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El legado Romano de la tauromaquia española

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El combate entre el hombre y el toro era uno de los espectáculos que podía contemplarse en los anfiteatros del Imperio romano. Son numerosas las fuentes de la época (tanto visuales como escritas) que documentan esos combates, mostrando y describiendo las diferentes suertes que usaban para enfrentarse al toro. Por tanto, la existencia de una tauromaquia romana está perfectamente probada. Si uno lee las crónicas (sobre todo las de Marcial) que narran los espectáculos del Coliseo, o mira los mosaicos, relieves y frescos que reproducen esos juegos de la arena, el toro está omnipresente, aparece por todas partes. Es, de hecho, el animal que más sale en la mayoría de esas fuentes visuales y escritas (la idea de que el león era el animal más frecuente en los espectáculos del Coliseo hay que borrarla, pues en realidad lo fue el toro, con diferencia, y ofreció de lejos espectáculos mucho más impresionantes.

El munus legitimum, el espectáculo que daban en los anfiteatros, tenía tres partes: la venatio («cacería» que se celebraba desde la salida del sol hasta mediodía), los ludi meridiani («juegos de mediodía», las ejecuciones de condenados a muerte, celebradas a mediodía) y el munus propiamente dicho (los combates de gladiadores, durante toda la tarde hasta la puesta de sol).

La venatio tenía dos partes, animales cazando a otros animales (luchas de animales) y hombres cazando animales (modalidad en la que se daba la tauromaquia como la entendemos hoy, tema de este artículo: el combate del hombre contra el toro o, en sentido estricto, como lo entendían los romanos, la caza del toro por el hombre).

Hoy quizá nos extrañe considerar la tauromaquia como una forma de caza, y que por ello los romanos incluyeran la tauromaquia dentro de los espectáculos que daban en la venatio (cacería), pero en efecto es así como la veían, porque ese es ciertamente su origen primero, su esencia, y lo que nos permite entender verdaderamente lo que era, y lo que sigue siendo hoy, dos mil años después. Básicamente, la tauromaquia (la lucha del hombre contra el toro, como se realizaba en los anfiteatros o como se hace hoy en cualquier plaza durante una corrida de toros) no es más que un hombre cazando a un animal: el animal sale libre a la arena y el hombre (mediante una serie de técnicas [suertes]) logra matarlo.

Así, el venator romano (como el torero de hoy) se enfrentaba a la muerte, y en este sentido la tauromaquia era (y sigue siendo) un verdadero y genuino deporte romano, pues enfrentarse a la muerte era rasgo común de todos los deportes romanos (venationes, gladiatura, carreras de carros, pugilato, todos implicaban enfrentarse a la muerte, en cierto grado), porque para los romanos sólo enfrentándose a ella podía exhibirse el valor (virtus), que era lo que definía al hombre (vir). Un hombre lo era porque tenía valor, no temía a la muerte, y así un romano podía mostrar su hombría, que era un hombre, desafiando a la muerte en una carrera de carros, un combate de gladiadores o poniéndose delante de un toro.

Que dos mil años después desafiar a la muerte (por ejemplo poniéndose delante de un toro) siga valorándose, y viéndose como una muestra de valor, de hombría, demuestra lo mucho que aún tenemos de romanos en nuestra cultura, mentalidad y forma de ver el mundo. También en nuestro concepto de lo que es un espectáculo y un deporte, de lo que es algo digno de ser visto. Y en ese concepto la opinión del espectador era esencial, pues ese jugarse la vida debía ser también evidente para los espectadores, no sólo para el que estaba en la arena: la punzada de adrenalina que sentimos al ver al torero cambiarse la muleta de mano por la espalda en el último instante posible de la embestida del toro también la sentía el espectador romano, y era lo que lo enganchaba a esa exhibición, y lo que lo hacía considerarla como algo digno de ser visto, un spectaculum.

