Se ha pasado toda la Navidad en un sillón tapizado, preso de las flores y el silencio. Días antes se hizo daño en la cadera y dejó de salir a pasear la dignidad inmensa de sus ochenta y cuatro años. Durante unos días dio igual la hora del día a la que fuera a visitar a mi padre, siempre me lo encontraba sentado, silente, mirando al frente sin encender la luz, que entraba en el salón entre las cortinas, como una naturaleza muerta. No veía la televisión, tampoco leía; él se limitaba a respirar y a dejar crecer una barba de vagabundo, blanca, precipitada, definitiva. En Nochebuena apenas quiso cenar. Tampoco en Navidad, en Nochevieja ni en Año Nuevo. Mi...
Ver Más