Los profesores alertan de un fenómeno inquietante: los niños tratan los libros como si fueran móviles y en vez de pasar páginas, las deslizan
Nativos digitales - El estudio británico mostró que buena parte del alumnado llega al colegio sin controlar aspectos sencillos como ir solo al baño o manejar un libro, lo que obliga a los docentes a suplir carencias
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Las primeras etapas de la infancia transcurren hoy entre estímulos rápidos y respuestas inmediatas. Muchos bebés crecen tocando superficies luminosas antes de dominar el equilibrio o las palabras, y ese aprendizaje temprano se apoya en cosas tan simples como deslizar un dedo o pulsar una pantalla.
El móvil aparece pronto como un objeto familiar, mientras el lenguaje oral y la coordinación avanzan con más lentitud. Las pantallas ocupan cada vez más tiempo en casa y esa presencia responde, en parte, a adultos cansados, con menos energía y tiempo para acompañar cada proceso. Ese punto de partida marca después la entrada en espacios que exigen otras rutinas y otra forma de atención.
Las aulas reciben a muchos niños sin las destrezas básicas que necesitan
Un informe reciente en Reino Unido advirtió que una parte elevada de los niños que comienzan el colegio llega sin habilidades básicas para desenvolverse en clase. El trabajo recogió respuestas de docentes y familias y señaló carencias en aspectos cotidianos como ir al baño solos, permanecer sentados unos minutos o manejar un libro en papel. Los datos apuntan a un desfase entre lo que la escuela necesita y lo que muchos alumnos traen de casa al empezar.
Ese desajuste tiene efectos diarios dentro de las aulas. El profesorado dedica una parte amplia de la jornada a cubrir necesidades que no son académicas, lo que reduce el tiempo disponible para enseñar. Una parte importante de esas horas se va en acompañar rutinas personales, y eso cambia el papel del docente, que pasa a asumir tareas de cuidado continuo. Esta presión acaba afectando al ánimo del personal y empuja a algunos a dejar el trabajo, con consecuencias a medio plazo para los centros.
Las familias, sin embargo, suelen percibir la situación de otra manera. La mayoría considera que sus hijos llegan preparados para el primer día de clase, aunque esa confianza no coincide con lo que describen los profesores. El contraste entre ambas miradas alimenta la sensación de sorpresa cuando aparecen los problemas y dificulta que se tomen medidas antes de que el curso empiece.
El contexto económico también importa. Muchas madres y padres trabajan más horas para cubrir gastos básicos, y ese esfuerzo resta tiempo para actividades sencillas que refuerzan la autonomía infantil. La lectura o el aprendizaje del uso del baño, por poner dos ejemplos, quedan relegados cuando el día está lleno de turnos largos y cansancio. A eso se suma que la educación infantil temprana no siempre resulta accesible, y su ausencia se nota luego en la adaptación escolar.
La exposición temprana a vídeos rápidos cambia la forma de atender y aprender
La tecnología atraviesa todo el proceso. El uso frecuente de vídeos breves y contenidos rápidos reduce la tolerancia a la espera y a la concentración prolongada. Algunos niños trasladan gestos propios de las pantallas a los libros, como tocar o deslizar páginas, señal de que su experiencia previa se ha construido en otro formato. Este hábito no nace solo en el aula, sino en casa, donde las pantallas funcionan como apoyo constante para tenerlos entretenidos o incluso para que coman mejor.
Ante este panorama, crece la demanda de orientación clara para las familias antes de la etapa escolar. Muchas reclaman pautas sencillas y apoyo temprano para acompañar el desarrollo cotidiano de sus hijos. La preparación no pasa por saber letras o números, sino por ganar autonomía y lenguaje en el entorno diario, un aspecto que empieza mucho antes de cruzar la puerta del colegio.
