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Bad Bunny contra el ICE: ¿no te gusta el español? toma tres tazas

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El pasado mes de octubre, Bad Bunny subió un peldaño en la conquista de Norteamérica. Fue su presencia en el «Saturday Night Live», el gran programa de comedia en directo, el clásico de la televisión estadounidense. Se plantó allí con un inglés más que rudimentario y con el que, incluso a pesar de estar guionizado, tuvo dificultades. En uno de sus chistes, decía que eran los estadounidenses los que tenían cuatro meses para aprender español. Ese era el tiempo que restaba para la gran noche de mañana: el artista puertorriqueño, recién coronado como el autor del mejor disco del año en la última ceremonia de los Grammy (segundo peldaño), será la actuación central del gran espectáculo deportivo de Estados Unidos: la Superbowl (tercer escalón), la final de la liga de fútbol americano. Claro que aquel chiste sobre el aprendizaje de la lengua de Cervantes se produjo en otro contexto. Todavía el ICE no había recrudecido su campaña y sus métodos en la persecución de migrantes. Quizá por eso, hábilmente, el artista puertorriqueño matizó hace apenas algunos días: «No hace falta que aprendan español, solo aprendan a bailar», dijo con humor para rebajar tensiones. Sin embargo, el avance del español –en parte gracias a Benito Antonio Martínez Ocasio– es imparable. «Las coyunturas políticas pueden influir en la visibilidad del español, pero no en su vitalidad estructural, que en EE UU se mantiene debido a factores demográficos, culturales, educativos y económicos importantes», sostiene Javier Muñoz-Basols, director del centro del Instituto Cervantes de Los Ángeles. «Mientras exista una demografía favorable para el español, es previsible que la lengua continúe abriéndose paso en el país».

«El español es una lengua central para la cohesión social, la competitividad y la innovación en Estados Unidos»

Javier Muñoz-Basols, director del centro del Instituto Cervantes de Los Ángeles

Según el censo estadounidense, la población hispana en el país alcanza los 68 millones de personas, es decir, el 20 por ciento de la población. Todas las proyecciones oficiales indican que la inmigración y la natalidad hará aumentar su peso en las próximas décadas. Por ello, como señala Muñoz-Basols, «el español no es una lengua secundaria, sino central para la cohesión social, la competitividad y la innovación en Estados Unidos». El 85 por ciento de los adultos latinos (según el Pew Research Center) consideran importante que las siguientes generaciones sigan hablando su lengua de origen. Como muestra, el director del centro de Los Ángeles aporta un dato sobre el condado donde se ubica el Cervantes: el 38 por ciento de los residentes de cinco años o más hablan español en su hogar. En California, 10 millones de ciudadanos lo hablan de forma directa y cotidiana. La evolución en los últimos tiempos va más allá de las cifras demográficas.

Odio al hablante

Como abunda Guillermo Rojo, doctor en filología y catedrático de Lingüística, así como académico de la RAE, «el español ya no es una lengua que discrimine en sentido negativo como hace algunos años, sino que valora en sentido positivo». Este experto, que ya investigó hace cuatro décadas la situación de la lengua en la Costa Oeste y en Texas, explica que la percepción ha cambiado: el conocimiento de la lengua hace ascender en la escala social. Sin embargo, plantea una cuestión clave en términos de política real: «Todos sabemos que las actitudes hacia la lengua son en realidad actitudes hacia sus hablantes». En efecto, nadie rechaza un idioma en abstracto, sino que alberga xenofobia o rechazo al diferente. Como se dice en las calles, dos problemas tienen: odiar y tragarse el odio, porque el bilingüismo es una realidad incontestable. «La idea de que una lengua ocupa el espacio de otra y la desplaza ya no existe, está obsoleta. Hoy lo natural es manejar varios idiomas, de hecho, es que no existen países monolingües. Repasa el mapa, ¿qué país es monolingüe?», reta el académico. En ese escenario, «la primera de las segundas lenguas es el español. No solo en EE UU. En Inglaterra, Francia, Alemania... en todas partes».