Los romanos sólo se interesaban verdaderamente por las exhibiciones donde sentían esa punzada, lo que explica el desprecio y falta de interés con la que siempre vieron otros entretenimientos, como los juegos de pelota o el deporte griego (efectivamente, en un partido de fútbol nadie se está jugando la vida, y eso resultaba tan evidente, y aburrido, para un romano de hace dos mil años [el «harpastum» era el fútbol de los romanos] como para un aficionado a los toros de hoy [por ejemplo, Hemingway, que compartía totalmente ese concepto de deporte de los romanos, decía «Sólo hay tres deportes: los toros, el automovilismo, y el montañismo, y todos los demás son meramente juegos»). De hecho, la tauromaquia, era la forma de venatio más frecuente que podía verse en la arena, por dos razones: porque el toro abunda en todas las tierras del imperio romano y porque el toro ataca siempre, era garantía segura de que ofrecería un buen espectáculo en la arena. Así, como decimos, el combate del toro era el espectáculo más frecuente de las venationes. Marcial, en su «Liber spectaculorum» (la crónica de los cien días de espectáculos con los que se inauguró el Coliseo en el verano de 80) menciona al toro 12 veces (a las que habría que añadir una mención del búfalo [bubalus] y otra del bisonte [vison]), mientras que el segundo animal más citado es el oso, 7 veces (la mitad). Los siguientes animales citados son el león (6 veces), el jabalí (5 veces), el rinoceronte (4 veces), el elefante (3 veces) y finalmente el leopardo, el ciervo y el tigre (1 vez cada uno).

Centrándonos en las fuentes visuales que mejor representan las venationes, todas ellas muestran toros (mosaicos, relieves y frescos). De hecho, el toro era el animal más icónico de las venationes, el que ofrecía luchas que más marcaban a los espectadores, pues mientras que otros animales no atacaban siempre (las fuentes escritas a menudo cuentan cómo osos o leones se quedaban en sus jaulas, negándose a salir a la arena, o a atacar, asustados por el rugido del público en la grada o por lo extraño del lugar), el toro embestía siempre, contra cualquier rival, y sin importarle que fuese mayor que él, o cuánto mayor. Ya fuese hombre o bestia, rinoceronte o elefante, el toro siempre se arrancaba contra él, creyendo que podía vencerlo. Por todo lo ya visto, enfrentarse (y vencer) al toro en la arena era un gran honor para cualquier venator (lo comparaban con Hércules, que venció al toro de Creta, desarrollándose así una tauromaquia (en el sentido de lucha toro contra hombre) específicamente romana, que generó muchas suertes. Analizando las fuentes de la época predominan las suertes consistentes en herir al toro con lanza o espada, aunque no todas son sangrientas, pues las fuentes también muestran a menudo a hombres llamando al toro con trapos, o burlándolo de manera acrobática, con garrochas (pértigas), o saltando, todo lo cual conecta con la tauromaquia actual española, en la que aún podemos ver esas suertes. Aunque ninguna fuente romana muestra claramente el color de esos trapos con los que citaban al toro, podemos imaginar que serían rojos, si no siempre sí en muchos casos, pues Séneca claramente dice «taurum color rubicundus excitat» («al toro el color rojo lo excita», «De ira», 3.30.1). Todo esto nos lleva de nuevo a la tauromaquia de hoy y, de hecho, que esta tenga tantas suertes similares (en muchos casos idénticas) a las de la tauromaquia romana hace surgir la cuestión de si estas no serán el origen de aquellas. Es decir, ¿fueron esas suertes de la tauromaquia romana (y esta misma) el origen de muchas de las suertes de la tauromaquia española de hoy (y, por tanto, de esta misma)? Esa es la pregunta que trata de responder este libro.

Un viaje de ida y vuelta

Su imagen es la que aparece con mayor frecuencia en los mosaicos que se han conservado en las villas romanas. El toro, como asegura Alfonso Mañas, experto en espectáculos anfiteatrales y profesor de la universidad de Berkeley, era también el animal que se veía más en la arena de los grandes espectáculos convocados por las autoridades romanas. Muy por encima, aunque parezca increíble, del león. Pero, además, como recoge una película como «Quo Vadis», era la especie que ofrecía los duelos más espectaculares. Pero, como Mañas comenta también, los romanos acudían al encuentro de los cuernos del toro como hacen los toreros actuales. Al contrario, por ejemplo, de lo que aparecen en las representaciones artísticas minoicas, donde los jóvenes saltan por encima del lomo de estos animales.

Este volumen es un viaje recíproco en el que se explica la tauromaquia romana pero que, gracias también a la tradición de la Fiesta Nacional, también se ha podido completar cómo debían ser aquellas funciones en el imperio romano.















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