La ventaja de ser un replicante
Leo que las autoridades italianas, superadas por el turismo industrial, van a cobrar una entrada de dos euros por el acceso a la plaza de la Fontana de Trevi y caigo en la cuenta de mi fortuna. Pertenezco a la última generación que se sentó en el brocal de Nicola Salvi al sol, sonriendo a la foto, desierto el entorno al mediodía de agosto. He visto la Plaza de San Marcos vacía en invierno y la habitación pequeña donde estaban Las Meninas antaño, de frente a un espejo que permitía incorporar al espectador a la escena del Alcázar. Hay algo melancólico en la mercantilización que convierte pueblos y ciudades en parques temáticos desbordados. Quizá no esté lejos el momento en que las personas se contenten con visitas virtuales y explicaciones de la inteligencia artificial, del mismo modo que hemos aceptado visitar Altamira en la neocueva, con sus perfectas reproducciones rupestres.
Ojalá no se pierda nada en el cambio, porque las ciudades y su belleza nos transforman. Rosalía lo canta en su nuevo disco: “Perdí mis manos en Jerez/ y mis ojos en Roma. Crecí y el descaro lo aprendí/ por ahí por Barcelona (…) la mala hostia en Berlín/ y el arte en Graná”. Naturalmente, siempre habrá paisajes rurales, pueblos perdidos y pequeñas ermitas esperándonos. Sin embargo yo doy gracias de poder decir aquello del replicante de Blade Runner: “He visto cosas que vosotros no creeríais, atacar naves en llamas más allá de Orión, rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”. Sí, miré a solas el rostro del David de Miguel Ángel; visité Compostela en silencio, vi la Mona Lisa de cerca, con apenas tres visitantes a mi alrededor. Qué privilegio ser un viejo replicante. El arte guarda el secreto de las cosas no holladas que, cuando acontecen por vez primera, nos dejan maravillados, como la tarde inicial de horas infinitas mirando al enamorado o el rostro del hijo recién nacido. Tengo en la memoria cuadros, esculturas, edificios preferidos de los que recuerdo exactamente el momento del encuentro. El Nacimiento de Venus lo descubrí en los Uffizi de Florencia con quince años, siguiendo a mi padre; el Concierto Número 2 para Piano de Rachmaninov en el coche, un día ordinario a los treinta años y me obligó a frenar con el corazón desbocado, y en Roma, a los dieciocho, deambulando sin referencias, anduve por una calle estrecha y me di de bruces con la Fontana de Trevi, de manera que la desmesura barroca de la fuente se estrenó de nuevo conmigo y nunca me recuperé.
