Donald Trump es una mala respuesta a buenas preguntas. Esto nunca ha sido más claro que en las últimas dos semanas. ¿Los cárteles latinoamericanos de la droga son un flagelo? Por supuesto. ¿Derrocar por la fuerza al presidente de Venezuela y confiscar el petróleo del país es la forma de deshacerse de ellos? Probablemente no. ¿A la mayoría del mundo le gustaría ver un cambio de régimen en Irán? Sí. ¿Acaso una amenaza de ataques militares contra el país provocará que eso suceda? Es poco probable, sobre todo cuando no hay un sucesor claro. ¿Rusiay China juntas son una amenaza creciente para la seguridad del Ártico? Sin duda. ¿La solución es destruir la OTANapoderándose de Groenlandia? Creo que todos sabemos la respuesta.Una de las razones por las que Trump se alzó como figura política en primer lugar —y pocas élites lo vieron venir— fue su disposición a cuestionar cualquier cosa y todo de política, economía y política exterior convencionales: la meritocracia liberal, el Consenso de Washington, la idea de que el libre comercio era un bien sin trabas. Fue un tónico que acogió con satisfacción un público desencantado con los centristas de ambos partidos, quienes durante décadas no reconocieron ni abordaron los problemas del viejo orden que se ocultaban a simple vista.El primer ministro canadiense, Mark Carney, habló de esta “ficción agradable” en su contundente discurso en Davosla semana pasada y enumeró varios ejemplos de los problemas del viejo orden, desde “reglas comerciales… aplicadas de forma asimétrica”, hasta “el derecho internacional aplicado con distinto rigor según la identidad del acusado o la víctima”, pasando por el mito de que Estados Unidos podrá seguir vigilando el mundo, garantizando un sistema financiero estable y resolviendo conflictos globales sin una mayor distribución de la carga global ni una mejor rendición de cuentas para las nuevas grandes potencias como China. Los políticos de todo el mundo “evitaron señalar las brechas entre la retórica y la realidad”.En lugar de honestidad y una conversación sensata sobre cómo hacer la transición a un nuevo orden mundial, tenemos a Trump. No tiene respuestas reales, solo ego, instintos animales agudos y un talento especial para dar la vuelta a la tortilla de sus adversarios en cualquier momento. Podemos ver cómo la agitación geopolítica de las últimas dos semanas borró de los titulares de EU el tema de la asequibilidad, con el que los demócratas estaban ganando terreno político. Si bien Trump ha intentado soluciones (un límite a los intereses de las tarjetas de crédito, límites propuestos a la propiedad de viviendas por parte de grandes inversionistas), su enfoque general ha sido el de la autocracia básica. Cuando hay problemas dentro del país, hay que dirigir la atención pública hacia los problemas externos.Trump no es la solución a ninguno de los problemas del mundo, pero sí tiene una capacidad infalible para ver dónde están las fracturas y fallas del viejo orden y aprovecharlas. Cuando el secretario del Tesoro, Scott Bessent, se burla de la ineficacia de los “grupos de trabajo europeos”, los que hemos pasado tiempo informando en Bruselas sabemos de qué habla.Sí, la Unión Europeanecesitaba pensar de forma más realista sobre su propia seguridad e integración económica desde hace mucho tiempo. Es una lástima que fuera necesaria una figura tan destructiva como Trump para sacar a la luz estos problemas.Los que se oponen al presidente estadunidense y buscan un camino mejor hacia un nuevo orden mundial harían bien en pensar en respuestas reales a las preguntas que plantea. Esas preguntas resuenan en la gente, y esa es la única razón por la que puede ganar fuerza. A escala nacional, por ejemplo, los demócratas que se presentan a las elecciones de mitad de mandato de este otoño necesitan ideas sólidas sobre cómo elaborar una mejor política migratoria: las redadas de ICE de Trump no son la solución, pero tampoco lo es una frontera del todo abierta.Los demócratas también deben tomarse en serio la lucha contra el poder corporativo, en lugar de “llamar a Elon Muskcuando se pelea con Trump y ofrecerle lo que quiera si vuelve a nuestro lado y aporta unos cuantos centavos a nuestros candidatos”, como lo expresó la senadora Elizabeth Warren en un discurso a principios de este mes, haciendo referencia a cómo los miembros de su propio partido cortejan a las grandes compañías de tecnología. Trump logró atraer a los votantes de la clase trabajadora porque los demócratas se convirtieron en el partido de los ricos cuando dieron un giro neoliberal y de desregulación en la década de 1990, bajo el liderazgo de Bill Clinton. Necesitan distanciarse del Hombre de Davos y la Clase Epstein y recuperar la tradición populista que tanto distorsionó el movimiento MAGAEl mundo en su conjunto también necesita respuestas: a los desafíos del mercantilismo chino, la caída de la participación laboral en el PIB y las nuevas amenazas de destrucción de empleos basadas en la tecnología.Si bien es inteligente que países como Canadá y muchos en Europa busquen diversificar su comercio más allá de Estados Unidos bajo el gobierno de Trump, ¿el mundo cómo va a afrontar el hecho de que el superávit comercial global de China esté aumentando, en lugar de disminuir? ¿Europa por fin va a aprovechar las oportunidades más accesibles de los inversionistas que buscan diversificar sus inversiones más allá del dólar, profundizando e integrando aún más sus propios mercados de capitales? ¿O los miembros de esos grupos de trabajo en Bruselas seguirán retorciéndose las manos?Dejé de asistir a Davos hace unos años porque ya no soportaba su hipocresía (pocas personas allí realmente quieren cambiar el orden mundial). Pero debo darle crédito a Trump. Al ir a Suiza y seguir desafiando el statu quo, centró la atención de los líderes mundiales en la necesidad imperiosa de crear un orden nuevo y mejor.Trump llegó al poder al poner de manifiesto las hipocresías de nuestro sistema, incluso cuando las encarnaba. Todavía necesitamos respuestas a las preguntas que planteó.