La herida de Dinamarca en Groenlandia: una esterilización masiva
Los lazos entre Groenlandia y Dinamarca no son fuertes. No habría una resistencia de hierro a dejar de ser daneses. Las relaciones entre los dos pueblos no son buenas, se sostienen solo por la financiación que llega desde Copenhague, y en los últimos tres años se ha enturbiado al máximo. El motivo es que se ha conocido que el Estado danés ordenó la esterilización de las mujeres groenlandesas durante décadas, entre 1960 y 1990, para reducir su población. El escándalo fue mayúsculo y reverdeció las viejas rencillas con la metrópoli. Posiblemente, si se celebrara un referéndum en la isla que fue colonia danesa hasta 1953 sobre su independencia o anexión a Estados Unidos, el resultado sería muy incierto.
El problema para Dinamarca fue que no hubo un «colonialismo benigno», sino una sospecha cierta de genocidio con los inuit, los naturales de la isla. Los trataron como seres inferiores y manipulables, y se asustaron del crecimiento de su población. La tasa de fertilidad en Groenlandia era de siete hijos por mujer. Aquello no era soportable para el Estado de Bienestar danés según los gobiernos socialdemócratas de Kampmann y Jens Otto Krag. El paso estatutario de Groenlandia de colonia a condado del Reino en 1953 estaba resultando una ruina. Los daneses consideraban a los inuit un pueblo menor, y rascarse el bolsillo para equiparar el nivel de vida se les hacía muy doloroso. Era preciso reducir su población para no aumentar el gasto. La solución adoptada desde 1961 hasta la década de los 90 fue la esterilización de las mujeres de Groenlandia.
El escándalo salió a la luz pública el 6 de mayo de 2022 gracias a un podcast. Así se conoció la «Spiralkampagnen» (campaña de la espiral), que tomó el nombre del dispositivo intrauterino (DIU) que se colocaba a las jóvenes inuit, y que tenía esa forma. La inserción del DIU se hizo sin consentimiento de las mujeres ni de sus padres. La esterilización pasaba por ser parte de la «modernización» de Groenlandia. Se pensaba que si tenía menos población se podría repartir mejor el presupuesto. El hecho es que la implantación de la sanidad pública en la isla había provocado un crecimiento demográfico sin precedentes. La población se duplicó y la tasa de nacimientos también se disparó. La prolongación de la vida y el aumento poblacional obligaron al gobierno danés a invertir más en vivienda, salud y educación. Fue así como cayeron en el círculo vicioso del Estado del Bienestar que llega a su natural colapso.
La solución para mantener dicho «bienestar» pasaba por reducir la población, y lo más sencillo era controlar el número de nacimientos. Cuantos menos inuit nacieran, menos serían para repartir. La campaña se inició de forma sistemática afectando a la mitad de las mujeres fértiles en Groenlandia. Muchas de las afectadas eran niñas. La presencia de los padres acabó resultando molesta para hacer las intervenciones, así que en 1970 se cambió la ley para que los médicos impusieran el método anticonceptivo sin el consentimiento paterno. No se confiaba en la inteligencia de las mujeres inuit con la toma de la pastilla diaria, así que se decidió por ellas. Sin consulta ni aviso se colocaban los DIU en las revisiones ginecológicas, lo que venía a ser una esterilización forzada de indígenas, propia del siglo XIX y comienzos del XX, cuando la eugenesia hizo estragos y bordeó el genocidio. El impacto fue tan brutal como inmediato. La tasa de fertilidad cayó de siete hijos por mujer a solo 2,3 en un periodo muy breve. En algunas aldeas los nacimientos bajaron a cero.
El debate es si aquella esterilización masiva de un pueblo por motivos racistas fue un genocidio. La ONU aprobó en 1948 la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. El texto define como tal el plan específico para destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Entre los cinco actos enumerados por la Convención para definir una política como genocidio se encuentra la imposición de medidas destinadas a prevenir los nacimientos. La quinta es el traslado por fuerza de niños del grupo sometido al grupo dominante, y esto también pasó.
