Lo que nunca entenderá Liam
Sus diminutos ojos se disipan en un rostro contraído, temeroso, que apenas sostiene cinco años de vida ¡Cinco años! Está en firme, como si se tratase de un confeso criminal en plena captura, mientras a su alrededor el crudo invierno de Minneapolis se traduce en pesadilla. No hay razón ni motivo humano para ese denigrante espectáculo; pero él, tan inocente como su edad, sigue ahí —de espaldas—, hasta ser detenido.
Liam Conejo, el niño de esta historia, carga con un solo «pecado capital»: ser latino —como su familia— e inmigrante. En Estados Unidos esos dos «cargos» pueden bastar para un arresto indefinido, o peor aún, para una deportación forzosa con destino inexacto.
Él no ha sido una víctima más a manos de los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en las calles estadounidenses, como si se tratara de aquellas redadas nazis por Ámsterdam contra los judíos. Es un menor de edad, y punto. Ese detalle debiera ser suficiente para indignarnos hasta los huesos.
Ahora, al igual que hizo el fascismo alrededor de Europa en la pasada centuria, «los emperadores» de turno en la Casa Blanca legitiman en nombre de las libertades todo salvajismo. Detienen niños con el mismo talante que asumen una superioridad étnica falaz, mezquina.
El pudor de la bala traspasa los muros de la moralidad, la carne inocente y el destino de millones de personas. No se esconden para apuntar un arma a los latinos, a un padre, o para poner en firme, con su rostro temeroso, a un hijo ¡Un niño de cinco años! ¡Que no se nos olvide!
Incluso, ha salido a la palestra que en las últimas semanas otros estudiantes fueron arrestados en distintas ciudades, dejando a los infantes a merced de traumas que desencadena la propia inseguridad.
¿Podrán ser Liam, o cualquier otro pequeño un «trofeo de guerra» en la lucha antinmigrante que despliegan los ideólogos del Make America Great Again? Decía Gramsci que, cuando el viejo mundo se muere y el nuevo tarda en aparecer, surgen en ese claroscuro los monstruos.
El sangrante enemigo de la humanidad en este instante, el monstruo que jadea hoy, tiene nombre y apellido: Estados Unidos de América. Y no lo es ya solo para el mundo, sino también para los suyos, para los que sostienen la primera economía global, para esos latinos que apostaron el futuro de sus hijos en una «tierra prometida» y ven hoy destrozado en pedazos «el sueño americano».
¿Puede existir algo más bajo que causarle una herida emocional a un niño? Ante la interrogante sobra cualquier respuesta tibia, mendaz. Recordemos que esta es la misma administración que separó a inmigrantes menores de edad, forzosamente, de sus familias, durante la primera incursión trumpista en el Despacho Oval (2017-2021).
La historia es cíclica, pero deja huellas como «venas abiertas» tiene aún este continente. De algo sí estamos seguros… el destino que proyectan, encapsulado en retóricas y redadas de odio, no es al que aspiran ni toleran una mayoría de estadounidenses. La muestra estuvo en las calles este fin de semana, mientras una multitud protestaba contra el ICE, incluso, bajo las gélidas temperaturas que sacuden a varios estados.
Liam Conejo fue uno de los motivos para que miles de personas desafiaran la nieve, y las balas. Su rostro temeroso todavía estremece el alma, pero, al parecer, no despierta remordimiento en la conciencia indolente de la Casa Blanca.
