El apagón ferroviario
La estación de Huelva es «pequeña y pulcra». Así definió el maestro Chaves Nogales a la propia ciudad en 1926, hace justo un siglo, con motivo de la llegada del Plus Ultra, el hidroavión que completó el primer vuelo entre España y América. Es una estación nueva, cerca del estadio del Recre, a pocos metros de su antigua antecesora. Los onubenses, acostumbrados a vivir en su esquinita de poniente, se apañan con esa recoleta instalación que se llena y vacía a golpe del tren que llega o se marcha. Los familiares que hemos ido allí a recoger a nuestros seres queridos sabemos, sin necesidad de preguntarnos, que los demás están allí también a cuenta del mismo tren. Consultamos los carteles, nos miramos de reojo y colegimos que los nuestros están compartiendo espacio en el mismo Alvia. Solo nos cabe la duda de dónde se habrá montado cada uno, si en Madrid, Córdoba, Sevilla… Duda que suele despejarse en conversaciones espontáneas para romper los silencios incómodos, a poco que la espera se alargue. A los que tenemos sangre choquera estos días nos duele Huelva, porque el domingo el vestíbulo no se llenó con esa música de vida, con ese alegre bullicio, que se forma cuando llega el Alvia.
En Adamuz no solo se han quedado más de 40 vidas, sino que este país ha embarrancado de nuevo en sus fantasmas. Pasada la conmoción inicial, los banderines de enganche vuelven a reclutar efectivos: equipo Adif, equipo Iryo. La cofradía del bogie contra la congregación del raíl. Se analizan las informaciones, se escrutan los detalles y asoman las filtraciones que pretenden culpar o exonerar al Gobierno. No sé cómo terminará la investigación y no tengo interés en contribuir a la desconfianza de mis compatriotas en un servicio ferroviario que ha sido durante años uno de nuestros mayores orgullos. Quiero volver a la estación de Huelva, convencido de que mi familia va a disfrutar de un verano inolvidable. Y quiero que mi gente de Barcelona venga a visitarnos a Madrid sin preocuparse de a qué velocidad irá el convoy. Pero para que eso suceda habrá que conocer la verdad y habrá que recuperar la confianza. Porque lo que estamos viviendo es, ante todo, una terrible crisis de confianza, provocada en buena medida por una nefasta gestión gubernamental en lo efectivo y en lo comunicativo.
A la falta de financiación para mantener una infraestructura cada vez más exigida, se suman los mensajes contradictorios. No se puede restar importancia, con frivolidad oscarpuentiana, a las múltiples incidencias que han incrustado en el imaginario colectivo la sensación de que todo está de mírame y no me toques. No se puede decir, en unos años de récord en la recaudación fiscal, que esto es lo que hay y que habrá que acostumbrarse a las averías.
No se puede decir en noviembre que vas a aumentar la velocidad entre Madrid y Barcelona y luego reducirla drásticamente en enero, justo 48 horas después de que decenas de personas se hayan matado en un páramo de Córdoba, para, a las pocas horas, volver a anunciar que los trenes saldrán finalmente a la velocidad habitual, para, a las pocas horas, volver a reducirla en más puntos de los inicialmente anunciados. Bien está la prevención y el curarse en salud, pero si el ciudadano percibe cierta improvisación en los que custodian la seguridad, el desconcierto estará asegurado. Hacen falta respuestas pedagógicas y serias. ¿Si no sucede lo de Adamuz, hubiésemos seguido circulando a la misma velocidad? ¿Simple prevención? ¿Mala conciencia por no haber hecho caso a las advertencias de los maquinistas? ¿No se hacen revisiones cada noche para garantizar que todo está correcto? ¿Qué ha tenido de especial la revisión del martes al miércoles para anular a primera hora de la mañana la reducción de velocidad anunciada la tarde anterior, para posteriormente retomarla y ampliarla? Desde luego, no se puede recriminar a la gente su actual confusión.
La mayoría de los españoles no sabemos de trenes, pero sí damos credibilidad a los maquinistas que vienen avisando de que algo no va bien y que han decidido ir a la huelga. El maquinista es el mascarón de proa del tren; el primero que pone la cara, literalmente, cuando algo sale mal.
Ahora se teme que el Gobierno repita la jugada del apagón eléctrico: culpar a Iryo como se culpó a las eléctricas y dar a entender que la verdad verdadera será difícil de conocer. ¿La vía estropeó los trenes? ¿Los trenes desgastaron la vía? ¿La vía desgastada estropeó los trenes y esos trenes estropeados desgastan las vías renovadas en un círculo vicioso? El trabalenguas está servido y podría ser que al Gobierno le pase como al del lobo. Que lo de Adamuz haya sido una simple fatalidad, pero que, al haber jugado tanto con el relato, ya pocos le crean. Especialmente cuando Transportes ha sido un ministerio poblado por queridas enchufadas y cargos políticos colocados para estar a la tajada y no al servicio público. La peor herencia del sanchismo no será la degradación material de algunos servicios, sino la degradación de la confianza.