«Bad Bunny tiene una posición privilegiada para poner la banda sonora de una revuelta contra Trump»

Eduardo Viñuela, catedrático en Musicología

La lengua es un capital cultural y social. Pero, como reconoce Rojo, el poder «no es ella en sí misma, sino sus productos». Y así volvemos a la importancia de la cultura. El cine, la literatura y, por supuesto, la música, pueden inclinar la balanza. «Para mí, el Grammy a Bad Bunny es un hito para la cultura en español –dice Muñoz-Basols–. Es una plataforma de difusión intergeneracional». Para Eduardo Viñuela, catedrático de Musicología por la Universidad de Oviedo, tanto el galardón como la actuación en la Super Bowl «ponen de manifiesto la relevancia internacional de la música latina. Demuestra que no se trata de una moda pasajera ni de la resaca del ‘‘Despacito’’ de Luis Fonsi y Daddy Yankee. Sino que se trata de una tendencia, que ya cuenta con figuras de referencia, como es Bad Bunny». Ve el musicólogo este escenario como «una oportunidad para preguntarnos quién está en el centro cultural, qué vive más en el imaginario mediático que en la realidad social del país. Las cosas están cambiando».

La música y la política son históricamente inseparables. Algo que se acentúa, observa Viñuela, «con la exposición tan intensa que viven los artistas por las redes sociales, que les obliga a estar más presentes que antes» en temas de actualidad. Por tanto el foco, en plenas tensiones por las actuaciones del ICE, se ha posado más que nunca sobre Bad Bunny. La oposición del músico «hacia Trump y el imperialismo estadounidense viene de atrás», matiza Viñuela, refiriéndose a «Afilando cuchillos», canción que el puertorriqueño lanzó junto a iLe y Residente en 2019. «Fue un himno en las revueltas que derrocaron al gobernador Ricky Rosselló del poder. La música moviliza y coordina movimientos de lucha social, y Bad Bunny tiene una posición privilegiada para poner la banda sonora de una revuelta contra Trump». De hecho, lo subraya y afirma el musicólogo que «juega un papel político mucho más relevante de lo que se le reconoce. Reivindica el reguetón, la salsa, la bomba y la plena en su último disco, y lo hace como una expresión de una identidad bien viva. Cuando incluye expresiones puertorriqueñas y no esconde su acento se convierte en el orgullo de una juventud latina».

«La lengua, como el agua, encuentra su cauce. Son muchos millones de hablantes en EE UU. Aunque se les prohíba, seguirán hablando en su casa, teniendo influencia y siendo consumidores interesantes. Aunque traten de detenerlas, las palabras siempre van a encontrar su subterfugio y a desarrollarse», culmina el académico Salvador Gutiérrez Ordóñez.

La «contra actuación» de Trump

No es característico de Trump quedarse de brazos cruzados. Y sí lo es echar mano de la cultura para satisfacer sus intereses. Explica el musicólogo Eduardo Viñuela que «los políticos se rodean de artistas en sus mítines porque tienen un capital social muy potente. Lo hemos visto en la comparecencia de Nicky Minaj, junto a Trump». El gobierno de EE UU no tiene, precisamente, un mal perder, y ha organizado una «contra actuación» frente a la de Bad Bunny en la Super Bowl. La organización Turning Point USA ha programado «The all american halftime show», un boicot que se anuncia como celebración de «la fe, la familia y la libertad». Se trasmitirá en redes sociales, y actuarán Kid Rock, Lee Brice o Gabby Barrett. «Afrontaremos este show como David y Goliat. ¿Bad Bunny va a hacer una fiesta cantando en español? Genial, nosotros tocaremos canciones para quienes aman EE UU», advirtió Kid Rock.















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