La identidad histórica de España, católica desde el principio (1)
La vocación de España está indisolublemente unida a la cruz y al servicio de la Iglesia fundada por Jesucristo. En los inescrutables designios de la Providencia, España es una nación elegida para una singular misión, puesta de manifiesto en la evangelización de América y durante la «Contrarreforma», con las guerras de religión de los siglos XVI y XVII. Para los no creyentes, o creyentes con la fe debilitada, esta visión superior de la historia puede parecer una extravagancia o un desafío al sentido común, pero que España es «tierra de María» lo atestiguan los innumerables santuarios, iglesias y ermitas dedicados a la Virgen que pueblan la geografía española, y así lo reconoció el Papa san Juan Pablo II en su 5ª y última visita apostólica a España, el 3/4 mayo de 2003 en Madrid. España está consagrada al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, lo que es garantía de salvación, y acrisolada en la persecución por las fuerzas del poder de las tinieblas. El Sagrado Corazón se lo confirmó a santa Maravillas de Jesús al pedirle que fundase un Carmelo junto a su monumento en el Cerro de los Ángeles: «España se salvará por la oración».
Historiadores de prestigio como Claudio Sánchez Albornoz, Menéndez Pidal y Menéndez Pelayo, entre otros, no dudan en afirmar que la identidad nacional e histórica de España está profundamente unida a la catolicidad, hecho que se remonta al 2 de enero del año 40, con la aparición de la Virgen del Pilar en carne mortal al apóstol Santiago, primer evangelizador de la Hispania romana, y hoy patrón de España. El propósito de este capítulo es ahondar en el papel de la Iglesia de Jesucristo para conformar nuestra identidad nacional e histórica , y por ello vamos a recordar los principales hitos en la historia de España como nación católica, y la estrecha relación que nos une a la Madre de la Iglesia desde el principio.
El 2 de enero del año 40, transcurridos siete años desde la pasión, muerte, resurrección y ascensión al Cielo del Señor, y estando el apóstol Santiago a orillas del Ebro, en la provincia romana de Hispania, recibió la visita de la Virgen María. Me gusta decir que, tan importante era la evangelización de la entonces Hispania romana, que Dios envió a evangelizarla nada más y nada menos que al apóstol Santiago, hermano de Juan, hijos ambos de Zebedeo. Y hace ya unos cuantos años, aprendimos esta frase: «Al ascender a los Cielos, el Señor quiso encargar a sus discípulos más queridos, el cuidado de sus tres grandes amores: A Juan, su Madre; a Pedro, su Iglesia, y a Santiago, España». Pedro, Santiago y Juan formaban el «núcleo duro» en torno al Señor. Fueron los únicos que estuvieron presentes en la transfiguración del monte Tabor; los únicos también –aunque se durmieron–, que estaban con el Señor en el huerto de Getsemaní y en otros episodios que están narrados en la Sagrada Escritura. Estaban los tres y solo ellos y eso es una realidad objetiva. Como lo es el hecho de que a Pedro le encargó la Iglesia y a Juan a su Madre, cuando estaba en la cruz. Quedaba por tanto Santiago…, que evangelizaría España. Ese fue el punto de partida de la historia de la evangelización y cristianización de España. Después vendría la conversión de Recaredo el 8 de mayo del año 586, y luego ocho siglos de invasión musulmana, desde el año 711 hasta 1492. No hay ningún país del mundo que, después de sufrir una invasión musulmana de ocho siglos, haya vuelto de nuevo al cristianismo.
Ese fue el punto de partida de la historia de la evangelización y cristianización de nuestra nación.
