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Los domingos no serán lo mismo sin el Wilster

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Apuré a mi amigo de infancia para ir al viejo estadio de Cala Cala, eran las 15.00 y corríamos el riesgo de no encontrar un buen lugar. «Qué hago, me olvidé planchar mi polera roja», me respondió. Es que ir sin la casaca del equipo aviador era como ir a un suculento almuerzo sin apetito. Qué problema existencial en un día consagrado al fútbol.

Sentado en las graderías volví la cabeza hacia atrás y lo vi relatando en una de las cabinas a don Renán López, un goleador de fina estampa entre los años 58 y 65, hoy a los 70 sigue en lo suyo; en un sector lateral lo veo al Oso García uno honorable desconocido para los niños y jóvenes, un armador y goleador de raza en aquel Wilstermann imbatible de los años 50 y base de la Selección de 1963 campeón de Sudamérica.

«Esta tarde ganamos; recibo apuestas», dice don Ausberto a tiempo de responderme al saludo. Me cuesta decirle Oso, porque la nieve de su cabello y su trato me obligan a poner una cordial distancia. Más allá está don Guery Agreda y hasta Tutula Alcócer que regresó a la Llajta para encontrase con los amigos y familiares.

En pleno diálogo entra la banda y los acordes de la cueca cantan los mayores, los jóvenes y los más pequeños. «Aquí presentes están, los hombres de Wilstermann y si le piden revancha…», empiezan a cantar unos y otros retumbando en la quimba los famosos silbidos. «Los de Wilster somos silbadores para cantar y también para pedir a los jugadores mayor entrega. No nos contentamos con poco. Así somos los del rojo», me dice mi amigo explicándome claro y concreto en qué consiste ser wilstermanista.

«Este Wilster fue el primer equipo boliviano en la Copa Libertadores de América, el primer equipo boliviano en pasar a la segunda fase en la famosa Copa, el primer bicampeón de la Liga» comenta mi entrañable amigo, que educado en prestigiosas universidades no ha perdido la costumbre de apurar un buen tutumazo de chicha en el descanso del partido.

«Pasale al jovero», «Oye, árbitro fusil pierna», «patea bien o te falta mote», son algunas de las tantas expresiones comunes de la tribuna que festeja la ocurrencia de éste y el de más allá. Hasta que llega el gol y todos se ponen de pie mientras el estribillo, Wilster, Wilster, retumba en el Capriles y los alrededores.

Pero en la vida hay días de primavera y jornadas de otoño. Hoy caen algunas hojas amarillentas del glorioso Wilstermann. Acabo de escuchar por radios las expresiones duras de su actual presidente: «Tenemos que asumir nuestra triste realidad. Hasta ayer dependíamos de nuestras propias actuaciones. Con el resultado de Real Mamoré la cosa cambia radicalmente. Estamos cerca del descenso».

Hoy vi escapar por las mejillas de mi amigo, de casi medio siglo, unas cuantas lágrimas de impotencia. «Qué le han hecho a Wilstermann» se pregunta y la interrogante conlleva una dura crítica a los dirigentes del pasado inmediato y los de más atrás, a los que pensaron en el presente más que en el porvenir.

«No me lo imagino. Los domingos en Cala Cala no serán lo mismo sin Wilstermann», dice en tono confidencial. Sus palabras no conllevan ni un solo ápice de metáfora, es realidad pura, porque ya me acostumbré a pasear por el Prado de Cochabamba a la conclusión de los partidos dominicales, sorteando cientos de niños y jóvenes que eligieron el color rojo.

Aprendí con este episodio futbolero que nada es eterno en la vida, aunque el cariño por una divisa dura hasta que la parca marque el destino de cada ser humano. Es cierto que Wilstermann supera las contingencias del presente y que descienda o no de la Liga volverá con dignidad a los primeros planos del fútbol boliviano, porque ese es el lugar de los aviadores.

Analizando la serie de actos insensatos de los dirigentes, la abulia de los hinchas, la falta de entrega de algunos jugadores y los tantos porqués que el hombre se hace a la hora de intentar enderezar el camino nos sentamos en un banco de la plaza y de pronto en esa soledad del corazón me llegó, de fondo una vez más esas notas que parten el corazón: «cuando lo veo jugar a mi equipo Wilstermann, se me llena el alma entera de felicidad…».

Hoy, no agregaría un ápice a la nota, porque siento que el tiempo se detuvo y no aprendemos de nuestros errores. Sé que el fútbol es un valor agregado porque los domingos, Cala Cala se viste de rojo. Comerciantes de sandwich, gorritas, banderas, negocios, transporte y más viven del fútbol y del Rojo. Con los cientos de amigos k’ochalas que sumé, gracias a la educación, aprieto el puño y digo: vamos Wilstermann que el retorno está a la vuelta de la esquina.

(31/12/2025)

Hace 15 años, entonces cumpliendo la función de editor de Marcas, suplemento de La Razón, escribía esta nota que también la publicaron Opinión de Cochabamba y El Día de Santa Cruz.

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