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España y Guinea Ecuatorial: un idioma común, pero un visado obligatorio

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Guinea Ecuatorial es el único país de África en el que el español se mantiene como lengua oficial. Según datos del Instituto Cervantes, más del 85% de su población lo utiliza de forma habitual para comunicarse, una realidad poco conocida en la península, donde este vínculo lingüístico apenas ocupa espacio en el imaginario colectivo. Aun así, en este país centroafricano de cerca de dos millones de habitantes, el idioma sigue siendo uno de los legados más visibles del pasado colonial español.

Durante más de un siglo, Malabo y Madrid tejieron una red de relaciones que, con el paso del tiempo, se han ido enfriando. Un distanciamiento que en ocasiones contrasta con la relación que España mantiene con buena parte de Iberoamérica. Para muchos ciudadanos ecuatoguineanos, esta lejanía se manifiesta en aspectos cotidianos, como las dificultades para acceder a España, pese a compartir lengua, historia y parte de una herencia cultural común. Una situación que, aunque no depende exclusivamente de las decisiones de Madrid, contribuye a ampliar la distancia y genera cierto malestar social en el país africano.

Para entrar a España –y, por tanto, al espacio Schengen, integrado actualmente por 29 países– en estancias de hasta 90 días por motivos de turismo, negocios, visitas familiares, tratamiento médico o estudios sin carácter lucrativo, los ciudadanos de Guinea Ecuatorial son considerados "nacionales de terceros Estados" y deben solicitar obligatoriamente un visado Schengen. Trámite que tiene un coste de 80 euros para los mayores de 12 años y exige, además, disponer de un pasaporte en vigor, billete de ida y vuelta, seguro médico, acreditación de medios económicos suficientes y en algunos casos, incluso una carta de invitación o reserva de alojamiento. Sin el cumplimiento de estos requisitos, la entrada en territorio español no es posible.

No obstante, este régimen no se aplica de forma homogénea a todos los países hispanohablantes. La política de exención de visados es negociada a nivel comunitario, al implicar el acceso a una de las mayores zonas de libre circulación del mundo, promovida por la Unión Europea. Dentro de estas excepciones se encuentran países como Argentina, Colombia, México o Perú, fruto de acuerdos alcanzados con Bruselas, que suelen ir acompañados de compromisos en materia de control migratorio, seguridad documental, gestión de fronteras y medidas anticorrupción.

Sobre este asunto se pronunció el presidente guineano Teodoro Obiang Nguema en una entrevista con LA RAZÓN: "Guinea no tiene mucha población. Yo creo deberíamos suprimir los visados (...) es una dificultad que tenemos que resolver entre los gobiernos, porque somos países con una misma identidad cultural", zanjó el mandatario.

El reconocimiento del vínculo histórico con el país centroafricano sí se deja entrever, en cambio, en el acceso a la nacionalidad, un ámbito que es competencia exclusiva del Estado español. Según el artículo 22 del Código Civil, el plazo general para solicitar la nacionalidad española por residencia es de diez años, aunque se reduce a dos años para los nacionales de países iberoamericanos, Andorra, Filipinas, Portugal y Guinea Ecuatorial, así como para las personas de origen sefardí. Aunque la ley no explicita los motivos de esta excepción, su aplicación a menudo se interpreta de forma generalizada como el reconocimiento de una relación histórica, cultural y lingüística, vinculada a una presunta mayor facilidad de integración.

Cabe recordar que junto al español, la colonización española ha dejado en Guinea Ecuatorial redes educativas, referencias culturales y especialmente vínculos humanos que aún perviven sobre todo en la memoria de aquellas generaciones que han crecido en un sistema heredado de la administración colonial. Sin embargo, estos lazos nos siempre han encontrado un reflejo equivalente en ámbitos como la cooperación, movilidad o reconocimiento mutuo.

Paralelamente, la sombra colonial continúa planteando interrogantes sobre cómo gestionar un pasado compartido, marcado por la asimetría y la imposición. Convertir ese legado en una relación contemporánea más equilibrada sigue siendo uno de los grandes desafíos pendientes tanto para el país africano como para España, en un contexto global que exige revisar críticamente las huellas del colonialismo.















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