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Guía de usuario contra la desinformación

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Un fantasma recorre la campaña política: el fantasma de la desinformación.

Parafraseo la añeja afirmación de Carlos Marx y Federico Engels sobre el comunismo en la Europa de 1848, porque describe el momento que vivimos.

Como reto sociopolítico, se ha extendido a niveles extremos, pero se exacerba y nos envuelve en un momento como el actual. Por esto, debemos entenderla y explorar cómo contrarrestarla.

Durante los últimos años, he investigado el fenómeno, y lo que sigue es una síntesis mínima y práctica de ese trabajo. Pretende servir como un “manual de uso” que, con claridad, nos ayude a navegar en medio del contaminado entorno.

¿En qué consiste?

La desinformación es algo más, y también peor, que la mentira, aunque se nutre de ella.

Si mentir es faltar a la verdad, desinformar es presentar como ciertas realidades ficticias; simular acciones, construir relatos falsos o inventar conspiraciones inexistentes.

Es estimular desconfianza, generar dudas sobre la verdad y equipararla con las mentiras. De este modo crea confusión, posible ansiedad y –en casos extremos— hasta inestabilidad emocional

La desinformación actúa como un velado mecanismo de poder. Quienes la generan pretenden, en última instancia, controlar nuestras ideas, emociones, reacciones y decisiones, o al menos influir de forma determinante en ellas, e impulsar así inconfesables objetivos. Su propósito final es capturar o secuestrar la discusión pública.

¿De qué se vale?

Para que sea eficaz, la desinformación debe ser amplificada y difundida. De esto se encargan, en parte, personas, grupos o empresas reclutados para tal fin por sus agentes de origen. Pero su impacto social depende mucho más de otro factor: que gente como usted o como yo la multipliquemos; es decir, de que nos convirtamos en sus cómplices inocentes y la compartamos con familiares, amigos o conocidos.

A menudo, la compulsión performática nos impulsa a reproducir lo que “nos llega”, sin interrogarnos por su origen, ni hacer un mínimo esfuerzo por verificar su credibilidad. Debemos evitarlo.

Entre los recursos más usados por los desinformadores están inventar enemigos y atribuirles propósitos perversos; generar polarización; disfrazar plataformas propagandísticas como si fueran medios de comunicación; activar linchamientos digitales; utilizar lenguaje de odio; traspasar umbrales de respeto y pudor; crear –e instrumentalizar- chats, páginas o grupos en las plataformas digitales.

También, por supuesto, se valen de inventar o exagerar a su favor resultados de encuestas; apropiarse de símbolos positivos, como los religiosos, o identificarse con conceptos poderosos y socialmente apreciados, como libertad, justicia u honestidad.

En fin, la desinformación depende de un sistema complejo y factores múltiples.

¿Por qué nos invade?

La desinformación siempre ha existido, lo mismo que su prima cercana, la propaganda. Sin embargo, en la actualidad nos rodea e invade con fuerza nunca vista. Las razones son múltiples. Más allá de la intencionalidad que señalé, hay algunas particularmente poderosas. Las divido en tres grupos:

Las que tienen raíces sociopolíticas. 1) Coyunturas de alto impacto que generan incertidumbre, como las elecciones. 2) Los procesos de erosión y falta de transparencia institucional. 3) El desencanto con el quehacer de la democracia. 4) El descrédito de los gobernantes y los actores políticos, económicos y sociales. 5) El debilitamiento de los medios de comunicación con estándares éticos y profesionales. 6) Las fallas del sistema educativo en propiciar al pensamiento crítico y la alfabetización digital.

Las tecno-empresariales. Difícilmente lo anterior se convertiría en avalancha desinformativa si no fuera por las plataformas y redes digitales, dominadas –y también manipuladas— por grandes corporaciones y marcas, como Facebook, Instagram, TikTok y X.

Por supuesto que tienen dimensiones muy positivas; entre ellas, facilitarnos la comunicación, superar la censura, relacionarnos como personas y darnos la oportunidad de difundir nuestros pensamientos con relativa amplitud.

Lo grave es que su modelo de negocios se basa en generar visitación e inmersión de los usuarios. Por esto, privilegian contenidos que coincidan con nuestras preferencias o prejuicios, que exacerben emociones, generen reacción, y nos vinculan con quienes piensan como nosotros. Así estimulan el tráfico (una especie de rating), espían nuestras preferencias y motivadores, y venden a terceros, desde anunciantes comerciales hasta gobiernos y campañas políticas, el acceso a nosotros.

El costo, además de nuestra privacidad, es sumergirnos en las centrífugas de la desinformación. Los mayores ganadores son quienes la propician.

Las individuales. Me refiero a los sesgos, prejuicios y hábitos de cada uno, que nos convierten en víctimas, pero también propiciadores, de la desinformación. Lo bueno es que es un ámbito en el que también podemos actuar en su contra. Es de lo que me ocupo a continuación.

¿Qué podemos hacer?

Como ciudadanos, debemos hacer lo posible por atemperar los factores estructurales que propician la desinformación y apoyar los intentos serios por regular las redes y plataformas en el marco de la democracia.

Lograrlo es un proceso lento que requiere también de buenas políticas públicas. Sin embargo, mucho podemos –y debemos— hacer desde nuestras esferas personales. Estas son algunas sugerencias:

  • No siga ni se haga “amigo” de cuentas, personas o sitios si no conoce su procedencia y naturaleza.
  • Ignore el hostigamiento digital –si es víctima de él- y a quienes lo ejercen.
  • Borre y bloquee cualquier cuenta en redes que huela a trol, difunda odio o se dedique a degradar.
  • Exprésese activa y responsablemente en las redes y plataformas. Utilice un lenguaje correcto. Sea respetuoso con quienes piensen distinto. No deje el campo abierto a los desinformadores.
  • No comparta contenidos, ni siquiera en los grupos de WhatsApp, sin verificar, al menos, la credibilidad de su fuente original.
  • Participe solo en chats que no propicien desinformación.
  • Evite encerrarse en “tribus” emotivas o cognitivas. Diversifique sus contactos; incluso, busque deliberadamente puntos de vista distintos a los suyos.
  • Tenga presente que las redes y plataformas solo reflejan fragmentos de la realidad. No suponga que lo que ve en ellas representa las ideas o sentimientos mayoritarios.
  • Consuma medios de comunicación serios, con trayectoria de credibilidad.

En síntesis

La buena información es necesaria en democracia, como insumo para conocer, debatir, valorar, disentir y decidir, y como vía para explicar, relatar, conocer y convencer. Su calidad, credibilidad, relevancia y difusión facilitan ambas dinámicas; su distorsión, confusión o manipulación las degradan. Por esto, la desinformación constituye un ejercicio antidemocrático.

Si bien es producto de factores múltiples, muchos ajenos a usted, sí podemos y debemos actuar para frenarla. Es hora de intentarlo.

Durante los últimos cuatro años, el Observatorio de la Comunicación Digital de la Universidad Latina ha detectado 190.000 cuentas de troles para favorecer a algún político, atacar a otro, difundir falsedades, motivar el odio, difamar y, en general, distorsionar la realidad.

Eduardo Ulibarri es autor del libro Realidades embusteras: un análisis crítico sobre la desinformación. Se puede descargar gratuitamente en este enlace.















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