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Universalismo woke

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John Gray duda de que el wokismo pueda ser un bien exportable. No le falta razón al advertir que su origen se halla en la discriminación racial asociada a la esclavitud, un lastre histórico bastante concreto y particular, cien por cien americano.

Con la vuelta de Trump, hay profetas que auguran la desaparición de esa posmodernidad vacía y de la izquierda cultural. Por lo visto, los términos asociados a ese progresismo culturalista aparecen cada vez menos y las grandes compañías, que antes dedican departamentos enteros para definir estrategias de inclusión, ahora dirigen los fondos a proyectos más rentables.

Esclavitud y racismo son cosas diferentes y no tienen por qué ir unidas. Hubo esclavos en Roma y en Grecia; también en Rusia y en otras partes del mundo. El racismo europeo se ha dirigido sobre todo al judío o al musulmán. De ahí que no se entienda muy bien por qué la UE ha asumido sin rechistar el programa DEI, tan anglo.

Erraríamos, en cualquier caso, si pensáramos que, debido a que en Europa no hay victimarios supremacistas, por estas latitudes difícilmente arraigará lo woke. Porque, aun a costa de la incoherencia, el wokismo es una ideología universal, destructiva, en efecto, pero proteica y capaz de adaptarse a los marcos sociales y contextos culturales más diversos.

De hecho, cuesta encontrar por ahí una definición sucinta, más allá de esa generalización según la cual tiene que ver con la toma de conciencia ante las injusticias. Cuando hablo del tema, mis interlocutores mezclan siempre lo woke con lo queer; lo queer con la posmodernidad y esta con Mayo del 68. Todo en uno.

“El wokismo es una ideología universal, destructiva, en efecto, pero proteica y capaz de adaptarse a los marcos sociales y contextos culturales más diversos”

Y no puedo decir que se equivoquen. Pues aunque el wokismo es un invento surgido del movimiento Black Lives Matter y asociado principalmente a la Teoría Crítica de la Raza, en el seno de esta dieron con una categoría idónea para ampliar sus denuncias. Se trata de la famosa interseccionalidad.

Pueden hacerse una idea de su radicalismo solo conociendo un dato: para uno de los principales teóricos “antirracistas”, Derrick Bell, la lucha de Martin Luther King por los derechos civiles fue, además de ineficaz, connivente con el poder blanco. A su juicio, el fin de la segregación era una concesión mínima que solo aseguraba que los blancos siguieran esclavizando a quienes no tenían el mismo tono de piel.

La interseccionalidad nació en 1989, gracias al trabajo de una abogada y jurista afroamericana llamada, a quien hay que reconocer talento. Estudiando la discriminación en la empresa, explicaba en un artículo pionero que las leyes en defensa de la igualdad fracasan si no tienen en cuenta que la injusticia se incrementa cuando diversas vulnerabilidades se concitan en el mismo sujeto. Una mujer está en desventaja en una empresa; un negro, también. Pero las desventajas de las mujeres de color no tienen parangón.

Gracias a la interseccionalidad, que es algo así como un identitarismo supino, la lucha woke se universaliza. Desde entonces, solo la miopía puede afectar al movimiento en defensa de los derechos de las personas de color que particularizan sus demandas, sin tener en cuenta otros colectivos que son dejados atrás: los trans que son a la vez negros, pobres y profesan una religión minoritaria, por ejemplo.

Como sucede con la filosofía posmoderna, el wokismo ha aprendido a adoptar un punto de vista que impide la crítica. Para Eric Voegelin este era uno de los rasgos de todas esas ideologías que se instauran creando realidades paralelas. Si alguien cuestiona las metas de lo woke no es porque esté ejerciendo su libertad ideológica y, por tanto, pueda legítimamente disentir. Es que está aherrojado por los estereotipos y su condición de privilegiado le impide “despertar”.

“Con la interseccionalidad se muestra que las leyes en defensa de la igualdad fracasan si no tienen en cuenta que la injusticia se incrementa cuando diversas vulnerabilidades se concitan en el mismo sujeto”

Lo más triste de toda esta historia es que la frustración deviene cuando el activista se da cuenta de que su postura solo empeora las cosas. Por eso, quienes participan de lo woke no son capaces de superar su resentimiento. Para ellos el ecosistema liberal es opresor, homogéneo, abusivo y colonizador. Por si no fuera bastante, además, contamina.

Pero ¿a qué parajes nos llevan las políticas woke? A través de la censura, limitan exageradamente la libertad de expresión. Si a ello se suma la construcción de lugares seguros -en el colegio, en la oficina- para evitar las ofensas, es fácil concluir que nos dirigimos hacia esferas publicas menos diversas y más radicales. Por ello, mucho más intolerantes.

Ahí está la llamada guerra cultural y el auge de populismos y movimientos antagónicos. Esencialmente antagónicos, puesto que ese clima tiene lugar, precisamente, en un momento histórico en que la verdad ha desaparecido y lo que los seres humanos compartimos queda, desgraciadamente, en el olvido.

Para contrarrestar el desquiciamiento colectivo, es más necesaria que nunca la cultura, la auténtica, no tanto manifestaciones o alegatos de confrontación. Tampoco serán muy eficientes leyes que contradigan los valores posmodernos. Estos arraigan y, por tanto, el único medio es intentar desprenderse de ellos en el seno del hogar. La tarea no es fácil, pero solo así podremos redescubrir que el mundo, con sus víctimas, tragedias y yugos, bien merece la pena.















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