El Estado danés se llevó a niños inuit en 1951. Hicieron una selección de los más inteligentes y capacitados, provenientes de todas las aldeas de la isla. Los menores tenían entre cinco y nueve años. El objetivo de este experimento de ingeniería social era educarlos en las costumbres danesas y convertirlos en la élite dirigente de Groenlandia para estar siempre al servicio de Dinamarca. Los niños estuvieron dos años en Copenhague para convertirse en «buenos ciudadanos». A la vuelta habían olvidado su lengua materna, y no podían comunicarse con sus padres, amigos, familiares o vecinos. Ante la situación, el Estado danés los volvió a secuestrar y los ingresó en un orfanato en Nuuk, capital de Groenlandia. Allí continuó el proceso de «reeducación», que fracasó estrepitosamente. Hoy se habla de «la Generación Perdida de Groenlandia». Al convertirse en adultos, muchos tuvieron trastornos psicológicos, algunos cayeron en el alcoholismo, otros en la pobreza y los menos se marcharon a vivir a Dinamarca.
Una vez se conoció en 2022 el plan de esterilización masiva del pueblo inuit, la población danesa se escandalizó. Hubo políticos y científicos que negaron la existencia de un genocidio. El argumento era endeble: el Estado no quiso eliminar a una etnia, sino controlar su tamaño. Además, dijeron que los motivos fueron buenos: el reparto de la riqueza y el igualitarismo material. Al ser una justificación «humanitaria», afirmaron, es inconcebible el genocidio. Sin embargo, la jurisprudencia internacional ha desmontado este relato diciendo que el fin no justifica el medio. El shock en Dinamarca por la certeza del genocidio ha sido enorme. Lo ven como una barbaridad realizada sobre gente indefensa que cambia la percepción que tenían sobre sí mismos al revelarse como una democracia que cometió genocidio. Esto ha hecho caer a este país nórdico del pedestal de virtud en el que se había colocado.
Sin conocimiento
Al debate se sumó la denuncia colectiva de mujeres groenlandesas reclamando daños y perjuicios al Estado danés. La Prensa acudió al instante, y las cifras dejaron paso a las fotos con los rostros de aquellas niñas que fueron esterilizadas a la fuerza sin su conocimiento. El asunto se humanizó. Eran personas reales que habían sido víctimas de un experimento social y a los que se había impedido tener una vida normal, con descendencia, tan solo para que las cuentas económicas del Estado del Bienestar cuadraran en Copenhague.
Ante la situación, la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, socialdemócrata, abrió una comisión de investigación para estudiar los abusos cometidos por el Estado danés en Groenlandia. Muy pronto quiso calmar a los groenlandeses y prometió una indemnización de 40.200 euros a las víctimas, unas 4.500 mujeres. Además, se reunió con los pocos supervivientes de los niños secuestrados y, tras pedir perdón y llorar prometió más dinero. El problema es que la reparación se queda corta cuando Estados Unidos ha mostrado interés en tomar el control del territorio. Por esto, Frederiksen ha anunciado una estrategia de cooperación y desarrollo de Groenlandia; es decir, más gasto público para convencer a la población de las bondades que ofrece la pertenencia a Dinamarca. Quizá llegue tarde.
Un historial que afecta a muchos países
Dinamarca no está sola en el genocidio contemporáneo. El Imperio Alemán lo hizo en la actual Namibia entre 1904 y 1908 con los pueblos herero y nama, asesinando o dejando morir a más de 70.000. Bélgica lo perpetró con los congoleños exterminando entre 10 y 15 millones de personas. Francia conquistó Argelia, y se considera que murieron hasta un millón de habitantes. Lo mismo hizo en Madagascar entre 1895 y 1905. En esta isla los franceses masacraron a casi medio millón de malgaches por la represión, las deportaciones y las hambrunas inducidas. Esto último lo repitió el Reino Unido en la India entre 1876 y 1900, y en Kenia entre 1952 y 1960. Japón se empleó en Taiwán, Corea y Manchuria desde finales del XIX hasta 1945, pero no existen cifras exactas. Italia tampoco se escapa. Entre los años 1911 y 1930, masacró alrededor de 100.000 libios. Estados Unidos también cometió genocidio con los pueblos indígenas americanos y en Filipinas entre 1898 y 1902, donde se destruyó numerosas aldeas, hubo campos de concentración y ejecuciones masivas, y donde se alcanzó una cifra aproximada de un millón de personas.