El hito siguiente en nuestra Historia Cristiana sería la Virgen de Guadalupe y la evangelización de América. Los designios de la Providencia son inescrutables, pero en la distancia de los más de cinco siglos transcurridos desde entonces a la actualidad puede discernirse con nitidez que, una vez culminada la Reconquista, había llegado el momento de comenzar la evangelización de todo un continente. Solo así puede entenderse que, apenas diez meses después de conquistar el reino nazarí de Granada, ya estuvieran las tres carabelas al mando de Cristóbal Colón avistando tierra americana, el 12 de octubre de 1492 . Así nació el Imperio español, en el que no se ponía el sol, el mismo que la leyenda negra promovida por sus enemigos intenta demonizar. En los diez años siguientes a la aparición de la Virgen de Guadalupe en la cumbre del Tepeyac el 12 de diciembre de 1531, se evangelizarán tantas almas en América como las que se pierden en Europa por el cisma protestante, lo que no deja de ser una llamativa y no «mera» coincidencia. Y se aparecerá en la capital del Virreinato de la «Nueva España», es decir, de la España de Ultramar, siendo la «vieja», la actual España europea. Ese virreinato corresponde a lo que hoy es México y diversos territorios de los EE UU –Colorado, Arizona, Texas, Nuevo México– hasta la independencia de México de España en el siglo XIX. Podríamos decir que Dios como Señor de la Historia es el que escribe su guión, pero gusta delegar la dirección y su realización en la Virgen, de modo que es Ella la que elige los actores, los escenarios y los tiempos. Porque es evidente que la actividad de la Virgen María, ya sea bajo la advocación de la Virgen del Pilar, de Guadalupe, o de la Inmaculada Concepción, es decisiva para conformar nuestra Historía, indisociable de la evangelización del cristianismo.
España es tierra de María y patria de la Inmaculada. La identidad nacional e histórica de España está fuertemente unida a la devoción inmaculista desde mucho antes de que fuera definido el dogma de la Inmaculada Concepción de María, tercero de los dogmas marianos, junto a la Maternidad Divina, la Perpetua Virginidad y su Asunción gloriosa a los Cielos. El Papa beato Pío IX lo proclamó el 8 de diciembre de 1854, pero muchos siglos antes, España ya había mostrado ser una ferviente defensora de la Concepción Inmaculada de la Virgen María. Mediante el «Juramento del voto inmaculista», España tuvo fervientes valedores de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Muchas universidades, ciudades, gremios y órdenes militares –la primera de ellas, la de Calatrava, en 1652–, entre otras muchas instituciones, exigían profesar ese juramento a todo aquel que quisiese formar parte de ellas. La villa de Madrid fue la primera en jurar la defensa de la prerrogativa de la concepción sin mancha de María, el 20 de abril de 1438. La siguieron Huesca (1450) y Villalpando (1466). Ya en el siglo XVII, se sumarían muchas otras: Palencia (1615), Écija(1615), Jerez de la Frontera (1615), Santiago (1616), Sevilla (1617), Granada (1617), Barcelona (1618), Salamanca (1618), Valladolid (1618), Zaragoza (1619), Bilbao (1620), etc. El 25 de diciembre de 1760, María Inmaculada fue proclamada Patrona de España por el Papa Clemente XIII en la bula «Quantum ornamenti» ante la petición formal del rey Carlos III. Otra muestra, y muy clara, de la tradición inmaculista española fue la decisión del Papa Pío IX de erigir en1857 el primer monumento urbano dedicado a la Inmaculada Concepción en la Plaza de España de Roma, entonces todavía capital de los Estados Pontificios. Al bendecir la imagen, el Papa declaró ante el embajador español que había elegido ese lugar porque «fue España la nación que trabajó, más que ninguna otra, para que “amaneciera el día de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María». Cada año, el 8 de diciembre por la tarde, el Papa acude a orar ante este monumento y las autoridades españolas gozan del privilegio de saludarle en honor a esa tradición. La Plaza debe su localización y denominación al Palacio de España allí ubicado,actual sede de la embajada de España ante la Santa Sede, la más antigua legación diplomática del mundo, que data del siglo XV.
La constelación de santos españoles en el siglo de Oro será otra muestra de esa vinculación de España y el cristianismo: San Francisco Javier, san Ignacio de Loyola y santa Teresa de Jesús, la reformadora de la orden carmelitana, conforman la vanguardia de la constelación de santos que en el siglo XVI formarían parte de la «Contrarreforma» frente al Cisma protestante luterano. Los tres fueron conjuntamente canonizados en Roma por el Papa Gregorio XV, en una histórica ceremonia celebrada en Roma el 12 de marzo de 1622. Ese día fueron canonizados, además de ellos tres, san Isidro Labrador y san Felipe Neri. La singularidad del acontecimiento llevaría a que el pueblo romano acuñara la frase de que el Papa había canonizado a «cuatro españoles y un santo».
Basta este rápido repaso de nuestra Historia para acreditar nuestra identidad histórica y nacional como católica. Lo que explica perfectamente que el Diablo «la quiera destruir». Y sabemos que no lo conseguirá: con la protección de María.
(1) «El tiempo de María» (del autor).
