendo cada uno según su naturaleza y explicando cómo se halla. Pero a los demás hombres les pasa inadvertido cuanto hacen despiertos, igual que olvidan cuanto hacen dormidos (1 B)”.

El logos de Heráclito parece a veces un ente independiente y vivo, de origen divino, cuya voz hay que escuchar y entender. Alude al fuego como símbolo del principio del cosmos. Se ha hecho tópico decir que su pensamiento enseña que no hay nada permanente, sino flujo incesante en un mundo en que todo fluye. Se le suele contraponer al inmovilista Parménides, pero tienen más en común de lo que parece. Como hay que matizar todo esto, lo veremos más adelante.

Nos interesa por ahora concluir con la actualidad de su manera de expresar la filosofía, en breves aforismos. Esto llama enormemente la atención en lo moderno –parece un filósofo casi “de tatuaje”– y tuvo enorme eco en la historia: por ejemplo, fue esencial para el recorrido filosófico Nietzsche, otro famoso cultivador de aforismos enigmáticos muy recordados, o para el pesimista Cioran. Otro epígono tardío fue también el pensador colombiano Gómez Dávila, con sus brillantes e incisivos aforismos. El hecho de condensar el pensamiento en frases breves, con juegos de palabras, uso de la antítesis, acertados recursos literarios y un aire enigmático no deja indiferente a nadie. Nos recuerda que la filosofía necesita como el aire que respira su vehículo literario para dejar huella.















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