La mejor actuación de Philip Seymour Hoffman: en “Synecdoche, New York” de Charlie Kaufman
Muchos cinéfilos, al menos en esta parte del mundo, suelen escoger las películas que volverán a ver durante el verano. Algo tiene el verano en Sudamérica que nos lleva a hacer una selección de lo ya visto, como si la tibieza de la atmósfera fuera el escenario para volver a aquellos trabajos que de alguna manera se han impuesto en nuestro imaginario. Eso me lo han hecho saber cuatro cinéfilos el 1 de enero; en lugar de estar en la playa o, en todo caso, durmiendo, estaban buscando o seleccionando las películas que iban a volver a ver. Imagino que en ese ejercicio no solo estaba el apunte de la película que verán en las plataformas, sino igualmente algo más físico, como separando películas en estuches de DVD o Blu-ray.
En el siglo XXI, felizmente tenemos no pocas obras maestras. Pero hay una película que, debido a su grado de dificultad para apreciarla, corre una extraña suerte. Aparece en las listas de algunos medios importantes y simplemente no está en otras. Me refiero a Synecdoche, New York (2008), la primera película de Charlie Kaufman, que sale en la lista de mejores películas de la BBC (puesto 20) y no está en la de The New York Times.
Esta película tiene suficientes méritos para ser considerada una obra mayor del presente siglo. Como sugerimos líneas atrás, Synecdoche, New York es una película compleja. El espectador tiene que poner de su parte siempre y cuando le interese acceder a una experiencia distinta de la linealidad narrativa. Si en caso no le interese, no hay problema. Ver determinada película no tiene que ser una imposición. Synecdoche, New York no está hecha para el gusto mayoritario, pero su valor no radica en su extrañeza (la extrañeza no es garantía de calidad, como tampoco el aburrimiento), sino en lo que transmite bajo sus coordenadas.
La película de Kaufman
Si hablamos del norteamericano Charlie Kaufman, nos referimos a un nombre clave en la escritura de guiones. Pensemos en películas como Being John Malkovich (1999), Adaptation (2002) y Eternal Sunshine of the Stopless Mind (2004), que reúnen esa rara cualidad de ser populares y a la vez eclécticas. Los guiones de Kaufman están pautados por una sensibilidad que, sin subestimar al espectador común, cuida su coherencia interna, la cual transita entre lo cartesiano y lo onírico, que viaja de lo estético a lo grotesco, y que vemos en toda su amplitud en Synecdoche, New York.
Caden Cotard (mediante este personaje, Philip Seymour Hoffman nos brindó la mejor actuación de su carrera) es un director de teatro cuya vida familiar es un desastre. Si eso no es suficiente, es un hombre preso de un ensimismamiento que acaba alejando a las personas que lo aprecian. Cuando las desgracias emocionales no pueden ser menos, Caden recibe la beca MacArthur, acontecimiento que le permite financiar una obra teatral en la que intentará plasmar todo su talento (es la oportunidad que ha estado esperando para salir, precisamente, del ensimismamiento). Sin embargo, Caden descubre que está enfermo (anunciado en las primeras escenas); su organismo comienza a deteriorarse.
Kaufman huye de la realidad, pero sin alejarse de ella. Veamos: Caden está rodeado de un selecto elenco de mujeres (Emily Watson, Jennifer Jason Leigh, Catherine Keener, Samantha Morton, Hope Davis, Diane Wiest y Michelle Williams), el cual tiene una misión: hacerlo más infeliz, incluso cuando este pone en escena lo imposible: reflejar el día a día de New York dentro de un hangar ubicado en el barrio teatral de la ciudad. Es decir, la obra que Caden piensa montar tiene al día a día de New York como eje de la misma. (Es como si se estuviese poniendo en escena el cuento “Funes el memorioso” de Jorge Luis Borges).
Para Kaufman, el propósito de su película, su logística interna, obedece exclusivamente a Caden, en quien proyecta sus señaladas dimensiones (cartesiano/onírico y estético/grotesco), por medio de un ritmo ralentizado sin pasar por alto el humor negro, tan presente en los guiones de Kaufman, el cual, sin lugar a dudas, tenía que estar en su ópera prima.
La sensibilidad de Caden hace más llevadero el sentido conceptual de la película. Sus gestos y sus obsesiones de hombre enfermo, su no lugar en el mundo (por eso lo recrea en un hangar), le dan un flujo humano a la formalidad artística (fotografía, actuación y digresión discursiva). Lo que Caden busca es habitar en ese mundo que se expande en personajes, en intercambio de roles, durante décadas mientras el mundo real se deshace (algo parecido a lo que estamos viendo actualmente: un mundo en crisis y gente ajena a esa crisis y refugiada en parcelas virtuales).
Esta obra maestra de Kaufman, sustentada en la actuación en estado de gracia de Philip Seymour Hoffman, es un buen ejercicio especulativo. El tiempo invertido en Synecdoche, New York vale la pena.
