Adamuz: lo esencial es invisible a los ojos
Cuando hace casi veinte años estudié los incidentes de múltiples víctimas y catástrofes, mi profesor nos enseñó que lo esencial suele ser invisible a los ojos y que una emergencia no consiste solo en atender heridos y hacer triaje. Para demostrarlo nos propuso un ejercicio que parecía sencillo: un escenario de un incidente de múltiples víctimas –un accidente aéreo– dibujado sobre una sábana, con edificios y coches de juguete. El objetivo era claro: pensar cómo coordinar todo aquello.
Éramos seis personas y no conseguíamos ponernos de acuerdo. ¿Dónde cortamos el tráfico? ¿Cuántas ambulancias enviamos? Aquel ejercicio nos dejó una lección duradera: esto no va solo de triaje y de cuidar. Hay otras dos palabras que también empiezan por C y sostienen cualquier gran emergencia, aunque casi nunca se vean: comunicación y coordinación.
Resulta difícil imaginar lo que ha debido ser Adamuz si no se ha vivido algo parecido desde dentro. Un escenario hostil: un amasijo de hierros retorcidos, cristales, superficies inestables, vagones de toneladas con riesgo de desplazamiento, cables de alta tensión. Polvo, oscuridad, gritos, mucho ruido, dificultad de acceso a las víctimas. Caos. Y antes de atender a una sola persona hay que convertir ese caos en un lugar mínimamente seguro porque, sin seguridad, no hay asistencia posible.
Mientras tanto, se activa una intervención paralela que rara vez se ve: las dos C.: coordinación entre servicios de emergencia y comunicación constante con centros coordinadores y hospitales. En este punto hay que controlar los accesos, organizar rutas de evacuación, distribuir a las ambulancias y otros vehículos de emergencia y decidir los traslados.
Cada traslado se valora en función del estado de la víctima y de la capacidad hospitalaria: ¿Hay quirófanos disponibles? ¿Cuántas camas de UCI quedan? Hay que anticipar que el sistema puede saturarse. Son decisiones silenciosas que rara vez aparecen en los medios, pero que condicionan directamente los resultados.
Después llega otra fase invisible: el impacto emocional. Las víctimas menos graves, los testigos y los voluntarios improvisados cargan con un triple golpe: haber sido afectados, haber visto lo que no deberían haber visto y haber vivido algo que no tendría que haber ocurrido nunca.
Los profesionales de las emergencias, aunque están entrenados, tampoco son inmunes y necesitan apoyo psicológico para poder seguir cuidando sin romperse por dentro.
La tragedia de Adamuz no terminará cuando desaparezcan los titulares, quedará en la memoria de todos los españoles, especialmente de todos los afectados: de quienes lo vivieron, de quienes sobrevivieron, de quienes perdieron a algún ser querido y de quienes ayudaron. También quedará en quienes acudieron a trabajar aquel día y volverán día tras día, cargando con decisiones difíciles y escenas que no se borran al colgar el uniforme.
Si no cuidamos ese después, fallamos. Fallamos a las víctimas, a las familias, a los voluntarios y a los profesionales. Recordar Adamuz debería significar esto: no
olvidar a quienes necesitan acompañamiento psicológico y apoyo. Porque la parte más esencial e invisible de una tragedia es lo queda dentro de las personas cuando todo termina.
