Messi reconoce que dejó de ir a terapia: "Tengo mi parte que soy más raro que la mierda"
Leo Messi no suele exponerse. Su relato público, durante años, se construyó más desde el silencio que desde la explicación, más desde el céspde que desde el micrófono. En su paso por Luzu TV, el capitán argentino se permitió una radiografía personal poco habitual, hecha de manías, contradicciones y rarezas asumidas
“Siempre fui obsesionado del orden”, admite Messi con naturalidad. Ese rasgo, cuenta, incluso modificó la convivencia con su pareja: “Al principio ella era un desastre y yo muy prolijo. La cambié yo. Ahora estamos al mismo nivel”.
Ese mismo carácter aparece cuando habla de los afectos. Messi se define como “poco demostrativo”, aunque se reconoce detallista, romántico en lo cotidiano, más cómodo en los gestos pequeños que en las grandes declaraciones. “Me cuesta expresarlo, pero me gusta que las personas que quiero estén bien”, explica.
En medio de ese retrato íntimo aparece una escena inesperada, casi doméstica, que humaniza al personaje de forma definitiva. “Me gusta el vino”, dice, y enseguida añade la coletilla que descoloca: “vino y Sprite para que pegue rápido y pase bien”. Messi se ríe de sí mismo y remata: “Aparte es lindo, con el calor pasa mejor”.
Dejó la terapia
Él mismo lo califica de “raro”. Esa rareza la amplía sin filtros cuando habla de su necesidad de estar solo. “Tengo mi parte de que soy más raro que la mierda”, confiesa. Le gusta la soledad, los momentos de silencio, aislarse del “quilombo de la casa” cuando los tres chicos corren y el ruido lo satura.
La rareza vuelve a aparecer como eje cuando describe su estado de ánimo. Messi se reconoce cambiante, irritable ante pequeñas alteraciones del plan. “Si tengo el día organizado y pasa algo que lo cambia no me gusta”, admite.. Tampoco comunica lo que siente. Se guarda las cosas. “No hago terapia. En Barcelona hice y después no hice más. Soy muy de comerme las cosas, de guardarme para adentro los problemas”.
En ese proceso interno, la figura del padre ocupa un lugar central. Messi reconoce sin rodeos que siempre necesitó su aprobación. “Terminaba un partido y le preguntaba a él”.
El relato se vuelve más denso cuando retrocede a la infancia y al tratamiento de crecimiento que marcó su destino. El proceso comenzó en Newell’s Old Boys, con un coste elevado y promesas que no siempre se cumplieron. Messi recuerda a su madre recorriendo Rosario para buscar un dinero que muchas veces no aparecía. Aclara que el club no tuvo la culpa directa, pero sí una persona concreta, cuyo nombre decide no decir. El enojo familiar se entiende desde la precariedad y la incertidumbre de aquel momento.
El Barcelona
Después llegó FC Barcelona. “La idea era nunca irme a Barcelona, pero así se dieron las cosas”, resume. No hay relato épico del salto a Europa, solo la aceptación de una oportunidad que apareció cuando lo anterior falló.
El cierre del relato tiene un giro cultural inesperado con el recuerdo de su encuentro con Charly García en River. Messi describe ese momento como “inexplicable”, marcado por una energía especial, una magia que lo encandiló. No habla como futbolista, sino como espectador impactado por un artista que desborda su propio mito.
