Misa de Año Nuevo del Papa: «El mundo no se salva eliminando hermanos»
León XIV arranca el año 2026 con el mismo clamor con el que despidió 2025, con la misma plegaria con la que se dio a conocer al mundo el pasado 8 de mayo desde la logia central de la basílica de San Pedro: reclamando una paz desarmada y desarmante. Estas mismas palabras las pronunciaba esta mañana desde el baldaquino de Bernini, en el marco de la solemnidad de María Santísima Madre de Dios, que se celebra el 1 de enero y que coincide con la Jornada Mundial de la Paz.
Para el Papa agustino, «el mundo no se salva afilando las espadas, juzgando, oprimiendo o eliminando a los hermanos, sino más bien esforzándose incansablemente por comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin cálculos y sin miedo». Así se expresó en una homilía en la que bien pareciera describir la actitud de algunos líderes internacionales sin citarlos.
Reivindicando el papel de la religión como instrumento de paz, presentó al Dios de los cristianos como «desarmado y desarmante», tal y como demuestra el hecho de que Jesús nació «desnudo» e «indefenso» en una cuna de Belén. «Acerquémonos al pesebre, en la fe, como al lugar de la paz ‘desarmada y desarmante’ por excelencia, lugar de la bendición», enfatizó Robert Prevost.
Con sus expectativas centradas en este 2026, León XIV detalló que «al inicio del nuevo año, la liturgia nos recuerda que cada día puede ser, para cada uno de nosotros, el comienzo de una vida nueva gracias al amor generoso de Dios, a su misericordia y a la respuesta de nuestra libertad». Así, el Pontífice norteamericano se sumó a los buenos propósitos que se solapan en estas fechas al presentar el año nuevo como «un camino abierto, por descubrir, en el que aventurarnos, por gracia, libres y portadores de libertad, perdonados y dispensadores de perdón, confiados en la cercanía y en la bondad del Señor que siempre nos acompaña». En su homilía, el Papa también ensalzó la figura de las madres con el foco puesto en la Virgen. Así, destacó que «bajó la guardia, renunciando a expectativas, pretensiones y seguridades, como saben hacer las madres, consagrando sin reservas su vida al Hijo que por gracia había recibido para, a su vez, volver a donarlo al mundo»,
Su preocupación por el contexto bélico global también se hizo presente durante el rezo del ángelus que presidió a mediodía desde el ventanal del palacio apostólico. El Pontífice agustino invitó a cuantos los escuchaban en la Plaza de San Pedro a rezar juntos por «las naciones ensangrentadas por conflictos y miseria, pero también por nuestras casas, en las familias heridas por la violencia y el dolor». «Con la gracia de Cristo, comencemos desde hoy a construir un año de paz, desarmando nuestros corazones y absteniéndonos de toda violencia». Es el deseo que expresó a mediodía. En un tono más teológico, reivindicó que Jesús es el primero que invita a la humanidad a inaugurar «una época de paz y amistad entre todos los pueblos». «Sin este deseo de bien no tendría sentido girar las páginas del calendario y llenar nuestras agendas», compartió justo después.
A la par, León XIV se detuvo en el jubileo que está a punto de concluir para destacar que «ha enseñado cómo cultivar la esperanza de un mundo nuevo, convirtiendo el corazón a Dios, para poder transformar los agravios en perdón, el dolor en consolación y los propósitos de virtud en obras buenas». Esta dinámica resulta fundamental para el Papa, puesto que permite «construir el futuro como casa acogedora para todo hombre y toda mujer que nace». Con este punto de partida remarcó que el corazón de Cristo «palpita por los justos, para que perseveren en su entrega; y por los injustos, para que cambien de vida y encuentren paz».
Ya en la tarde del 31 de diciembre, también desde la basílica de San Pedro, el Papa había compartido su pesar por la incertidumbre global que atraviesa la humanidad por lo que denominó como «estrategias que buscan conquistar mercados, territorios y áreas de influencia, estrategias armadas, disfrazadas de discursos hipócritas, proclamaciones ideológicas, falsos motivos religiosos». «En nuestro tiempo sentimos la necesidad de un plan sabio, benevolente y misericordioso», presentó como alternativa Robert Prevost en su homilía, durante la celebración de las vísperas marianas y el posterior canto del «Te Deum» que busca ser una acción de gracias por el año que se acaba. León XIV verbalizó su sueño de un futuro que se deje guiar por «un proyecto libre y liberador, pacífico y fiel, como el que proclamó la Virgen María».
Es más, se mostró convencido de que el mundo sigue adelante «impulsado por la esperanza de muchas personas sencillas, desconocidas pero no para Dios, que a pesar de todo creen en un mañana mejor porque saben que el futuro está en manos de Aquel que les ofrece la mayor esperanza». Así, su invitación a transformar la realidad no solo tenía como destinatarios a los dirigentes políticos, sino a cuantos lo escuchaban en el templo epicentro del cristianismo.
A los católicos de a pie les quiso hacer cómplices de este cambio con un consejo: «Estar a la altura de sus pequeños: de niños, de ancianos solitarios y frágiles, de familias a las que les cuesta más avanzar, de hombres y mujeres que han venido de lejos con la esperanza de una vida digna».
El desarme, la pobreza y las migraciones
La Jornada Mundial de la Paz, instaurada por Pablo VI en 1968, es de tal relevancia para la Santa Sede que hasta el presidente italiano, Sergio Mattarella, publica un mensaje propio. «Tenemos, en cambio, el deber», advierte Mattarella, «de resistir esta oscura inercia, dirigida hacia los abismos de la historia que la humanidad ya ha experimentado trágicamente, actuando con renovada sabiduría y la máxima celeridad». Con la misma preocupación se pronuncia el arzobispo Paul Richard Gallagher, Secretario del Vaticano para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales. «Me parece notable que, con la disminución del compromiso con el desarme y la paz, también se haya perdido de vista la lucha contra el hambre, la pobreza, la migración forzada, así como la promoción de los derechos humanos fundamentales», apunta el «ministro de Exteriores» de la Santa Sede. «La verdadera paz no es fruto únicamente del desarme, sino que se basa en la confianza y las relaciones pacíficas entre los pueblos», añade.
