Hasan Hadi y la infancia en época de Sadam Husein: "El silencio ha permitido que se cometan las mayores atrocidades de la Historia"
Un gallo, una niña, una tarta y una amistad barnizada con el abrigo inquebrantable de la inocencia le sirven a Hasan Hadi para estructurar el esqueleto narrativo de una bellísima y fabulada ópera prima premiada en la última edición de Cannes que, a pesar de desarrollarse contextualmente en el irrespirable Irak de los noventa con el dictatorial régimen de Sadam Husein en uno de sus momentos de máximo actividad represora, huye de la explicitud política para plantear un cuento crudo y luminoso vertebrado por la mirada transparente de Lamia.
Imagino que el transcurso de tu propia infancia no fue exactamente igual que la de esta protagonista, pero de alguna forma se pareció bastante. ¿Hubo felicidad en ella?
(Reflexiona un momento antes de responder). No creo que fuera una infancia feliz. Fue una infancia única, particular, eso sí. Había muchos altibajos, momentos felices y también muy infelices. Experiencias que muchos niños no viven. Sufrí tantas cosas que ningún niño debería experimentar… las prohibiciones, la pobreza, la guerra, no una, ni dos, ni tres veces. Y eso no es normal, no es normal para los seres humanos en general y no es normal para un niño. Pero también aprendes mucho de ti mismo, del comportamiento humano, de los límites que tenemos como individuos. Cuando eres niño, tienes poderes mágicos, ¿no? Si oyes una sirena avisando de un bombardeo corres debajo de las escaleras intentando convertir la advertencia de peligro en un juego. Aumenta tu forma de detectar la amenaza a través de lo que ves, lo que oyes, lo que sientes. Todas estas experiencias se convierten en otra cosa distinta. La relación con tu familia también es diferente, la compasión, la comprensión, el afecto. Todo eso está profundamente condicionado por la situación en la que viví y me desarrollé.
Teniendo en cuenta esa crudeza que relatas, supongo que era tentador plantear la película desde un posicionamiento político crítico hacia los responsables de esa infancia atravesada pero sin embargo, apuestas por la estructura de un género fabulado, casi de cuento, ¿por qué esta decisión formal?
Las películas políticas expiran, tienen fecha de caducidad, pero las fábulas, los cuentos, duran eternamente. No me interesan las películas políticas. Cuando era niño me gustaban las películas que, de algún modo, podían llevar la realidad a un mundo mágico. Hay escenas de neorrealismo mágico, momentos en esta película que casi parecen espirituales, relacionadas con experiencias fuera de este mundo, y eso es exactamente lo que buscaba. Hacer una película política te impide ver esto, sentir esto. Una espectadora me dijo en su momento la emoción que le causó la escena en la que Lamia vive en el agua y curiosamente ese es un momento mágico, no es realista, pero toca algo, una cuerda dentro de ti que se desbloquea.
Llevamos tiempo siendo testigos de la perforación sistemática en los conflictos internacionales de la infancia. ¿Es posible seguir depositando el futuro y la esperanza sobre aquellos que protagonizan este periodo tan determinante?
Por supuesto. Claro que sí. En árabe decimos que ‘‘¿Cuán estrecha sería la vida sin un fulgor o sin una chispa de esperanza?”. Sin esperanza no puedes vivir. Pero sólo puede ser un elemento complementario. Para la existencia de una vida mejor hay que levantar fortalezas. Y no estoy hablando solo de Gaza. Hay que saber leer la Historia. El silencio ha permitido que se cometan las mayores atrocidades de la Historia. Ante el silencio hay masacre, hay tragedia, hay injusticia. Cuando hice esta película, no me interesaba tanto explorar mis recuerdos, sino plantear una pregunta que me había hecho siendo adulto: ¿Por qué nadie habló? ¿Por qué se callaron? ¿Por qué nadie dijo algo? El silencio aliena y hace que todo el mundo vive en un sitio muy oscuro. 500.000 niños murieron en Irak. Más que en Hiroshima. El silencio siempre contribuye al olvido. Y realmente nunca me cansaré de enfatizar esto.
