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Extremadura, ¿contradicción necesaria?

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La encuesta de NC Report que publicó el pasado lunes LA RAZÓN es tan elocuente como agridulce para el Partido Popular. La primera conclusión que arroja es más que positiva para los intereses de Alberto Núñez Feijóo. Porque, de ser así el resultado final de las próximas elecciones generales en España, no tendría ningún inconveniente en hacerse con las llaves para abrir las puertas del palacio de la Moncloa. La suma de la derecha cosecharía nada menos que un 51% de los votos, que se traduciría en un arrase de hasta 207 escaños. Una representación nunca vista para un espacio ideológico desde aquella mayoría absoluta de Felipe González en el 82.

En número de diputados, los populares lograrían incrementar ligeramente su situación actual al pasar de 137 asientos a una horquilla de entre 145-147. No obstante, en porcentaje de votos, apenas habría cambio con respecto a las anteriores generales. Y, es más, el vaticinio pinta menos optimista en tanto en cuanto que se dejarían decenas de miles de papeletas por el camino. Si el objetivo es gobernar en solitario, difícil encaje.

Porque Vox, entretanto, lograría su mejor marca histórica, con un 17,6% de los apoyos, dos puntos más que en 2019 y cinco que en 2023. Una previsión que va en línea con el auge demoscópico que experimenta el partido verde y que comenzó hace año y medio. El punto de inflexión, concretamente, data del verano de 2024. Poco después de que Santiago Abascal diera orden a sus alfiles de abandonar todos los gobiernos autonómicos que hasta entonces compartían con el PP. El pretexto: una acogida de menores migrantes que ya había sido pactada.

A la espantá territorial le sucedió un agravamiento de la crisis interna que padece Vox desde hace tiempo y que, sin embargo, no parece acarrearle algún tipo de desgaste. Ni la salida de Rocío Monasterio, ni la salida de Juan García-Gallardo, ni la salida ahora de Javier Ortega Smith, cuya defenestración comenzó antes de Extremadura, pasan factura en los sondeos, que no hacen sino reflejar una subida que, todavía, no parece haber llegado a su fin.

De ahí que, ahora, en el comienzo de una negociación envenenada en Extremadura, en la que está encima de la mesa la conformación de un nuevo gobierno de coalición, quepa hacerse la siguiente pregunta: ¿es una contradicción necesaria?

En el último congreso nacional del partido, celebrado el pasado mes de julio en Madrid, la principal idea-fuerza que quiso dejar Feijóo en el atril durante su discurso de clausura fue precisamente su promesa de que logrará el poder sin compañías. Pactos con Vox, sí, todos los que hagan falta. Y con todo el arco parlamentario salvo Bildu, único cordón sanitario que puso.

La oferta de Guardiola, que Vox ha aceptado gustoso, entra en colisión con los planes de Feijóo, aunque en Génova matizan que la política autonómica no es igual a la nacional. Pero, por más que se afanen en justificar la dualidad, la contradicción salta a la vista. Y, a la pregunta anterior, la respuesta del grueso de la dirigencia es directa, simple y unánime: «Sí».

En su última entrevista con este diario, Juanma Moreno, habló de un Vox que se niega a «asumir responsabilidades de gobierno porque sabe que les obliga a enfrentarse a su programa». La gran paradoja: a nivel territorial el PP ha pasado de repudiar la mera idea de conformar una coalición con Vox –que se lo recuerden a la Guardiola de hace dos años– a ofrecerle que pise moqueta sin pudor. Porque solo así, creen los populares, se invertirá la tendencia que marcan las encuestas.

Fuentes próximas a la presidenta extremeña ni confirman ni desmienten un primer encuentro en estos días para comenzar a gestar un acuerdo cuyo parto se aventura de alto riesgo, por la tirria mutua que se tienen Guardiola y Abascal. En esta región concreta, los dos partidos llamados a entenderse no es que tengan diferencias entre sí, es que no se aguantan. «Cuando se vaya avanzando o se pueda dar alguna novedad», habrá noticias, zanjan en la Junta.

En Génova, Feijóo ha dado su visto bueno al reparto de «sillones». Quizás, porque comparte la teoría, extendida entre sus filas, de que los pactos autonómicos ya no dan miedo. Y si Vox entra en el redil, mejor que mejor.















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