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Parálisis y deterioro

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Abc.es 
España, durante décadas ejemplo de transición y éxito macroeconómico, se encuentra atrapada en lo que podríamos denominar el 'ciclo del peligro, caracterizado por la ruptura de los consensos, la pérdida de peso internacional y una fragmentación parlamentaria que amenaza con cronificar la parálisis estratégica. Para entender la profundidad de este desafío, recordemos cuando España operaba con una brújula clara tras la Transición liderada por Suárez. Un largo ciclo de veinte años que comenzó con Felipe González y la apertura irreversible: la entrada en la UE y la OTAN no solo fueron hitos diplomáticos, sino el anclaje definitivo en el bloque occidental. 1992, con los Juegos de Barcelona y la Expo de Sevilla, funcionó como escaparate de una nación que había dejado atrás antiguas estructuras, profesionalizando sus instituciones y abrazando la descentralización. A este impulso le siguió la expansión económica, liderada por José María Aznar. Se produjo la convergencia real. España no solo cumplió los criterios para adoptar el euro, sino que escaló hasta convertirse en la octava potencia económica del mundo. Este periodo transformó el tejido social y empresarial, se creó empleo neto, con la incorporación en masa de la mujer al mercado laboral, se impulsaron leyes de conciliación y calidad educativa y nacieron las primeras multinacionales españolas, un despegue que convirtió a España en el principal inversor privado en Iberoamérica, recuperando una influencia transatlántica que hoy se desvanece. Fue también entonces cuando se sentaron las bases policiales y jurídicas –Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo– que marcaron el principio del fin de la banda terrorista ETA. Zapatero y sus aliados acometieron la ruptura de la concordia y del espíritu de la Transición para terminar con aquel ciclo virtuoso. Ese giro se profundizó por Pedro Sánchez. Lo que antes eran pactos de Estado se convirtieron en muros inexpugnables para crear bloques. En el plano territorial se dio oxígeno a los movimientos independentistas, alterando el equilibrio nacional. Y en el ámbito externo se ha experimentado una alarmante pérdida de protagonismo. El alineamiento con las dictaduras caribeñas y una política exterior errática han desplazado a España de los centros de decisión estratégicos en Washington y Bruselas. 2015 marcó un punto de inflexión con la aparición de Podemos y Ciudadanos, que introdujo el populismo en el corazón del Gobierno, fracturando el Parlamento. Esta fragmentación no solo ha dificultado la gobernabilidad, sino que ha generado un caos normativo que ahuyenta la inversión. La falta de seguridad jurídica y económica es el síntoma más grave de este ciclo: sin estabilidad no hay inversión en infraestructuras críticas ni reformas estructurales para el crecimiento, la prosperidad y el aseguramiento del sistema de bienestar. La irrupción de Vox –fruto en gran medida de la reacción a las políticas de la izquierda y al desafío separatista– ha terminado por complicar el escenario para el centro-derecha, que solventado el movimiento 'centrista' de Ribera ve cómo la división del voto en este espacio está favoreciendo la supervivencia de un Gobierno apoyado y chantajeado por grupos antidemocráticos o inconstitucionales, prolongando así la parálisis institucional. En medio de esta tormenta, el paréntesis de Rajoy demostró que la gestión técnica es capaz de evitar el abismo —la intervención de la UE o el golpe de Estado en Cataluña, con el artículo 155–, pero la gestión no basta si no va acompañada de un proyecto nacional que abra las conciencias, luche contra la intolerancia de la neoizquierda y restaure las mayorías desde el bipartidismo. La salida de este ciclo no admite atajos ni soluciones precarias. España requiere el retorno a una política de mayorías bajo unas mismas siglas, capaces de legislar sin la presión de las minorías que buscan la desarticulación del Estado. El PP se enfrenta a la obligación histórica , su propia razón de existir, de aglutinar todo el voto del centro-derecha para recuperar la solvencia económica, la seguridad jurídica, la separación de poderes, la defensa de la libertad y la democracia constitucionales y el respeto internacional. Solo a través de un gobierno con mayoría absoluta se puede revertir el endeudamiento asfixiante, proteger las instituciones de la intoxicación ideológica y devolver a España su lugar como potencia líder en la UE e Iberoamérica. Es hora de cerrar el ciclo de la fractura para reabrir el de la ambición nacional. En 2027 se cumplirán algo más veinte años de locura ideológica, y a poco más de un año de las elecciones generales todo ha de orientarse a terminar este segundo y peligroso ciclo de nuestra democracia. La fragmentación del voto paraliza las grandes decisiones, abre el debate sobre la democracia liberal y genera incertidumbre estructural. Extremadura y Aragón tienen que servir de acicate para desarrollar estrategias que reediten las mayorías del PP y desde estas mayorías encontrar en el PSOE aquellos que estén preparados para encauzar sus siglas hacia los postulados y las formas de las mejores épocas de nuestro país, el de la ambición nacional compartida.














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