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“El miedo a una muerte violenta es el motor de mi novela”: Horacio Castellanos Moya presenta 'Cornamenta'

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“Es muy extraña la génesis de mis libros, porque muchas veces vienen de un sustrato inconsciente, muy intuitivo y fuera del control de la racionalidad del autor. Yo no busco fuera las historias, tienen que sonarme adentro”, dice a MILENIO Horacio Castellanos Moya (El Salvador, 1957) sobre su novela Cornamenta, publicada por Alfaguara.Autor de 14 novelas y varios libros de relatos y ensayos, salió de su país tras la publicación de El asco. Thomas Bernhard en San Salvador (1997) debido a amenazas de muerte provocadas por sus críticas a la política e identidad salvadoreña de la posguerra; algo que continúa haciendo desde el exilio.“En el libro hay un misterio, una cierta oscuridad que quiero descubrir. ¿Qué hay en Clemente? ¿Por qué se acostó con la esposa de un general poderoso en El Salvador de 1972? Esto provoca que tenga miedo a la muerte violenta, ese es el motor de la novela. Es esa sensación de que, mientras tú intentas resolver tus líos de alcoba, el país se cae a pedazos bajo tus pies por un fraude electoral”, cuenta.En Cornamenta, Clemente Aragón es un hombre casado y con buena reputación en la sociedad salvadoreña, pero mantiene una relación prohibida que puede costarle caro en un país en llamas.“Clemente había aparecido en dos novelas mías, en Tirana memoria y Desmoronamiento, pero siempre en los márgenes. De pronto fue como si tocara a la puerta y me dijera: ‘Es mi turno’. Comencé a perfilarlo a partir de lo que había hecho; ahora es un hombre de familia, respetable y ejemplar, pero posee una pulsación sexual compleja que es lo que dispara la trama”.Un fresco familiarPara Castellanos Moya, el interés central en la novela radica en desarrollar el lado oscuro de su protagonista.“Es un hombre útil a la sociedad, pero al mismo tiempo es infiel. Se deja ir en una época de la sociedad latinoamericana donde la amante era algo tolerado, pero el riesgo aquí es distinto: es el riesgo de la venganza física, de la muerte”.Sobre su regreso a la familia Aragón, comenta: “No es un plan maestro. Cada novela es absolutamente autónoma y responde a sí misma; no creo que sea una saga, es más un fresco familiar. Los Aragón son un vehículo para explorar las distintas capas de la sociedad salvadoreña: el militar, el alcohólico, el exiliado, el arribista. Pero después de Cornamenta, me siento saturado. El personaje de Clemente me agotó porque su hipocresía es muy demandante. Si otro miembro de la familia no viene a golpearme la puerta con una historia que me asombre, ahí se quedarán”.La novela transcurre a finales de febrero de 1972. Después de que el gobierno militar comete un fraude electoral, el nombramiento del nuevo presidente desata protestas y una oleada de intrigas.“Fue el año bisagra de El Salvador, cuando todas las fuerzas de la oposición se aliaron para derrotar electoralmente a la tiranía militar que llevaba más de 40 años controlando el país. Se dan las elecciones y la oposición supuestamente gana. Le hacen un fraude y el Congreso, controlado por el ejército, vota a favor del candidato militar. Ese fue el último intento de un sector importante de la intelectualidad y la sociedad por cambiar las cosas a través del voto. A partir de ese momento, comprendieron que a los militares solo se les podía sacar de ahí a tiros, era el único lenguaje que entendían”.Para el escritor, relatar este periodo en la historia de su país no es una responsabilidad, sino una pulsión.“Yo tenía 14 años en esa época; el paisaje urbano, los tanques en las calles... la historia se me infiltra. La política se mete en mis novelas porque retrato a una sociedad profundamente politizada por el momento histórico. Las pasiones tienen que enmarcarse en esa politización, porque todo está relacionado con eso”.El Salvador actualEn cuanto a El Salvador actual, el autor opina que lo ve de lejos y en un círculo vicioso.“Está viviendo otra vez la década de los 30: una dictadura con apoyo popular sostenida por el ejército, no veo la novedad. Las sociedades sin instituciones que dependen solo de un hombre o de una institución armada cuya función es la represión y la violencia, bajo un estado de sitio permanente donde no funciona el estado de derecho, no ofrecen ninguna novedad”.Y concluye: “Hay una debilidad institucional que recorre toda Latinoamérica, ligada fundamentalmente a la idea de justicia y al tipo de clase dominante que hemos padecido”.














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