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Lo que todavía me atrevo a pedir

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Tal vez, al leer estos renglones, algunos piensen que estoy ebrio en exceso o que, como decían en el campo, me dio «la luz del rayo». Otros dirán que estoy repitiendo inútilmente un rito de diciembre. Pero sigo creyendo que poco cuesta soñar, aunque la almohada se haya tornado más dura que una roca.

Por eso ahora mismo pido para 2026 que la fiebre no sea un huésped habitual en nuestros cuerpos, ni las arbovirosis paisajes silenciosos en cada jornada.

Deseo que la oscuridad nos visite con mucha menor frecuencia, especialmente en el largo verano, en el que se conjugan zumbidos y calores poco menos que insoportables. Que las luces físicas y otras intangibles no sean lujos, rarezas, fanfarrias. Que el carbón y el humo no se sigan extendiendo como «alternativas».

Aspiro a que la cuenta matemática del mes deje de ser un rompecabezas angustiante; que el esfuerzo de un día de trabajo empiece a pesar más que el precio de lo que se vende en carretillas o en una descolorida esquina. Que tengamos más puntería para anotar la canasta necesaria, esa que gana el difícil partido de la subsistencia.

Imploro que se reduzcan a cero o a la mínima expresión los actos de sangre y agresiones, los hechos que perturban la paz ganada con tantos sacrificios.

Anhelo ver cortados los tentáculos de un pulpo que se está apoderando de parqueos, antiguos vertederos, esquinas y de la calle misma: la basura.

Sueño con que el laberinto de los trámites se desenrede. Que los papeles no crezcan como hiedras sobre las esperanzas, y que una promesa verbal valga más que un sello adquirido digitalmente.

Quiero, de verdad, que el «vamos a intentarlo», el «sí» y la explicación seria, sin formalismos, fulminen de una vez al «no se puede» y al peloteo. Que, a diferencia de otros años, el conformismo y la desidia incumplan sus planes y excesos.

Aspiro a que la gimnasia del chisme —ese deporte nacional que tanto se practica— pierda adeptos, y en su lugar se popularice el ejercicio saludable de decir las cosas de frente, sin códigos ni neblinas.

Deseo que mermen los trepadores sociales, los inventores de fábulas, los que se creen con derecho a pisotear, los que hablan mucho y no hacen nada.

Ruego que en las famosas redes decrezca la artillería del insulto y encontremos más mensajes ajenos a odios, linchamientos y frustraciones.

Pido, por otro lado, que nuestros héroes anónimos —la maestra que innova en casa para poder ir a clases, el médico que escucha con el estetoscopio del alma, el obrero que suda la gota gruesa— sientan, al menos una vez al día, el viento fresco del agradecimiento.

Que la inventiva criolla no se pierda como instrumento de resistencia ni como camino para llegar al futuro.

Que la solidaridad del vecino, la del café compartido y la mano en el hombro en el momento justo, nos siga amortiguando los golpes.

Que nuestros niños sigan disfrutando de un aguacero y de un juego de pelota en el lugar menos sospechado. Que la risa de un barrio siga siendo más fuerte que el ruido de cualquier disputa.

Que la familia resista los huracanes de la indiferencia y las sequías del egoísmo. Que tengamos mesa y pan para compartir una conversación de todos.

Que el amor por este pedazo de mundo, áspero y hermoso, no sea una consigna en un muro, sino un gesto que se ejercite en todo tiempo. Que abramos la puerta a la tolerancia, al debate y al argumento verdadero.

Que la ternura sea bandera, el gesto hermoso una certeza, y el deseo de hacer el bien, nuestra estrella máxima.















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