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La ingeniería inversa en las humanidades, por Luciano Stucchi

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* Decano de Ingeniería de la Universidad del Pacífico e investigador del CIUP.

Usualmente, el vínculo de la ingeniería con otras disciplinas se concibe desde los desarrollos tecnológicos, en especial cuando encuentran utilidad en campos poco previstos. Es lo que ha ocurrido con las impresiones 3D y la medicina, las computadoras y la educación, el IoT y los negocios, el internet y la economía, entre otros tantos ejemplos.

Sin embargo, pocas veces se considera que la ingeniería aporta desde su propia epistemología, como una disciplina enfocada en el diseño de soluciones prácticas a problemas tangibles y cotidianos, por lo que continuamente debe lidiar con usos que desafían al diseño y con una realidad que se ha moldeado sin mucha claridad sobre sus procesos subyacentes.

El uso explosivo de la tecnología en diferentes ámbitos de nuestra vida ha hecho que muchas cosas a nuestro alrededor evolucionen más de la mano de ciertos caprichos culturales que de una verdadera intencionalidad o racionalidad. Es por esto por lo que, desde la ingeniería, se trabaja muchas veces bajo el enfoque de la «ingeniería inversa», que consiste en descomponer una tecnología cuyo diseño se desconoce y que se habrá de inferir desde sus funcionalidades y características.

Este proceso ingenieril «hacia atrás» es trabajo de todos los días cuando se evalúan procesos empresariales o cuando se busca dar mantenimiento a sistemas de información cuyo desarrollo no fue debidamente documentado. Es un trabajo que en muchos sentidos replica la labor de los historiadores, antropólogos, arqueólogos y lingüistas al momento de lidiar con procesos culturales, no solo aquellos que han eludido la documentación histórica, sino también los contaminados por sesgos y prejuicios.

Hasta hace unos años, las herramientas para estudiar los problemas ingenieriles y los de las humanidades tradicionales diferían no solo en forma, sino también en el fondo. Pero, desde la digitalización de las humanidades, se ha producido una convergencia acelerada en el uso de la tecnología que nos lleva a pensar cuánto de las técnicas detrás de estas disciplinas no empiezan también a confluir. Tomemos Moray como un ejemplo de tecnología cuyo diseño se perdió en la historia. Aunque los arqueólogos hayan podido establecer con bastante seguridad cuál fue su sentido, replicar su uso y traerlo a la actualidad es algo que escapa a sus competencias. Ahí es donde entran las humanidades digitales. Al utilizar bases de datos que recogen la información climática de siglos y cruzarla con fuentes documentales históricas para identificar los cultivos con que se experimentaron, esos resultados se pueden contrastar con lo que ocurre en la actualidad para elaborar experimentos y contrastar hipótesis. Algo como lo que se hizo con el mecanismo de Antikythera, pero a una escala mucho más grande y elaborada.

Esta perspectiva no se aplica solamente a la tecnología, es decir, a los artefactos o monumentos. Cuando un ingeniero empresarial recibe el encargo de mejorar los procesos de una unidad de negocio, su primer trabajo es casi antropológico: debe realizar entrevistas, observar a las personas en sus actividades cotidianas, empaparse de la «cultura» organizacional y, eventualmente, analizar y mapear los procesos. Sobre ese mapeo se aplicará alguna metodología para mejorarlos, que incluirá una posible automatización y, con seguridad, una gestión del cambio.

Un humanista digital que busca rescatar el uso de las lenguas originarias del Perú a través de una plataforma descentralizada y colaborativa que recopile grabaciones libres —como el proyecto Rimay— también necesita hacer ese trabajo de «mapear los procesos» de sus potenciales usuarios, ya que no basta con poner a su disposición una tecnología que les puede resultar extraña o innecesaria. A diferencia de un antropólogo, el humanista digital no solo levantará la información para luego describirla. Su principal función, en realidad, estará en cómo motivará a las personas a usar la tecnología, es decir, en cómo hará la gestión del cambio. El paralelo con el ingeniero, en ese sentido, no se limita solo al levantamiento de la información a través del uso de tecnología, sino a lo que hará luego con esa información: convertirla en una solución a un problema práctico, tangible y cotidiano.

Estamos en una época en que la tecnología es el puente entre diversas disciplinas, y las humanidades digitales justamente son el vínculo entre la ingeniería y las humanidades.















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