Golpear en todos los frentes: la estrategia de Trump para demoler el viejo orden mundial
Hay días en Washington en los que parece que todo está en crisis al mismo tiempo. Una universidad bajo presión presupuestaria, un juez señalado, un medio desacreditado, una alianza internacional en duda, un país latinoamericano amenazado, otro puesto en la lista de espera. El reflejo inmediato es pensar que se trata de desorden, de impulsividad, de un liderazgo incapaz de priorizar. Pero ese diagnóstico se queda corto.
Desde hace tiempo, Donald Trump y el movimiento político que lo rodea han dejado claro que su objetivo no es administrar el sistema liberal estadounidense, sino tensarlo hasta el límite. No reformarlo paso a paso, sino empujarlo desde todos los ángulos a la vez, hasta que ceda por fatiga.
Golpear a los intermediarios
En el frente interno, la estrategia es reconocible. No se ataca directamente a “la democracia”, una palabra demasiado abstracta, sino a quienes la hacen funcionar en el día a día. Los intermediarios.
Las universidades pasan de ser centros de conocimiento a sospechosos habituales, acusados de vivir desconectados del país real y de promover una agenda ideológica hostil. La prensa deja de ser un contrapoder incómodo para convertirse en un enemigo declarado, no por lo que publica hoy, sino por el simple hecho de existir como institución independiente. La ciencia, cuando contradice decisiones políticas o intereses económicos, se convierte en una opinión más, prescindible y cuestionable.
Nada de esto ocurre de forma ordenada. No hay un calendario. No se “resuelve” primero la prensa para luego ir a por las universidades. Todo ocurre al mismo tiempo. El resultado es un clima de inseguridad constante, donde cada actor institucional empieza a preguntarse hasta dónde puede llegar sin pagar un precio demasiado alto. Ese es el verdadero objetivo: provocar autocensura antes que obediencia.
La justicia, en el punto de mira
El sistema judicial tampoco escapa a esta lógica. Jueces y fiscales que toman decisiones incómodas pasan a ser actores políticos, señalados y deslegitimados. No hace falta cambiar la ley: basta con erosionar la confianza en quien la aplica.
Cuando cada resolución judicial se presenta como una conspiración o una maniobra partidista, la independencia de los tribunales se va vaciando por dentro. No se rompe el Estado de derecho de un golpe. Se le quita oxígeno poco a poco, hasta que deja de imponer respeto.
La misma lógica, fuera de casa
Cuando se mira la política exterior trumpista caso por caso —Venezuela, México, Cuba, Groenlandia— la impresión superficial suele ser la de un improvisador con intereses dispersos. Pero el patrón que emerge es más profundo y menos errático de lo que parece: todas estas acciones forman parte de una estrategia para afirmar la dominancia estadounidense en su hemisferio y posicionarse ventajosamente frente a sus rivales geopolíticos, particularmente Rusia y China.
Históricamente, la Doctrina Monroe proclamada en 1823 fue un principio de política exterior estadounidense para impedir la intervención europea en América. Hoy, bajo la administración de Trump, esa doctrina ha sido reinterpretada y radicalizada —a veces en medios se la llama la “Donroe Doctrine”— no como un blindaje defensivo sino como una declaración de propiedad geopolítica sobre todo el hemisferio occidental: “American dominance in the Western Hemisphere will never be questioned again”.
Esta lógica de dominancia se traduce en medidas que van más allá de sanciones o diplomacia tradicional y que implican un uso profundo de poderío militar, económico y político para remodelar el entorno regional según intereses estadounidenses.
Venezuela: sabotear influencia rival y asegurar recursos
Venezuela no es solo un conflicto bilateral. La caída de Nicolás Maduro no se entendió —según analistas políticos— como una operación aislada, sino como una jugada que debilita redes de influencia que conectan a Caracas con aliados como Cuba, China, Rusia e Irán.
Además de desmantelar el poder político de Maduro, la ofensiva busca recuperar control sobre recursos estratégicos, especialmente petróleo, y cortar a terceros (como China) de su acceso tradicional a ese recurso.
Esta operación, por más controvertida que sea, no se detiene en sanciones o gestos simbólicos, sino que intenta colocar a Estados Unidos en una posición de ventaja estratégica en Sudamérica frente a actores que compiten por influencia.
Cuba: dejar claro que no hay zonas de confort para rivales
La presión recurrente sobre Cuba —aunque a primera vista parezca un tema bilateral de vieja data— funciona como una señal regional más amplia: ningún aliado histórico de Rusia o China en el hemisferio occidental está fuera de la mira.
Endurecer la postura frente a La Habana no es solo un castigo por cuestiones bilaterales, sino un mensaje claro a gobiernos que mantienen relaciones con potencias externas: Washington puede y quiere intervenir si considera que hay espacios estratégicos que podrían debilitar la posición estadounidense.
México: combinación de temas para elevar el coste de resistir
México representa otro caso donde la lógica de saturación es evidente: migración, comercio, seguridad y discurso identitario se entrelazan deliberadamente. No hay negociación por etapas, sino presiones múltiples que aumentan simultáneamente el coste político y económico de resistir. Esa mezcla no solo responde a asuntos internos de Estados Unidos, sino a un objetivo geopolítico central: controlar las dinámicas fronterizas y de seguridad en un país que es pieza clave para la estabilidad del hemisferio entero.
Groenlandia y el Ártico: dominio estratégico y competencia con rivales globales
Aquí la conexión con Rusia y China se hace aún más explícita. Groenlandia no es una excentricidad. Su valor geopolítico radica en su posición en el Ártico —una región con rutas marítimas emergentes, recursos minerales críticos y relevancia militar creciente— y en el hecho de que Rusia ha reforzado su presencia militar en la región y China se define como “estado cercano al Ártico”.
La presencia estadounidense en el Ártico, reforzada por bases y monitoreo estratégico, ha sido una constante durante décadas, pero bajo Trump ha tomado un tono más agresivo: controlar territorios de valor geoestratégico antes de que rivales consoliden posiciones allí.
Este interés no se explica sin considerar la competencia con Rusia y China por rutas comerciales, recursos minerales y supremacía tecnológica y militar, claves en cualquier proyección de poder global en el siglo XXI.
Aliados en guardia
El efecto colateral de esta estrategia es visible en Europa y en el sistema internacional en general. Las alianzas dejan de ser compromisos sólidos y pasan a ser acuerdos revisables, condicionados al equilibrio de fuerzas del momento.
La duda permanente sobre tratados, financiación o garantías de seguridad genera un efecto corrosivo: los aliados empiezan a prepararse para un escenario en el que Estados Unidos puede no estar cuando haga falta. Esa desconfianza, una vez instalada, es difícil de revertir.
No es desorden, es método
El trumpismo suele describirse como caótico porque rompe con los códigos clásicos del poder. Pero su coherencia está en la acumulación. Presionar todo, todo el tiempo. La apuesta es clara: obtener resultados rápidos, aunque el precio sea debilitar instituciones que tardan décadas en construirse. Universidades, tribunales, medios, alianzas internacionales… todo es negociable si el beneficio inmediato compensa el daño a largo plazo. Es una política del presente absoluto, sin demasiada preocupación por el después.
